Verla actuar en directo fue una de las mejores experiencias como espectador que he tenido en esta vida. Sentado allí, en el Kursaal, dentro de la programación del Festival de Jazz de San Sebastián, a escasos metros de ella, te podías dar cuenta perfectamente de los motivos por los que una persona alcanza la magnitud de estrella que ella ha logrado. Las razones por las que ha ganado el Oscar, el Emmy, el Grammy, el Bafta y varios Tonys y Globos de Oro. La manera de moverse, de bailar, de cantar, de dirigirse al público, de llenar por completo un escenario con una presencia que no destaca precisamente por su altura. Con un gesto de sus manos (esa mano alzada hacia arriba al final de las canciones, tan característica y tan admirada por Freddy Mercury), ya tenía atrapado al público. Con un susurro de su poderosa voz, sucedía lo mismo. El dominio de las cuerdas vocales y del cuerpo. Los destellos de su traje rojo. El sonido de sus zapatos sobre la madera. La presencia en el escenario. El talento innato. Y el enorme trabajo -trabajo de muchos años, de mucha disciplina, casi desde niña- que hay detrás para cultivar ese talento. ¿La fragilidad? Sí, también estaba, pero todo lo demás la dejaba de lado, en un segundo plano, esperando que se apagasen las luces y el eco de los aplausos se convirtiese en algo lejano, difuso.

Allí estaban Judy Garland y Vicente Minnelli, sus padres. Kay Thompson, su madrina. John Kander y Fred Edd, los autores de muchas de sus canciones. George Gershwin y Bob Fosse, el creador de la emblemática ‘Cabaret’ y de unas coreografías memorables (aún hoy en boga). Y Martin Scorsese, el director de ‘New York, New York’. Y podías, sin echarle demasiada imaginación, ver a Robert De Niro tocando el saxo muy cerca de ella. A Frank Sinatra y a Sammy Davis Jr. moviendo con destreza sus zapatos y su fibroso cuerpo. A Charles Aznavour retándola a cantar en francés. Y a Truman Capote bailando a su lado, y también a Elizabeth Taylor copa y cigarrillo en mano, como en aquellas legendarias e interminables noches del Studio 54. Todos ellos estaban allí, a su lado, a escasos metros de nuestros ojos. Os juro que los vi.

¿Que su vida ha tenido problemas y su carrera altibajos? ¡Y quién nos los tiene! Pese a unos y a otros, ha sabido sobrevivir a todo ello y mantenerse. El tiempo le ha dado la categoría de leyenda. La que se merece. Allí estaba, en el Kursaal, la leyenda. De esas que, por desgracia, ya van quedando muy pocas.

El pasado 12 de marzo cumplió 70 años. Qué mejor manera de conmemorarlo que recordándola aquí, en una revista que lleva, precisamente, este nombre. Y que continúe el espectáculo.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades