Sentados en un banco, comiendo una manzana y aliviando momentáneamente el cansancio provocado por las largas caminatas, veíamos a hombres entrar y salir de los sex-shops que proliferaban a lo largo de aquella calle de Nueva York. Las marquesinas de los teatros y las luces que iluminaban al atardecer los nombres de importantes intérpretes de la escena no estaban demasiado lejos. Puro contraste. Eran, los sex-shops, locales cutres, con carteles en la puerta deteriorados por el sol y el paso del tiempo donde aparecían hombres con una estética ochentera (bigotes poblados, abundante vello por sus cuerpos casi desnudos, pantalones cortos confeccionados con telas escasas y brillantes, actitud descarada y sexos prominentes), y numerosas cintas de VHS cubiertas de polvo y apiladas de cualquier manera en un rincón del escaparate. Aquellos hombres, más bien de cierta edad (salvo algún chico joven, chapero probablemente), entraban y salían a media mañana de aquellos locales con toda naturalidad, como si hubieran bajado a hacer la compra en alguna de las tiendas de alimentos que había entre un sex-shop y el siguiente y les hubiesen entrado ganas de repente de ver una película porno o de encontrar algo de compañía, quién sabe a qué precio (y no me refiero solo a los dólares).

Recuerdo que dijimos: esta calle nunca aparecerá en una película de Woody Allen. Y así, a grandes rasgos, podría definirse Nueva York. Un puñado de bonitas fotografías y las calles donde transcurre la vida de la gente corriente. Tal vez ese contraste sea lo fascinante de una ciudad que enseguida descubres que no resulta tan fácil de habitar como al primer golpe de vista, deslumbrados por sus numerosas leyendas literarias y cinematográficas, puede parecer. Y vamos a dejar a un lado esa serie de similar título al de este texto donde la protagonista gana una pasta por escribir cuatro líneas estúpidas, se pasa el día de fiesta en fiesta y se debate entre un zapato u otro para hacerse con un príncipe azul más acartonado que los de las películas de Disney.

Pensé en aquella mañana y aquella transitada calle de los sex-shops la otra noche, después de ver ‘Shortbus’, la notable película de John Cameron Mitchell, donde un grupo de gente trata de buscar el equilibrio, ahuyentar la frustración y asentar sus relaciones sexuales y emocionales en una ciudad, Nueva York (posterior a los atentados del 11 de septiembre), que no se lo pone fácil y que nada tiene que ver con las postales bonitas ni las series ñoñas y, en el fondo, un tanto reaccionarias.

La cultura alternativa, los problemas de identidad, la depresión, las frustraciones sexuales o artísticas y lo complicado de las relaciones de pareja son algunos de los temas que trata la película. Y lo hace con naturalidad y crudeza, sin obviar el sexo explícito o la cara B de unos sentimientos que transitan por toda clase de curvas y vaivenes. Ese constante arriba y abajo emocional.

Emociones y experiencias. Planteamientos vitales y preguntas con difíciles respuestas. El placer y el vacío que deja a veces ese placer. Lo extraño que resulta cada mañana levantarse y enfrentarse a un mundo inhóspito, egoísta, desangelado, imprevisible. El miedo que parte de uno mismo y que paraliza las emociones al encontrarse con el de enfrente. Y la mirada, también, de quien por momentos es mero observador de esa vida que pasa por su lado. Como nosotros mismos en aquella lejana mañana, sentados en un banco, comiendo una manzana y aliviando momentáneamente el cansancio después de las largas caminatas, en la transitada calle de los sex-shops.

‘Shortbus’ está disponible en Filmin.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades