Portada del "I see a darknes"" de Bonie "Prince" Billy

61.
No necesitaba haberse despertado en el hoyo para sentirse así al incorporar la primera imagen tras al sueño. Da igual cuál sea tu posición en el mundo, respecto al cielo siempre estás debajo. El dolor multiplicado y repartido ahora por todo su cuerpo o la imposibilidad de asumir que en él haya más de un centro. Se levanta y pedalea. En zigzag recuerda que tiene un corazón, que también a él la sangre le recorre y le mueve.

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62.
Ojalá encontrara alguna clase de variación en torno a él además de esta sencillez abrumadora, que nada necesita, que se basta con ser lo que es. En semejante falta de reciprocidad cómo va a producirse la tensión entre el espacio y el cronista. No nos fascinaría el vacío si no experimentáramos a través de él y como nunca antes nuestra ausencia. ¿Habrá más como nuestro héroe en la llanura?, ¿no ha dado con ellos aún?, ¿han desaparecido bajo este sol entregado a sí mismo?, ¿aguardan escondidos, ocultos detrás de algún relieve para él huidizo o simplemente les mintieron por su bien los gestores?

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63.
Al desierto, el verdadero, le falta lo que a ti, que lo cruzas, te niega: la posibilidad de una equivalencia, de algo en lo que puedas reconocerte, algo capaz de cederle su forma a lo que sientes. ¿Un reflejo? No. Ni mucho menos. Al contrario más bien: algo que en ti encuentre involuntariamente su reflejo. Nuestro héroe creía que el mundo, como un dibujo que no acabara de convencernos, había sido borrado, pero no del todo. Sin embargo últimamente al pensar en el apagón le parece que esas cosas representadas en el lienzo eran de alguien y ese alguien ha venido a por ellas igual que se recogen las migas de un mantel. Cuánta amargura se habrían ahorrado todos, incluido el cronista, de haber sabido si el destino era el final del camino o el punto de partida.

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64.
Podría nuestro héroe dar la vuelta sin que su intento de regreso implicara traición o derrota. Hasta aquí me trajeron mis pasos, se diría, o les diría, si fuera el caso, a los guardianes. Puede que incluso les llamase a cada uno de ellos por su nombre, sólo para ver cómo reaccionaban. Me volví, comprendedme, para que lo que me frenaba pudiera ser lo que me impulsase, ¿no habríais hecho vosotros lo mismo? Desde el momento en que decidiera rendirse y regresar sería su marcha una marcha tranquila, liberado al fin de la esperanza, la más lograda y retorcida forma de expectativa. Pero, en lugar del retorno o la culminación, la negación de cualquier objetivo, del sueño de llegar, la nada revelada en una belleza que renuncia a los perfiles. Tarareamos porque encuentra la música quien ha perdido su historia.

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65.
Nadie implora como el árbol desnudo. Si nuestro héroe tuviera la suerte de cruzarse con alguno durante su rodar y rodar, vería representando su sufrimiento. El dolor ha transformado al cronista en un cantor: de estar aquí para decir cómo son las cosas ha pasado a estar aquí para decir cómo las ve, quién es ante ellas. Pese a esto, ya ni anota ni dice, ni siquiera para sí mismo. Quien sabe imposible la ayuda renuncia a la llamada. No al lamento. Pero sí a la llamada. Y no es merecedor de la voz el lamento. Desapareció el umbral y todo fue dolor. ¿De qué le sirve el canto si, porque no hay cosas ya a su alrededor, no puede ver en las cosas otras cosas? Ni estrellas ni luna echa en falta, añora la noche y su consonancia rotunda.

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66.
Tarde o temprano se les acabarán los recursos, piensa, quiénes estaremos más cerca del final, los que nos fuimos o los que se quedaron. En el momento de su partida aún había velas en el almacén del Eroski. Le hubiera gustado encender una antes de dejar el centro, como despedida, y porque uno se siente bien cuando hace algo y algo se enciende, más que nada por eso. Pobres los que algún día nazcan en el centro, o quizá no, quizá no los haya habido jamás tan afortunados como ellos, que no arrastrarán el mundo consigo. Pedalea. Sigue pedaleando bajo esta luz suspendida. La cadena suena al deslizarse y esa es su plegaria.

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67.
Sufrimos porque hay en el cuerpo un anhelo constante de ocupar consigo mismo el vacío que acoge. Y porque sufrimos hablamos. Una crónica es otro mundo siempre en marcha. Y aquí sigue nuestro héroe, en la llanura.

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68.
Quien le viese ahora podría pensar que en lugar de dormir también él ha sido abatido. Pero si, llevado por la compasión o la avaricia, se acercase hasta nuestro héroe, comprendería que aún respira, es decir, que su cuerpo conserva una fe que él ha terminado perdiendo. Se dio cuenta antes de caer dormido: desde que abandonó el centro no ha vuelto a escuchar su voz, su voz en alto, su voz para alguien. Gracias. Adiós. Esas fueron sus últimas palabras.

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69.
Despierta o más bien se arranca no sabe de dónde pero sólo en parte. No pasa nada, ya vendrá luego el cuerpo, ya estará aquí la carne en cuanto acabe de organizarse. No logra enfrentar su idea del aquí a ninguna noción del ahora. Ojalá dormir hubiera sido un parpadeo interminable. ¿Sigues creyendo en los milagros?, tumbado en el fondo del hoyo sobre la bandera extendida no sabe dónde ubicar esta pregunta que resuena sin cesar en su cabeza, a quién vincularla, ¿se la hizo alguien en su sueño?, ¿se la hizo alguien, en este lado, mientras dormía?, ¿o simplemente se la hizo él mediante una voz que no se atrevería a llamar suya? Tengo hambre, se dice, debo pensar en otra cosa. Fracasa. El hambre no es algo que se tiene, el hambre es algo que se es, materia desvaneciéndose violentamente, un leño consumiéndose en el fuego que él mismo aviva. Ante el vacío inapelable y bajo este sol neutro que avasalla se cumplen antes de ser pronunciadas las profecías, es siempre sagrado lo que nos parece abandonado por una fuerza superior.

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70.
Aferrado al beneficio de la inmovilidad se sorprende al concluir que de alguna manera la crónica ha terminado siendo el precio a pagar con agrado, lo que siente alguien a quien al correr se le cae el sombrero y sigue corriendo, alguien cuyo puño se abre paso entre el ramaje para ser la mano que se ofrece una vez dejado atrás el zarzal, la alegría de los que de repente saben ya segura su derrota.

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71.
Tuvo tiempo en el centro para leer y pensar y cuando lograba concentrarse y hacerlo sentía que era el tiempo quien le tenía a él. La lectura fue allí lo de siempre: un refugio donde lo que no era el cronista permanecía en suspensión y lo que era, intensificado, acariciaba de vez en cuando la plenitud. Solía fijarse en la forma de proceder de los gestores y se peguntaba qué les quedaría si de repente las cosas les fueran a todos bien. Esa duda incluía también a quienes habían originado las revueltas, por supuesto. No lograba comprenderlo. Eran sus vidas, las de todos ellos, lo que tenían en sus manos y sin embargo parecían estar jugando, como si cada una de sus decisiones fuera un reflejo retocado de sí mismos y la desgracia común el espejo que les mostraba tal y como se necesitaban ver. Se aprovechaban de su ventaja sin comprender que esa ventaja lo que hacía era igualarles a los demás; que, si, como querían creer, les distinguía, sólo era por el mal uso que hacían de ella.

Y qué.

La anarquía no es la negación de las leyes sino la aceptación de todas ellas, la abolición en conjunto de las cosas que nos cuestionan porque no somos capaces de cuestionarlas una por una. Sagrado no es lo que nos exige muestras de nuestra fe sino lo que nos la devuelve, todos somos pequeños cuando hacemos ruido. Piensa el cronista, mantiene el mundo en el aire.

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Chus Fernández es escritor