El pasado viernes 2 de junio llegó al Palacio Valdés el estreno absoluto nacional en español del texto más autobiográfico de Ingmar Bergman, del que él mismo señaló que sería, sin duda, su mejor testamento. El oportuno montaje de Después del ensayo (el próximo año 2018 se cumplirá el centenario del nacimiento del autor y director sueco) no resulta sin embargo nada oportunista si se conoce la historia de este proyecto en la trayectoria profesional del director de la propuesta, Juan José Afonso, que llevaba unos diez años intentando encontrar el elenco ideal y la productora que pudiesen acometer la obra. Finalmente, Grey Garden y Tossal Producciones han asumido el reto de la producción y Emilio Gutiérrez Caba, Carmen Conesa y Rocío Peláez, el de la interpretación. A los espectadores del coliseo avilesino, elegido ya en otras ocasiones por Juan José Afonso para sus estrenos, le tocó asumir el privilegio y la responsabilidad mayúscula de disfrutar y juzgar un montaje pre-estrenado el 27 de mayo en el Teatro Real Carlos III de Aranjuez y que no llegará al Teatro Infanta Isabel de Madrid hasta el 4 de octubre.
El texto original del que parte Joaquín Hinojosa para su versión teatral, que luego convertirá en hecho escénico Juan José Afonso y todo su equipo artístico y técnico, es el guión de After Repetitionen, escrito por Bergman en el verano de 1980, en su isla de Farb, a sus 62 años, y rodado para la televisión sueca tres años más tarde, poco después de haberse despedido oficialmente del cine. Como el propio Hinojosa explica, su versión no se trata de una adaptación ni de una nueva dramaturgia, sino de un texto fiel al original, conservando «las cargas de profundidad que subyacen en los diálogos del maestro Bergman y en sus ácidas reflexiones sobre los temas universales, al alcance de cualquier sensibilidad mínimamente cultivada, siempre a través del prisma de las relaciones hombre-mujer y del amor al teatro y a sus artífices». Para tranquilidad de Joaquín Hinojosa, y después de verla sobre escena, traducida en códigos varios (la interpretación de los tres actores, la escenografía de Josep Simón y Eduardo Díaz, el vestuario de Ana Llena y Alejandra Hernández, la iluminación y el vídeo de Felipe Ramos y la música de Luís Delgado, orquestado todo por Juan José Afonso), se puede afirmar que sí se ha hecho honor y justicia a «esta bellísima y conmovedora obra en la que unos seres humanos hablan a otros seres humanos sobre los seres humanos». Porque en el fondo eso es lo que es Después del ensayo; una bella excusa para hablarnos los unos a los otros.
La obra comienza precisamente, como indica el título, una vez finalizado el ensayo de El sueño, de Strindberg, texto que el personaje del Director, es decir, el propio Bergman, se dispone a montar por quinta vez. Como volviendo de un sueño (o entrando en otro), este personaje reflexiona sobre la vida y el teatro, un teatro por el que siente verdadera pasión y una vida que sobrevive más que vive. Testigos de sus opiniones son dos mujeres: Raquel, o quizá debiéramos decir el recuerdo de Raquel, que fue su actriz favorita, su musa y su amante, y que representa el pasado amoroso y la vida pasada de Bergman, y Ana, joven actriz, de 23 años, hija de Raquel, a la que el director ha elegido para representar el personaje de la hija de Indra en El sueño, y a la que descarta como nueva compañera de viaje en la vida, negando un posible futuro para el personaje trasunto de Bergman, algo nada extraño, por otra parte, para alguien que ni siquiera parece tener presente. Un hombre que está atrapado en su teatro porque su vida no ha logrado ser más que un simulacro, vivido e imposible de llevar a cabo, en el pasado, o soñado y que no se quiere ya realizar, en un presente que lleva al futuro.
En el fondo ése es el valor poético más interesante de la obra; el nudo del personaje, de su vida y de su arte, e incluso de la dramaturgia que se nos presenta. Después del ensayo es una propuesta en la que justamente se captura ese momento en el que, como cuando despertamos del sueño a la realidad, salimos del teatro a la vida; donde la ficción se convierte en verdad, el director pasa a ser hombre, los actores a ser personas, las historias dejan de ser argumentos para ser relatos de vida, donde el amor y el desamor son reales, aunque a veces sean más fingidos que en la escena, y duelan por igual.
El desdoble de planos temporales y ontológicos, encerrados siempre en el mismo espacio asfixiante (y liberador al mismo tiempo), ese teatro viejo construido de retales de recuerdos de vida, compuesto por los muebles de éxitos teatrales afamados, y el tono onírico de todo el montaje, se antojan para tal fin estético fundamentales. Se subrayan con la proyección azulada del vídeo, la música y la voz en off del protagonista, con los niveles de acción o paroxismo de los personajes que habitan la escena, entremezclando de continuo la realidad irreal y lo soñado o pensado; un Bergman ya maduro y un exitoso autor y director analiza y se vanagloria de sus fortalezas teatrales al tiempo que exhibe, con reparo al principio y sin inhibirse después, sus debilidades humanas en el amor, las relaciones de pareja, el sexo, la vejez y la muerte.
Es éste un montaje que dialoga de continuo con el público, y cuya primera recepción quizá resulte por eso algo fría. Lo que vemos en las tablas, aunque se parece a la vida, no sigue el lenguaje de la lógica de la razón, de la lógica de la realidad, sino de la ficción, del teatro, de los sueños. El espectador no pisa en firme en todo el transcurso de la obra, está inseguro en sus apreciaciones, en sus conclusiones, en sus juicios, como lo estamos al despertar de un sueño o como lo estamos también en la vida.

Después del ensayo no es sólo el retrato de una vida, la de los éxitos de un director y la de las miserias de un hombre. Lo es también de la vida de todos los seres humanos al poner ante el espectador la existencia real de las vidas vividas y las no vividas: las vidas soñadas y a las que hemos renunciado y las vidas transitadas con la insatisfacción de lo que no se puede vivir. No son temas fáciles, desde luego, los que tejen la maraña de este texto, y mucho menos nos dejan indiferentes: la fuerza del amor y la destrucción del desamor, la dureza necesaria de la soledad y el desgaste inapelable que sufren los cuerpos y las vidas con el paso del tiempo. Quizá por eso la obra se haga más grande en un segundo momento; precisamente cuando el teatro nos devuelve a la vida, a nuestras vidas.
La experiencia de Emilio Gutiérrez Caba, con sus 74 años y con una trayectoria a sus espaldas dilatada y completa como la del Ingmar Bergman, actor, director, hombre de teatro y de cine, de familia de actores y cuyas relaciones en la vida no podrían entenderse sin las interferencias de todo este universo artístico, se pone al servicio de una interpretación que ayuda a comprender y configurar de principio a fin del montaje el personaje de Bergman, con sus luces y sus sombras: su encendida pasión por el teatro y sus hacedores, incluso cuando ya reconoce no sentir lo mismo, y su incrédula actitud cenicienta ante la existencia humana.
Los dos personajes femeninos que completan el reparto, tan iguales y tan distintos, enfundados en sus trajes rojo pasión que resaltan en los tonos fríos del decorado, más vivo e intenso en la joven Ana, interpretada por Rocío Peláez, y más ajado y desgastado en el caso de Raquel, a la que da vida la actriz Carmen Conesa (a la que hay que reconocerle el mérito de convertir en principal su presencia para la obra), siempre ambas en continuo y discontinuo paralelismo (las botas, el tabaco, el gusto por fingir y por la interpretación), aportan lo que hay de vida y de riesgo en ese teatro. Una vida con taras y defectos, una vida fingida que ambas disfrazan con el mismo par de zapatos de tacón rojo, y que en ningún caso consigue vencer y suplantar la atracción que las ficciones y el teatro despiertan en Bergman.
Los dos personajes se contraponen y se complementan; madre e hija enfrentadas en tiempos distintos pero compartiendo el espacio y el personaje destinatario de sus palabras, de sus deseos, de sus simulacros. Raquel es el pasado que enturbia el presente y Ana el presente que no se hará futuro; Raquel es el amor que fue como pudo ser, incompleto e insatisfactorio, y Ana el que pudiendo ser se deja ir porque no se quiere, porque no se siente real, porque se le anticipa su aciago final.
No obstante, el amor por Raquel está ahí, existe y sigue vivo, aunque Bergman reniegue de él porque duele; la fuerza con que Carmen Conesa lleva el pasado a la obra, la verdad que hay en la historia de un amor truncado por la muerte, cerrado pero no vivido por completo, y el efecto que produce en el protagonista, condiciona y anula la vivencia del presente y cualquier atisbo futuro, y hace incluso dudar sobre cuál es el tiempo auténtico del personaje, que parece ser más verdad en la incómoda línea temporal del pasado o en su defecto, en «estas horas que separan la mañana de la tarde».
De ahí que la obra acabe como empieza. Con el personaje en soledad, en su teatro, absorto en sus ficciones y pensamientos, en sus recuerdos, que son más reales que su vida y que el propio teatro en el que se refugia. Justamente en el tiempo que hay «Después del ensayo».
Rosana Llanos López es profesora, especialista en teatro
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