Estoy acomodado en mi asiento. El avión está a punto de despegar. Mis piernas, aunque no son muy largas, casi tropiezan con el asiento de la persona que va delante de mí. Una mujer rubia, de mediana edad, que no se ha quitado las gafas de sol. Quizá le moleste la luz que entra por la ventanilla. Aunque es temprano, la luz es muy intensa. No hay rastro de las lluvias que anunciaron. Mi cabeza empieza a divagar. Como sé que es inevitable, la dejo que vaya a su aire un rato. ¿Qué hace esa mujer sola en este avión? ¿Viaja por trabajo o por placer? ¿La esperará alguien cuando lleguemos a nuestro destino? Anoto la imagen -una mujer rubia, de mediana edad, con gafas de sol- y las preguntas en un cuaderno. Justo en ese momento, la mujer echa la cabeza hacia atrás y el avión comienza a despegar. Cierro el cuaderno, aunque no lo guardo en la bolsa: sé que apuntaré alguna otra cosa. Una pregunta más: ¿Hacia dónde me lleva este avión? No lo sé. No lo recuerdo. De ese vuelo, sólo conservo la imagen de la mujer rubia y el comienzo del libro que ahora mismo, cuando el avión ya está en el aire, estoy descubriendo. El narrador también está en un avión que inicia su vuelo. Se dirige a Berlín desde otra ciudad alemana, Friedrichshafen. Pienso: luego buscaré información sobre esa ciudad. Narra con minuciosidad casi todo lo que yo he recorrido hasta estar ahí, acomodado en el asiento de ese avión. También observa lo que hay a su alrededor. Parece que se trata de un vuelo corto porque enseguida divisa algunos bloques de viviendas berlinesas. Miro por la ventanilla. Las nubes parecen ovejas mansas. Recuerdo ahora, mientras escribo esto, que miro por la ventanilla porque es un gesto habitual, casi mecánico, pero sigo sin saber hacia dónde me llevaba ese vuelo. No tiene importancia. Vuelvo al libro. El narrador le da paso a la protagonista de la historia, una mujer que sueña desde pequeña con viajar a Australia. Es un libro de Cees Nooteboom, ‘Perdido el paraíso’. No es el primer libro que leo de este escritor. Me gustan sus historias. Cómo se enreda en interiores y exteriores. El contraste entre los pensamientos de sus personajes y el paisaje en el que están inmersos. Son personajes que viajan mucho, como el propio autor, que escribió varios libros sobre muchas de las ciudades visitadas. Es un narrador extraordinario. Un gran observador. Minucioso con los detalles (no queda aquí más opción que señalar su diario, ‘533 días’: el escritor en su casa de Menorca, reflexionando sobre temas importantes y otros igualmente importantes aunque tengan, en principio, una apariencia menor). Su prosa te atrapa desde el primer momento. Como me atrapa a mí, en ese avión, rumbo a una ciudad que no recuerdo. Las nubes, como ovejas mansas, a un golpe de vista. La mujer rubia, adormilada. Con las gafas de sol puestas. Su historia, anotada en tres apuntes de mi cuaderno. Puede que algún día la desarrolle. O puede que también se quede así, en tres apuntes, medio perfil trazado, como le sucede a algunos personajes de Nooteboom, al que acaban de otorgar merecidamente el premio Formentor. Personajes perdidos en la incógnita. Tratando que cada lector intuya un paisaje aproximado. Fragmentos que definen vidas. Minúsculas figuras que perfilan ciudades, países, continentes. Frases cortas que se acercan a diferentes estados de ánimo. Introspección. La vida que se narra, una vez más. Que se narra y que se intuye antes de ser narrada. La sombra y la imagen de la sombra. Lo que cabe en un párrafo y lo que se escapa. Lo que vuela. Y queda apenas intuido. Ahí donde, con nuestras miserias y particularidades, nos encontramos.

Toda la obra de Cees Nooteboom está editada por Siruela

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades