Conviene bajar del promontorio y observar de cerca la cosecha. Vista desde lejos, no se advierten claros. Tampoco se distinguen los frutos raros, las semillas que brotaron a desmano. Vista desde lejos, la cosecha es una felicidad uniforme, homogénea.

La poesía es un género que agradece el barbecho y se resiente de la sobrexplotación. Son tiempos de buenas cosechas en Asturias. Lo demuestran las dos antologías publicadas recientemente: «Siete mundos. Selección de nueva poesía», a cargo de Carlos Iglesias Díez y Pablo Núñez, editada por Impronta y «La prueba del once», a cargo de Antón García, aparecida en Ediciones Saltadera. En ambas se trata de tomar el pulso a las voces más pujantes y jóvenes de una comunidad que, como la nuestra, lleva años gozando de una buena salud poética. Los antólogos (verdaderos autores de una obra de estas características) tratan de presentar, dentro de las obvias individualidades y la diversidad, denominadores comunes, filias, aires de familia. Es lo que le toca al cosechador, presentar cierta uniformidad en la siembra: lo generacional, lo lingüístico (caso del asturiano en «La prueba del once») por citar algún ejemplo. En «Siete mundos», ya desde su título, se intenta demostrar que han espigado bien la recogida.

Y la obra de los poetas seleccionados por Antón García nos confirma que lejos quedan ya los tiempos en que, torpemente, se relacionaba el asturiano con temáticas muy concretas.

Desde su modestia o ambición, las antologías ponen su grano de arena en la elaboración de un canon: la lista, digámoslo llanamente, de lo que se debe leer. También colaboran con ello los medios, la crítica… En los últimos tiempos, un actor tan incesante como las redes sociales. Y tampoco hay que olvidarse de la tendencia tan gremial de muchos poetas.

Los nombres incluidos en ambas antologías, bien incluidos están. Podrán discutirse presencias y ausencias, pero es lo lógico: en cada lector pervive un antolólogo. ¿Pero qué hay del fruto discordante? ¿De la voz que no encaja en esta nueva sentimentalidad que parece forjarse a la vista de lo leído? ¿Qué ocurre con una voz también joven, también pujante como la sierense Ruth Llana, autora del poemario «Tiembla», editado por Point de lunettes? Me veo en la obligación de reclamar la atención sobre esta joven poeta de escritura aviesa con respecto a la estética mas visibilizada. Me veo en la obligación de decir que, bienvenidas sean las antologías, pero que no perdamos la visión del rabillo del ojo: por ahí discurre la singularidad, la tradición disidente, las poéticas que viven de la extrañeza, incluso de la alucinación.

En «Tiembla» hay una predilección por el poema en prosa y un lenguaje que se cuestiona a sí mismo. Ritmos sincopados, acelerados. Audacia, paradojas. Poesía como cuestionamiento, como incomodidad. La cita de Idea Vilariño que abre el libro condensa acertadamente su naturaleza: «Decir no / decir no / atarme al mástil / pero / deseando que el viento lo voltee / que la sirena suba y con los dientes / corte las cuerdas y me arrastre al fondo / diciendo no no no / pero siguiéndola».

O con palabras de la propia Llana: «Toco lo que amo para comprender el significado de la carencia. / Tocar para carecer».

Fernando Menéndez es escritor
@Fercantona