Lo mejor de Gábor Király es su anacronismo, el estar fuera de sitio o de lugar. Era consentido por el público como una anécdota simpática. Gábor Király, cuarenta años, portero titular de la selección húngara en la Eurocopa de Francia 2016, lleva pantalón de chándal de perneras flojas metidas por las medias. Para muchos, el típico pantalón de andar por casa. Yo tengo uno como el del guardameta y alguna vez salí con él a la calle. Lo compré hace veinte años, la última ocasión que compré un chándal. El anacronismo y el ayer se expresan a través del atuendo. Y lo de meter los pantalones por dentro de las medias: daba apariencia, se sentía uno más seguro… No tiene ninguna lógica pero la lógica es un partido siempre de pocos goles. Ves a Király y piensas en la época en que los partidos se resolvían con muchos goles. Ves a Király, húngaro, ciudadano del antiguo Imperio Austrohúngaro y piensas en la riquísima vida cultural de aquel tiempo: en todos los músicos, artistas y escritores que fueron súbditos de aquel imperio y es imposible no darle la razón al escritor Sergio del Molino en su provocadora, pero no exenta de razón, reivindicación del imperio, más si pensamos en la actual Europa hortera y cada vez más nacionalista y xenófoba.

Pienso en Király y pienso en los tiempos en que para ser alguien no había que tener pinta de nada. Bastaba con serlo. Lo pienso porque mientras veía en un bar el Hungría / Bélgica, oí al corifeo de turno  decir: si más que el portero, parece el entrenador de los porteros.

Me decía no hace mucho Luisma, hoy conserje y durante muchos años marino mercante, que hay cantidad de lugares que visitó, conoció y disfrutó a los que hoy no podría acudir con la misma libertad y despreocupación. El mundo, según su opinión, ha perdido por completo su inocencia. Es la misma conclusión a la que uno llega cuando lee «El mundo de ayer. Memorias de un europeo» de Stefan Zweig (Viena 1881 – Petrópolis 1942). Las memorias del autor austrohúngaro  son el testimonio de una civilización y un mundo que desaparecen. Pienso que su compatriota Gábor Király cuando sale a jugar un partido vestido de esa guisa, más que un guiño a la extravagancia, es también la mención a un mundo de ayer. Ni en Király ni en Zweig hay un brindis a la nostalgia. Pensemos en la cita de Shakespeare que abre «El mundo de ayer»: «Acojamos el tiempo / tal como él nos quiere» («Cimbelino»).

El deambular del portero bajo los tres palos y la escritura prolífica y reposada del escritor, más que melancolía, denotan una evidente paradoja: vivir hoy sin dejar de ser el de ayer.

Lean las memorias de Zweig, están publicadas por El Acantilado. Se harán un inmenso favor.

Fernando Menéndez es escritor
@Fercantona