Librería El Ateneo Grand Splendid, Buenos Aires

Pienso con frecuencia en aquel viaje. Sobre todo -no sé muy bien los motivos-, los domingos. Quizá porque los domingos son días francamente inútiles y los nudos no se deshacen con la facilidad de cualquier otro día. Los domingos, con resaca o sin ella, no deberían existir. O alguien debería explicarnos bien cómo sobrevivir a toda la estúpida melancolía que viene de su mano (de su alargada zarpa). Buenos Aires. Han pasado ya ocho años. Pienso en ese viaje, sí, muchas veces. Esta tarde (de domingo) pienso que si pudiese volver a cualquiera de las ciudades que descubrimos juntos, a una sola, elegiría esa, Buenos Aires. Para recorrer de nuevo todas las calles, los cafés, las librerías, los teatros. Qué importan esas doce horas de vuelo. Estar allí de nuevo es lo que cuenta. Estar allí de nuevo, y punto. Por el momento no es posible repetir ese viaje. Por eso miro las fotografías, las de aquel viaje, ocho años atrás. Las miro una y otra vez. Detenidamente. Como si fuese la primera vez que lo hiciese. Cuando uno hace algo así, mirar fotografías de otro tiempo, es inevitable pensar en la inocencia de entonces, ajenos a las cosas que vendrían después y en las que ahora no voy a detenerme. No tiene sentido hacerlo. A veces, refugiarse en las palabras es precisamente eso: huir de lo negativo que nos rodea, que nos quieren imponer. Habitar en aquel recuerdo, una tarde de domingo cualquiera, con resaca o sin ella, cuando el sol ya se ha ocultado definitivamente y parece que se avecina la tormenta. Ver las fotografías de todas aquellas librerías (creo que no nos quedó ni una sola por visitar) y pensar que estamos de nuevo ahí, como aquel verano del 2009, en aquel invierno porteño.

Buenos Aires. Caminamos durante horas a lo largo de todos los días de aquella larga semana que pasamos allí, nos sentamos en cafés que parecían de otro siglo, bebimos vino en tabernas cuyo olor aún puedo recordar a la perfección, compramos montones de libros a precios de risa, sentimos la emoción de aquellas mujeres que siguen manifestándose por sus familiares desaparecidos en aquella mítica plaza, vimos obras de teatro, escuchamos tangos y sentimos el frío de un invierno del que supimos guarecernos como nosotros sabemos hacerlo. Como nosotros seguimos haciéndolo: guarecernos de todo lo negativo que viene del exterior y que entonces, en aquel invierno porteño, desconocíamos. Parece que la vida es una prueba constante. Los domingos, ya está dicho, la prueba se vuelve aún más demoledora.

Y aquí estamos. O allí, mejor. En aquel verano del 2009, invierno porteño. Como en esas fotografías que miro una y otra vez. Detenidamente. Como si no hubiesen pasado los años. Como si aún estuviésemos atrapados allí, en aquel tiempo. Esta tarde de domingo. Sin resaca. Con amenaza de tormenta. Leyendo, entre fotografía y fotografía, ‘La vaga ambición’, el último libro de cuentos de Antonio Ortuño.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades