Sentada en una silla de playa sin respaldo, cubriendo sus gruesas piernas con una desgastada manta de cuadros rojos y negros, la mujer, que no es ciega pero casi, vende cupones de la ONCE. Dos travestis mulatas se bajan de un taxi y, entre sonoras y profundas carcajadas, antes de entrar en el ambulatorio, le compran a la mujer una tira completa de esos cupones para el próximo domingo. A una de ellas, la más exuberante, se le engancha el tacón en una alcantarilla, pero no deja de reír. Grupos de jubilados ociosos que ensalzan los peligrosos e irresponsables discursos de esa cadena de televisión de extrema derecha cuya máxima afición consiste en descalificar de la manera más ofensiva al que no piensa de la misma manera que la suya. Niños corriendo hacia el autobús, arrastrando sus pesadas mochilas, recogiendo de las manos de sus madres un bocadillo envuelto en papel de plata, un bollo dulce, un petisui de fresa, una mandarina. En los mercadillos del Fontán, aún sin amanecer, unas cuantas mujeres con profundas arrugas en sus ojos y expresiones de sueño y cansancio sacan de las bolsas la mercancía que traen de sus huertas: patatas, cebollas, ajos, tomates, manzanas, lechugas… Otras mujeres, entre charlas en voz muy alta, colocan sus puestos de flores. Inevitablemente, el aire huele a flores en ese tramo del mercado, como si estuviésemos en un jardín o a la entrada de un bosque. Una familia gitana muestra sus productos: él, toda una hilera de cacharros de todo tipo -relojes, pilas, planchas antiguas, lámparas, muñecas sin un brazo o una pierna, utensilios para la cocina o para la labranza…-; ella, pijamas y ropa interior femenina. Es la misma gitana, con idéntico moño alto pero mucho más envejecida, que lleva años gritando aquello de «braga-calidad» a toda mujer, no importa la edad, que pasa por su puesto. Corrillos de funcionarios fumando a la puerta de sus trabajos. Un chapero merodea por los alrededores, a la caza de alguna debilidad urgente. Kate Winslet me mira desde el escaparate de una perfumería que no ha encendido aún las luces. Y yo recuerdo los tiempos en los que, desde ese mismo escaparate, me miraba Isabella Rossellini. En el café, algunos hombres desayunan vinazo en vaso de sidra y pinchos de calamares y protestan (todavía) por la ley anti-tabaco. En realidad, protestan por cualquier cosa. En la radio, alguien dice: «La verdad es revolucionaria». Desde un periódico, Marianne Faithfull, hablando de su nuevo disco, explica: «He estado asustada, pero ya no tengo miedo. La vida continúa y yo sigo a flote». El hombre que camina por las calles y que atrapa en su cuaderno todas estas vidas. La verdad es revolucionaria. La vida continúa y seguimos a flote. Al salir del café, ya se ha hecho de día.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades