The stars are indifferent to astronomy
Nada Surf

  1. Un agujero negro de 17 millones de masa solar acumula una masa solar por día
    Nature Astronomy, 19.02.25 [1]
  2. El objeto más luminoso del universo es un cuásar con un agujero negro dentro que se come un “sol” al día
    El País, 19.02.24 [2]

Entre los dos epígrafes superiores, es casi seguro que nueve de cada diez encuestados encuentren bastante más atractivo el del periódico global El País que el de la fuente original de la noticia, la revista Nature Astronomy [3]. Ambos microrrelatos se refieren al mismo hallazgo científico, entre cuyos resultados más relevantes se encuentra, además, que la energía radiactiva liberada por el disco de acumulación del agujero negro en cuestión es de 2 x 1041 W (vatios), algo que nos lleva más allá de lo concebible para cualquiera y de lo comprensible para la mayoría. La aportación científica se presenta también como un elogio a los rastreos celestiales desde costosísimas instalaciones y dispositivos de observación como, en este caso, el Very Large Telescope Interferometer perteneciente al consorcio European Southern Observatory (ESO) [4], lo que nos recuerda también eso que tantas veces repetía Paul Feyerabend, ya saben, que la ciencia había renunciado en el siglo XX a toda pretensión filosófica para pasar a ser sobre todo un gran negocio [5]. Por ambas razones, es decir, para hacernos el hallazgo más cercano al entendimiento, pero también socialmente más tolerable, relatos como el del diario El País intentan reducir en lo posible a una escala humana lo que supuestamente acontece, en este caso particular, en una región espacial con un diámetro de siete años luz (15 mil veces la distancia desde el sol a la órbita de Neptuno) y que ha tardado 12 mil millones de años en dar señales apreciables desde la Tierra. Este tipo de estrategias reductoras pueden ser diversas, pero lo común a todas es que deben aportar un aire de familiaridad a lo que nos es por completo ajeno: en este caso, transformando un acontecer lejanísimo y prácticamente incomprensible en una especie de microrrelato gore.

Ya lo he referido y vuelvo de nuevo a él. Paul Feyerabend explicaba con su habitual solvencia filosófica y su encanto un tanto gamberro que la ciencia, además de ser en esencia un negocio privado (en el sentido de limitado a un selecto grupo de beneficiarios), se transforma en algo por completo extraño al común de los mortales desde el momento en que pasa a operar con objetos enajenados de aquellos, transformados en abstracciones intratables por otra cosa que no sea la razón científica monopolizada por una comunidad de especialistas que solo dialoga (y sobre todo compite) entre sí. Un efecto perverso de este estado de cosas es que se consuma una ecuación falaz entre razón y pensamiento, aun tratándose de cosas diferentes, que disuade al ciudadano de participar en la comprensión y en la crítica del devenir de la ciencia. La falacia en cuestión, siguiendo con el análisis de Feyerabend, radica en que el pensamiento no solo se nutre y es posible a través de la razón. Se puede pensar con el lenguaje ordinario, con imágenes familiares, con motivos literarios, etc., y el pensamiento científico se puede plasmar, interpretar, transmitir, incluso producirse, en ámbitos que van desde la conversación cotidiana al arte dramático o cinematográfico [6]. De hecho, la conclusión de Feyerabend es que las especializaciones científicas y filosóficas se basan en dejar de lado cualquier otro lenguaje que no sea el de la razón y, con ello, en dar la espalda a la comunidad con que científicos y filósofos comparten, sin embargo, innumerables lenguajes alternativos que podrían servirles de puente. Por si fuera poco, estos lenguajes, cuando se recurre a ellos, parecen destinados no tanto a buscar la implicación del ciudadano en el devenir de la ciencia y de la filosofía, sino a obtener de él una especie de beneplácito implícito de su actividad que no pase necesariamente por la verdadera comprensión del trabajo académico.

La restitución del lenguaje y el imaginario cotidianos como elementos constructivos del pensar científico o filosófico puede tener, en fin, efectos tanto positivos como negativos: en el polo positivo, el de superar la brecha abierta entre científicos y ciudadanos por la monopolización de la razón y la palabra especializada por parte de los primeros; en el negativo, el de poner esos otros procedimientos ordinarios al servicio de una aprobación de las prerrogativas del especialista basada en la espectacularización de su trabajo. Dejemos de lado, hoy, este segundo lado oscuro de la cuestión.

Feyerabend se refiere en sus trabajos a la potencia de la palabra dialogada y a la mediación del cuerpo, con la capacidad de contagio emocional compartido por ambos, como elementos clave para una visión más abierta y participativa del pensamiento, que podría plasmarse en medios de transmisión, pero también de experimentación o debate, como la dramaturgia o el cine, por ejemplo. Y aquí, ya en la tercera página de este borrador en mi propio procesador de textos, es donde introduzco finalmente la cuestión de la música con relación a todo lo expuesto hasta aquí. ¿Cabe reconocer también a la música un lugar semejante en un proyecto de aproximación al ciudadano, de democratización, en definitiva, del pensamiento profundo comúnmente reservado a científicos y filósofos?

Al tratar de articular una respuesta a esta pregunta, un pálpito me hizo acudir a la página web oficial del European Southern Observatory [7], desde cuyas futuristas instalaciones en el desierto chileno de Atacama tuvieron lugar las observaciones que dieron lugar al trabajo publicado hace un par de días en Nature Astronomy. Además de interesarme por detalles relativos al consorcio internacional que promueve y financia toda esta actividad científica de vanguardia, en el que también participa el estado español, busqué alguna sección divulgativa en que estuviese alojado material relativo al cuásar J0529-4351 y al agujero negro que lo contiene. Encontré y seleccioné un vídeo etiquetado con un atractivo título con claras connotaciones de terror cósmico lovecraftiano: «¡El agujero negro más voraz conocido!» [8]. Este video consiste en una recreación visual del agujero negro, subtitulada con las observaciones y principales conclusiones del hallazgo y acompañada, como imaginaba, de un audio musical, todo ello en una producción de poco más de un minuto de duración. La música se llama «In time» y se acredita a un proyecto de música ambiental, electrónica y espacial llamado Stellardrone – en realidad, un músico amateur lituano llamado Edgaras –, cuyas piezas musicales están abiertas a descarga y uso totalmente libres [9]. El estilo musical es, en realidad, bastante previsible, muy semejante, por ejemplo, al del célebre álbum Stratosphere (1976) de los Tangerine Dream. No pretendo hacer crítica sobre este tipo de material musical, me interesa solo destacar que se trata de un tipo de estímulo más, en este caso sonoro, apto para implicar emocionalmente al consumidor del acontecimiento científico, que el video consigue comprimir en un breve espectáculo audiovisual, obviamente simplificador, pero no falto de rigor. En una breve producción como esta, creo que puede decirse que la música se convierte en uno más de los materiales constructivos de un fragmento de pensamiento científico profundo, pero universalmente accesible o democratizado.

La filosofía, o la ciencia, echan a perder el pensamiento, si hacemos caso a Feyerabend, porque construyen un mundo externo y abstracto relativamente al propio mundo, porque lo deshumanizan, enajenándolo del ser humano incluso cuando el ser humano es su objeto de interés, y porque lo privatizan, dejándolo en manos de una pequeña comunidad de beneficiarios, aunque todos seamos sus benefactores. La música, en cambio, como el teatro o el cine para Feyerabend, tiene, en cambio, la capacidad de estimularlo, porque ayuda a devolvérselo a la comunidad que lo financia y lo sostiene, al vincularlo a sensaciones que conectan el organismo humano con el mundo en que se localizan los fenómenos pensados. Lo he ejemplificado con lo que, en el fondo, no es más que un videoclip [10]. Sin embargo, es posible alegar trabajos musicales de mucha mayor envergadura concebidos con una orientación semejante a la minúscula pieza de Stellardrone de la que se sirvieron los divulgadores de la ESO para su en-el-fondo-no-videoclip – vid. nuevamente [10] –. Se me vienen a la cabeza dos extraordinarios, cuya recomendación seguramente sea lo más destacable que vaya a contener esta colaboración. La primera es The sounds of the sounds of science (2002), de la banda indie más proteica y excitante, desde su minúscula genialidad, que haya existido alguna vez, los Yo La Tengo. Se trata de una delicada colección de piezas instrumentales concebidas para acompañar las filmaciones sobre la vida submarina del documentalista francés Jean Painlevé. Como, a pesar de su sencillez personal y escénica, los Yo La Tengo son incapaces de hacer nada que no sea como mínimo sofisticado, desde el propio título dejan claro que no solo se trata de acompañar al pensamiento en un paseo a través de algo tan desacostumbrado para él como las profundidades marinas, sino también una reflexión sobre la dimensión sonora de los objetos de interés científico y sobre la capacidad de la música para acompañar el pensamiento científico en una tarea tal. Un ejemplo paradigmático, pues, para demostrar el poder de la música de cara a extender el pensamiento científico más allá del simple razonar. La segunda es Atomic (2016), de la banda post-rock por antonomasia Mogwai, creadora de algunos de los paisajes instrumentales más hermosos y sobrecogedores concebidos desde la cultura pop en las últimas décadas. Atomic da forma musical a un documental de la BBC dirigido por Mark Cousins sobre el vértigo al que ha dejado expuesto a la humanidad el potencial autodestructivo de la energía atómica.

Lo que llevo escrito me permite establecer una primera conclusión: la música es una forma de expresión perfectamente capaz de participar en la generación de pensamiento profundo, como el habitualmente atribuido en exclusiva la filosofía o la ciencia mediante el uso desnudo de la razón, aunque mucho más cercano a quien lo elabora, asimila, aprecia o comparte. La razón es simple – y bien que siento no poder acompañar con un poco de música esta «simple razón» –: la música tiene una capacidad de implicar al cuerpo y al ambiente en el pensamiento de la que carece, precisamente, la razón simple.

Todo lo dicho, además, puede aportar algo de claridad a la delicada cuestión de la semántica musical, es decir, de lo que puedan significar esta o aquella pieza musical o, dicho de otro modo, qué es lo que entendemos cuando creemos entender una pieza musical – elementos verbales aparte – [11]. Sobre esta cuestión tiendo a pensar que se trata de una muestra más de eso que suele llamarse «error categorial», en este caso basada en la extensión a la música, sobre la base de sus analogías con el lenguaje, de algo que consustancialmente atribuimos a este. Ahora bien, entre lo bastante que lenguaje y música comparten, algo que debemos precisamente excluir es la semanticidad. No obstante, de lo que aquí he razonado se sigue que la música, no siendo significativa en sí misma, tiene la capacidad de subrayar, modular o intensificar el significado de pensamientos complejos. No tiene significando en sí misma – ni falta que le hace –, pero puede servir para vigorizar pensamientos significativos. No olvidemos que estas son tareas que también llevan a cabo la prosodia y la gestualidad, homólogos lingüísticos de la música y la danza, en el caso de la expresión verbal ordinaria del pensamiento.

La música no es, pues, tan inútil como parece a algunos [12]. Al contrario, es perfectamente apta para embarcarse en «proyectos» – como llamaba el gran Georges Bataille a cualquier «servir para» en L’expérience intérieure [13] –: por ejemplo, el proyecto titánico de robar el fuego del pensamiento complejo a filósofos y científicos para devolvérselo al común de los mortales. Entonces, se aproxima hasta cierto punto a la condición del lenguaje, que es a lo que más habitualmente se acomoda el pensamiento razonado. Y de modo semejante a como Bataille, a propósito del lenguaje, casi siempre «proyectado» a un «servir para» algo, hablaba de la «perversión» que supone el «proyecto negativo» o «no-proyecto» de abolir su propio poder utilitario en empleos como la poesía, que sería en el fondo la más clara expresión del «lenguaje en sí mismo», podemos decir, como contrapartida, que la «perversión» de la música es ponerse al servicio de aquello a lo que más habitualmente destinamos el lenguaje, como «servir para» articular pensamientos complejos.

El lenguaje se convierte en música cuando deja perversamente de pensar.

La música se convierte perversamente en lenguaje cuando piensa.

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[1] Christian Wolf, Samuel Lai, Christopher A. Oken, Neelesh Amrutha, Fuyan Bian, Wei Jeat Hon, Patrik Tisserand & Rachel L. Webster. 2024. «The accretion of a solar mass per day by a 17-billion solar mass black hole», Nat Astron, https://doi.org/10.1038/s41550-024-02195-x. La traducción del título es de GL.

[2] El artículo lo firma Daniel Mediavilla.

[3] El encuestado restante era astrónomo, hijo de astrónomo, similar o hijo de similar.

[4] https://www.eso.org/public/teles-instr/paranal-observatory/vlt/

[5] Por ejemplo, en: Paul Feyerabend. 1985. «Tesis a favor del anarquismo», en ¿Por qué no Platón? (pp. 9-16), Tecnos, p. 10 (el texto original es de 1989; trad. de Mª Asunción Albisu).

[6] Esta es la tesis del texto de cuyo bellísimo título me he beneficiado como quien se beneficia de las ventajas del robo respecto al trabajo honesto, que diría Bertrand Russell. Es este: Paul Feyeranbend. 1985. «De cómo la filosofía echa a perder el pensamiento y el cine lo estimula», en ¿Por qué no Platón? (pp. 17-29), Tecnos. Por si interesa, la frase de Russell es esta: «The method of “postulating” what we want has many advantages; they are the same as the advantages of theft over honest toil» (Introduction to mathematical philosophy, George Allen & Unwin, 1919, p. 71).

[7] https://www.eso.org/public/

[8] «Hungriest black hole ever!». Aparece asociado a los siguientes créditos: Music: Stellardrone – «In Time». Footage and photos: ESO / M. Kornmesser, L. Calçada, A. Tsaousis, C. Malin, Dark Energy Survey. Scientific consultant: Paola Amico, Mariya Lyubenova. Puede verse desde: https://www.eso.org/public/videos/

[9] https://stellardrone.bandcamp.com

[10] «Del ingl. videoclip. Cortometraje en que se registra, generalmente con fines promocionales, una única canción o pieza musical» (DEL™). O sea, que no, que en el fondo no es un videoclip, porque en «Hungriest black hole ever!» no es la música lo que se promociona, sino un fragmento de pensamiento científico humanizado a través y de su recreación visual y musical.

[11] Stephen Davis. 2017. Cómo entender una obra musical (y otros ensayos de filosofía de la música), Cátedra (el texto original es de 2011; trad. de Rodrigo Guijarro Lasheras).

[12] Para entender esta pullita y ese «algunos», vid. mi «Si te gusta el cheesecake, te gustará la música (nota de repostería evolutiva)», LaEscena 12.02.24.

[13] Georges Bataille. 1943. L’expérience intérieure, Gallimard.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo