A la larga, entraña mucho menos peligro una pistola en la mano de un canalla que la posibilidad de formar una familia estable. Sobre este principio se asientan las mejores novelas policiacas. Quién sabe si las mejores novelas. A secas. Hammett y Chandler, cuando crearon respectivamente a Sam Spade y Philip Marlowe crearon a dos tipos solitarios, individualistas y misántropos. Las creaciones de los dos padres de la novela negra hay que reconocerlas como bienes sociales, pues compensan la exasperante tentación de la sociedad a creer que siempre sabe lo que nos conviene a cada uno.

Cada noche, agradezco al autor de «Cosecha roja» y al creador de «El sueño eterno» la rotundidad de que hacer el bien, mejor de uno en uno y con cierta distancia de seguridad. Se empieza por ser generoso y se acaba pensando sólo en el derecho de la propiedad.

La novela policiaca actual padece el síndrome de la legalidad y del bienestar social: los antiguos detectives privados, esquivos y funambulistas entre lo legal y lo ilegal, han sido sustituidos por inspectores de policía, funcionarios del Estado: estrictos cumplidores de la ley.

Para encontrarse con tipos que van por libre hay que seguir mirando al pasado: Travis McGee, el detective creado John D. MacDonald (1916-1986) pertenece a la estirpe de los Spade y Marlowe. Un caballero andante que se viste de cinismo para no sentir el acoso de la nostalgia.

Autor de la novela «The executioners», adaptada varias veces al cine bajo el título «El cabo del miedo».

Se cuenta que fue un autor de mucho éxito capaz de mantener a la vez su prestigio literario entre críticos y colegas de oficio.

«Adiós en azul», la primera novela protagonizada por McGee ha sido publicada por Libros del Asteroide. En estos días sale a la calle «Pesadilla en rosa», segunda novela de la serie McGee. Publicada también por la misma editorial.

Fernando Menéndez es escritor
@Fercantona