Pocas cosas se pueden añadir a estas alturas sobre Marilyn Monroe, más aún después del genial retrato que Truman Capote escribió sobre ella. (Recordemos la adoración del escritor por la actriz, a quien propuso desde el primer momento como protagonista de la adaptación cinematográfica de su novela ‘Desayuno en Tiffany´s’: hoy resulta difícil imaginar a otra Holly Golightly que no tenga el rostro, la voz, la elegancia y la sofisticación de Audrey Hepburn). Pero uno puede hablar desde su condición de cinéfilo y de mitómano, claro está. Ah, aquellas madrugadas viendo los ciclos de la 2. Allí, en aquellas madrugadas frente al televisor, fumando nuestros primeros cigarrillos y disfrutando de aquellas películas que era del todo imposible ver en pantalla grande, muchos jóvenes aprendimos unas cuantas lecciones. Lecciones de cine y de vida. Todas las Marilyns posibles estaban allí, en aquellas películas, y a todas, de principio a fin, las adorábamos. La rubia lista, la rubia que parecía tonta, la rubia indómita, la rubia insegura, la rubia sensual, la rubia provocativa, la rubia torbellino, la rubia derrotada, la rubia perdida entre víboras como George Sanders y Bette Davis, la rubia que no fue Holly Golightly en la película de Blake Edwards, la rubia que quería bailar y ser feliz, la rubia que no ganó un Oscar, la rubia que susurraba al caer el sol, la rubia indefensa frente a multitud de cosas, la rubia en la encrucijada, la rubia de vida rebelde, la rubia frágil… Sobre todo, ésa: la rubia frágil.

Sí, siempre he pensado que ésa es la mejor manera de definirla. Más allá del mito sexual, de ser uno de los iconos cinematográficos por excelencia, de la mujer atormentada y de las excesivas turbulencias para una vida demasiado corta. Más allá de todo eso, como una condena o una glorificación, como la doble cara de una misma moneda que el destino lanza al aire, la fragilidad. Esa fragilidad que no podían ocultar ni el rímel, ni el pintalabios, ni las espesas capas de maquillaje, ni los vestidos bonitos y ajustados a la piel, ni los tacones de vértigo, ni los tragos de ginebra, ni las pastillas, ni el rubio más rubio de todos. Marilyn, frágil y enamoradiza, frágil y única, frágil e insegura, frágil e irrepetible. Marilyn, excelente actriz. Decir su nombre, a estas alturas, en voz alta o en voz baja, sigue siendo todo eso. También en estos días en los que hubiese cumplido noventa años y en los que gozamos imaginando qué hubiese sido de su existencia si la vida no fuese a ratos tan injusta, tan desleal, tan demoledora.

Entonces, en aquellas madrugadas de juventud, lo intuíamos, y ahora lo sabemos con rotundidad: el mito nunca desaparecerá. Así que pasen otros noventa años y nadie hable de nosotros, pobres mitómanos, cuando hayamos muerto.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades