En pocos poemas me reconozco tanto como en el que Raymond Carver escribió sobre el miedo. No importa las veces que lo haya leído: siempre aparece el mismo vértigo, el mismo sobresalto, la misma inquietud. Lo descubrí hace muchos años en un librito compuesto por diez poemas del escritor, en versión de Jaime Priede, titulado ‘Donde hayan vivido’. Esos poemas, dentro de un cuaderno, suelen acompañarme en cada viaje que hago. Puede que me den esa seguridad que a veces en los viajes a ciudades extranjeras resulta tan necesaria. No soy un tipo supersticioso ni excesivamente miedoso, pero los años nos van cargando de algunas manías más o menos llevaderas hasta la fecha.

Ayer, dados los momentos de incertidumbre y nerviosismo que estamos viviendo con esta pandemia y sus consecuencias, cogí el libro de Carver para leer de nuevo esas palabras que casi me sé de memoria y allí, señalando el poema donde el escritor habla del miedo, apareció un billete de metro. No es un billete cualquiera. Es un billete del metro de Berlín. Aunque la tinta está empezando a debilitarse, aún puede leerse con claridad la fecha: cuatro de octubre de dos mil diecinueve. La última vez que salimos de este país, hace ahora seis meses. Mejor no pensar demasiado cuándo podremos volver a hacerlo. Mejor no pensar demasiado, asimilar con cautela el día a día, y ya está. Es todo lo que podemos hacer (creo).

Recuerdo bien aquella tarde. Lucía el sol y hacía frío. Podías sentir la humedad del ambiente en la garganta. Cogimos aquel metro, alrededor de las cinco, porque, aunque nos gusta descubrir a pie las ciudades que visitamos por primera vez, la distancia entre el barrio en el que estábamos y al que queríamos dirigirnos nos parecía excesiva. Pese a que el vagón iba abarrotado de gente, conseguimos dos asientos donde poder dar un poco de tregua a nuestras piernas. Llevaba una Moleskine de tapas rojas en la mano y en su interior el librito de Carver, donde introduje un tanto atropelladamente el billete. De repente, empezamos a escuchar voces, gritos, empujones, pisadas aceleradas. Nos miramos sorprendidos. El corazón comenzó a acelerarse. Cuando estás lejos de casa, todo lo que se salga de lo común siempre consigue sobresaltarte. Un tipo vestido con vaqueros, cazadora negra y botas militares estaba increpando a unas muchachas. Eran jóvenes, guapas, con el pelo negro recogido en lo alto y la piel morena. Llevaban pendientes muy grandes y los labios pintados de rojo. Luego, una chica, con el mismo atuendo (vaqueros, cazadora negra, botas militares), comenzó a hacer lo mismo. Las muchachas vociferaban. Una de ellas echó a correr, llevándose por delante a todo el que se encontraba a su paso. Se le cayó algo al suelo, quizá se tratase de uno de los pendientes. Nadie hizo ningún ademán por recogerlo, fuese lo que fuese. La chica vestida con vaqueros, cazadora negra y botas militares intentó atraparla. Creo que, al detenerse el metro, consiguió escapar. Aunque, dado el revuelo que se montó, no estoy muy seguro. Tanto ella, la chica, como el tipo que vestía del mismo modo, eran policías camuflados y estaban deteniendo a todo el que no hubiese sacado el billete en la estación. “Miedo al pasado resucitando”. Fueron las palabras de Carver que me vinieron a la cabeza. El policía pasó por nuestro lado y con un gesto brusco nos pidió que le enseñásemos los billetes. Lo hicimos. Nos recordó que al día siguiente deberíamos sacar un billete nuevo. Le dije en inglés que ya lo sabíamos, tratando de contener la excitación y de mantener firmeza en el tono de voz. “Miedo a la confusión”.

Al fin, después de subir numerosas escaleras, logramos salir a la calle. El sol ya había desaparecido, pero el frío no. El frío se había vuelto más intenso. Como la humedad, ya definitivamente instalada en la garganta. El barrio de Kreuzberg, casi en penumbra, nos recibió con sus paredes llenas de grafitis, sus músicas alternativas y sus acogedores cafés. El miedo había desparecido. Carver seguía a nuestro lado.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades