Aquellas tardes pasaban lentas, y los dos agradecíamos que así fuese. Las de invierno las pasábamos en la vieja cafetería de un hotel, fumando y tomando un café detrás de otro. Las de verano, más largas aún, en alguna terraza, tomando café con hielo o copas de vino tinto. Hablábamos de todo: de cine, de teatro, de música, de literatura. Lo que más nos interesaba. Preferíamos estar allí que en las clases de la universidad, tan decepcionantes (salvo excepciones). Algunas de aquellas tardes, si la ocasión lo propiciaba, recorríamos las librerías de viejo o íbamos al cine. Luego, ya sentados en la vieja cafetería del hotel o en la terraza de la zona antigua de la ciudad, comentábamos los hallazgos que acabábamos de encontrar o analizábamos al detalle la película que habíamos visto en una de esas salas que ya no existen. Ella era cinco años mayor que yo, pero no importaba: aún éramos muy jóvenes y nuestros mundos e inquietudes eran similares. Juntos descubrimos a los autores norteamericanos: Capote, Shepard, Carver, Cheever… Los viajes de los Bowles, la nueva narrativa española, los entresijos de la buena novela negra y los poéticos desgarros de Marguerite Duras, entre otros muchos descubrimientos. Por citar, una vez más, a la Duras podríamos decir que por allí nada pasaba, nada, excepto eso, la vida. Un buen tramo de vida, aunque entonces no fuésemos plenamente conscientes de ello. Ninguno de los dos, ni mi amiga ni yo. En aquella primera juventud: tan lejos y tan cerca a la vez del hombre en el que me he convertido.

Un día, casualmente, llegó a nuestras manos ‘El bandido doblemente armado’, que ya llevaba un tiempo publicado y que había recibido el premio Sésamo. Otro descubrimiento. Aquella manera de narrar, de trazar a los personajes, de darle forma a una inquietud y a un mundo muy particular. No hace falta decir que nos deslumbró aquella historia, la voz de aquella narración. La voz de Soledad Puértolas, naturalmente. No podría recordar si era invierno o verano, pero sí podría enumerar las intensas sensaciones que compartimos aquella tarde tras la lectura de la primera novela de Soledad.

Por razones que no vienen al caso, mi amiga se fue de esta ciudad y ya nada volvió a ser lo mismo. Nos fuimos perdiendo la pista como la pierden esos amantes que viven un idilio a escondidas en algún hotel de las afueras de la ciudad durante unos meses. No sé si ella continuó leyendo los libros de Soledad Puértolas. Yo sí. Cada uno de ellos, varias veces. Los libros de esa autora siempre pendiente del detalle, del rumbo del personaje, de lo que se intuye, de la percepción de lo que puede llegar a ser (o no). Se convirtió en una de esas autoras imprescindibles y gracias a ella descubrí, por mencionar a una sola escritora, a Alice Munro, mucho antes de que sus libros se encontrasen con facilidad ni de que la canadiense recibiese el Nobel.

Escribí reseñas en revistas y periódicos sobre sus novelas, sus ensayos y sus cuentos (seguiré haciéndolo), estuve en las primeras filas de la Real Academia cuando leyó su discurso de ingreso (emocionante e inolvidable tarde) y desde hace un tiempo confío en que le otorguen alguno de esos premios importantes que tanto se merece, incluido el Cervantes. El afecto de la escritora es uno de esos pequeños regalos que la vida literaria me ha ofrecido.

La obra de Soledad perdurará en el tiempo, en un formato u otro, los años dirán. Y tal vez, algún día, cuando ya no estemos por aquí, un par de jóvenes vuelvan a sentir la emoción que aquella tarde sentimos mi amiga y yo al leer por primera vez uno de sus libros, en una vieja cafetería de hotel o en una de esas terrazas que hoy tampoco existen, delante de un café o de una copa de vino, ya no recuerdo bien.

(El viernes 27 de mayo la 2 de TVE dedica su espacio Imprescindibles a la autora, después de estrenarse un día antes en Cineteca Matadero de Madrid)

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades