Una amiga me comentaba el otro día que sólo subo chicas a este apartamento. Vale. Salvo un par de excepciones (creo), tiene razón. Aunque no es algo premeditado, que conste. Así que hoy le toca el turno a un chico. A Tom Hardy, por ejemplo. ¿Por qué a él? Me explico. Hace pocos días, en el muro de su red social, la escritora Leticia Sánchez Ruiz recomendaba encarecidamente la visión de ‘Locke’, del director Steven Knight. Aunque había oído hablar de ella, no la había visto. Me puse de inmediato a ello. Qué maravilla. Qué complejo entramado de sentimientos, emociones, encuentros, desencuentros, quebraderos de cabeza, arañazos a la realidad, puñetazos al destino y giros inesperados. En apenas hora y media, un grupo de vidas giran en torno a una decisión. Y detrás de esa decisión, el atractivo rostro de un hombre dentro de un coche, conduciendo. Y todo, como en ‘La voz humana’, a través de un teléfono, de ese atractivo rostro masculino y de una voz, la de Tom Hardy. Aunque es cierto que aquí, a diferencia de la obra de teatro de Jean Cocteau (que, curiosamente, aunque el papel está escrito para una mujer, la última vez que se representó por aquí en teatro lo hizo un hombre, el gran Antonio Dechent), también escuchamos las voces de los otros interlocutores: la esposa, el hijo, los compañeros de trabajo…

Una noche fría, una par de botellas de vino y una mujer solitaria: con eso es más que suficiente para cambiar el rumbo de una vida. Son cosas que a veces suceden. La vida de este hombre, Ivan Locke -o sea, Tom Hardy-, que, consecuente con sus actos, conduce en mitad de la noche hacia algún lugar que mejor conviene no desvelar. La vida, ya lo sabemos, nunca es una línea recta. La vida se está fraccionando y hay que intentar arreglar los pedazos que se van rompiendo según avanza la historia y el hombre, conduciendo, alcanza su destino. Tratar de salir adelante, dando la cara (aunque sepas de antemano que te la van a partir en cientos de pedazos: en tantos pedazos como los amantes abandonados rompen las fotografías donde se refleja aquel tiempo en el que fueron felices), poniendo todas las cartas sobre la mesa, toda la carne en el asador, dejando a un lado las medias tintas, las mentiras y los dobles juegos, que no encajan del todo en un hombre íntegro, serio y responsable como él. Lo que se nombra hasta ahora, en el coche. Y ahí está Tom Hardy, solo ante el peligro, con gestos y palabras y silencios, con toda la soledad del corredor de fondo sobre sus espaldas. Un Tom Hardy más vulnerable que nunca. Y con esos ojos humedecidos cuando habla con su hijo a los que no hace falta añadir adjetivos: hablan por sí solos, emocionan. Conmueven. Se podría definir la fragilidad (y la ternura, y la rabia, y la furia) de un hombre con problemas con esos ojos humedecidos. También se podría definir la calidad de un actor con esa misma imagen. Tom Hardy. Hoy, por derecho propio, en este rincón. Tom Hardy o la soledad del corredor de fondo. Más o menos así.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades