Como bien recuerda Eli Tolaretxipi, traductora de «Amplitud» (Ediciones Trea), la poesía de la norteamericana Tess Gallagher (Port Angeles, Whashington, 1943) se mira en el espejo de una cita de Jean Cocteau que encabeza uno de sus poemas: «Posiblemente no me habría dedicado a la poesía en este mundo que sigue siendo insensible a ella, si la poesía no fuera una ética».

La cita del francés sitúa la escritura de poemas como un acto de resistencia y convencimiento. Para Gallagher, los artificios y retóricas corresponden a una manera de entender el género muy alejada de su experiencia. Abundan en «Amplitud» una serie de textos largos, destensados: planteados como largos paseos que nos reconcilian con el pensamiento y el prójimo.

Gallagher habla de lo más importante: de lo que le sucede a cualquiera de nosotros; de una intimidad casi nunca pronunciada. Afirma David Simon, el creador de «The Wire», que las cosas más trascedentes de la vida suelen decirse u ocurrir entre las cuatro paredes de una cocina.

A diferencia de la exaltación comunitaria de Walt Whitman, uno de los fundadores de la poesía norteamericana, los poemas de «Amplitud» entreabren sus puertas a la mención y a la experiencia de lo doméstico. La escritura de Gallagher es lo más alejado de la exageración. Como una conversación nocturna, mantenida en voz baja. Como las primeras palabras dichas nada más levantarse de la cama. La autora de «El amante de los caballos» busca al lector como si se tratara de un interlocutor largamente esperado. A mí me ha sucedido no pocas veces leyendo «Amplitud»: la sensación de que alguien me dice: – ven, siéntate. Te voy a contar un secreto. Tolaretxipi, en el prólogo al libro, afirma que «el poema es testimonio de algo que necesita ser contado, habla en la intimidad de algo que se ha entendido a medias».

No exigirle a la poesía salvar el mundo ni ponerlo patas arriba. Reconciliarse con él es suficiente, ubicarse en un espacio del que no sea necesario huir: «Toma / esta cara, estas rondas diarias / en las que voy con una col bajo el brazo / para convencer a las multitudes / de que cualquier cosa bien hecha / podría salvarlas».

Chéjov aspiraba a contar la historia de una tarde en cualquier hogar en el que aparentemente no pasa nada. En esa intención del maestro ruso se sitúa Gallagher, como también se sitúa su querido Raymond Carver o Richard Ford, que vieron en la lejana Rusia del XIX un lugar y un tiempo desde donde construir su estilo.

Pero en el poema es posible conversar con quien ya no está, reconstruir sucesos pasados, devolver al peculiar presente de la escritura algo que creíamos perdido. No se trata de sortilegios ni de invocaciones extrasensoriales. Se trata de algo mucho más sencillo pero imprescindible: escribir y leer para allanar la vida. No para eludirla ni para cambiarla. Ser modestos para ser reales. Escuchemos por último, la ética de Tess: «Hay mensajes que enviar. / Reuniones y canciones. / Porque necesitamos / insistir. / Si no, ¿para qué / estamos? ¿De qué / servimos?»

Fernando Menéndez es escritor
@Fercantona