Agotado tal vez el filón de lo que dejó hecho y escrito, detecto en los últimos tiempos un interés por lo que Roland Barthes no llegó a hacer o a escribir en vida. Tal vez a la par de Ludwig Wittgenstein, aunque no es cuestión de ponerlos a competir a estas alturas, Roland Barthes es uno de los intelectuales más novelizados en la literatura reciente. También uno de los más no novelizados. Sobre Wittgenstein me vienen a la cabeza obras como El sobrino de Wittgenstein, de mi idolatrado Thomas Bernard (Anagrama, 1988), la oscura La amante de Wittgenstein, de David Markson (Destino, 1995), el folletinesco El mundo tal como lo encontré, de Bruce Duffy (Ediciones B, 1996), la inteligente Una investigación filosófica, del añorado Philip Kerr (Anagrama, 1996), el entrañablemente humillante Wittgenstein Jr, de Lars Iyer (Melville Books, 2014) o el entrañable a secas Apreciable Señor Wittgenstein, de Adriana Abdó (Tusquets MX, 2017). No consta que Wittgenstein se hubiese propuesto alguna vez escribir una novela. Tampoco parece que sintiera especial gusto por la narrativa literaria. Se entretenía leyendo pulp policial y poco más.

La relación de Roland Barthes con la narrativa literaria fue bien diferente: teorizó sobre la estructura narrativa, destripando relatos como muy pocos más lo han hecho, y también (o sobre todo) sobre la pulsión que lleva a desear escribirlos y, en algunos casos, a la consumación de ese deseo, convirtiéndose así en un teórico de la novela escrita, de la novela en el trance de ser escrita, de la novela por escribir y de la novela nunca escrita (vid. Rafael Núñez Ramos, «R. Barthes y el análisis del relato literario», Archivum 34, 143-150). Él mismo se propuso escribir una novela, que hasta tiene título (Vita Nova), además de unas ocho páginas, aunque no está del todo claro si su verdadero deseo era escribirla, desear haberla escrito o, más probablemente, desear sin más vivir acompañado de ese deseo como algo vitalmente valioso. A sus ojos, la narrativa no escrita era, seguramente, la faceta más esencial de la fenomenología de lo narrativo, su auténtico grado cero, el lugar en que comienza a hacerse presente como pulsión o deseo, como una forma de voluntad pura, anterior al estropicio de la obra en curso y a los estragos de la consumación y la satisfacción autorial. Sobre ello han reflexionado, hace bien poco, la francesa Aurélie Noury (Cómo no he escrito ninguno de mis libros, greylock, 2023) y la brasileña Paloma Vidal (Não escrever [com Roland Barthes], Tinta da China, 2023). El propio Barthes lo hizo en esas reflexiones de última hora (sin saber él que lo eran) que fueron sus seminarios del 78 al 80 en el Collège de France, reunidos bajo el significativo título de La preparación de la novela (Siglo XXI, 2005), que parece sugerir que es en la planificación demorada, más que en la ejecución o en la consumación, donde debemos indagar para entender qué es eso de narrar, de relatar, de novelar… En el fondo, pura biología del desarrollo aplicada a todos esos extraños organismos literarios. Y allí deja caer Barthes, como quien no quiere la cosa (¿pero qué cosa?), la figura emocional del «Querer-Escribir» (¿actitud? ¿pulsión? ¿deseo? –se pregunta–), no fijada, aparentemente, en significante alguno en ninguna lengua conocida (pero vete tú a saber). El Querer-Escribir, sentencia Barthes (así, como quien no quiere la cosa (¿pero qué cosa?)) es el contenido último de toda narrativa, independientemente de cualquier otra excrecencia semántica que pueda resultar de su ejecución y de su colorín colorado, por no hablar de los entresijos ideológicos de lo contencioso mercantil con que el tinglado editorial siempre intenta salpimentar el lanzamiento de cualquier obra. La narración no necesita ser escrita para ser disfrutada. Y así es como Barthes, que ya había matado al autor allá por 1967 («The death of the author», Aspen Magazine; posteriormente en Le bruissement de la langue, 1984), acaba también liquidando al lector. Aunque estábamos avisados desde El grado cero de la escritura (Siglo XXI, 1973), donde nos dejó ya este recado: «la Novela es una Muerte» (p.45). O dos.

La muerte del propio Barthes parece sacada de una novelita (floja) de Cesar Aira –también este novelizado, por cierto, en ese curioso artefacto narrativo escrito por Sonia Dalton (Borges en Estocolmo, DeConatus, 2021)–. La historia es bien conocida: paseaba distraído por París y se lo llevó por delante un furgón, según se dice, de una lavandería (ChatGPT me advierte repetidamente que me ande con pies de plomo, no son hechos probados, podría haber materia para demanda). Ha tenido, eso sí, quien se la reescriba, como Laurent Binet (La séptima función del lenguaje, Seix Barral, 2016), que la convierte en un oscuro complot postestructuralista. Personalmente, me gustan más las novelas que nos lo devuelven a la vida, inquisitivo y pedante, como todos nos imaginamos que era y era seguramente, una especie de flâneur benjaminiano (#RAEconsultas aconseja huir del galicismo y escribir paseante, pero por ahí no paso) con lentes semiológicas implantadas en la retina y gabardina cruzada. Y eso es lo que hace, ni más ni menos, Percival Everett en esta sensatísimamente disparatada Glifo, que Cristina Gutiérrez Valencia y Javier García Rodríguez nos sirven flamantemente traducida al español de Castilla (o castellano de España), a través de los Editores Descabezados (aka Eolas Ediciones y menoslobos taller editorial) en su colección La cadena trófica. Es sabido que es esta una colección loablemente dedicada a identificar perlas literarias que, por razones comprensibles o no, son rechazadas o descartadas por otras editoriales. Glyph (en la edición original de 1999) no es, obviamente, un libro rechazado, pero sí descartado para su traducción al español o castellano por los editores con derecho preferente para ello. Percival Everett, hasta la reciente y profusamente premiada Los árboles (De Conatus, 2023), no es autor que haya generado a sus editores en España otra cosa que lucro cesante o daño emergente, no sé bien si una cosa o la otra, doctores tendrá la Iglesia para decidirlo. Pero, ya saben, siempre hay quien se nutra con lo que otros desprecian, que es, entiendo, la consigna con la que parece funcionar La cadena eolóbica –si esos señores tan descabezudos me permiten la gracieta–. Para el curioso, diré que Roland Barthes, o algo lo suficientemente parecido, también tiene papelito en libros de autores como Gilbert Adair, James Hynes, Xavier Moret, Antonio Muñón Melaza, Nieves Vázquez Recio o Enrique Vila-Matas, pero como no puedo saturar con tanta bibliografía la caja de texto que tan amablemente me ha cedido esta publicación, les remito a esta fuente, en la que encontrarán todos los detalles: Javier García Rodríguez, «El discreto encanto de la teoría: escribir literatura entre la inflación teórica y el mito del after theory», en Daniel Escandell Montiel (ed.), Escrituras hispánicas desde el exocanon, Nuevos Hispanismos, 2022 –colección, por cierto, en la que todo es tan guay y tan postmoderno, que sigo preguntándome por qué servidora no fue reclutada; habría acudido a filas como la más entregada de las visitadoras, créanme–.

En Glifo, ya digo, Barthes es el flâneur metomentodo que aparece cuando menos se lo espera (y cuando se lo espera también) para dejar constancia de su perplejidad semiótica ante el imperio de los signos californiano y marcar territorio con su distancia: campus postestructuralizados, laboriosos laboratorios, neuróticas instalaciones militares…, aderezado todo con su poquito de melting pot étnico y hasta un toque de perversión pedófilo-religiosa. Pero el protagonista de Glifo no es Roland, sino Ralph, salvo que uno quiera verlos como el gran «R» y el pequeño «r» de un gran archigrafema «Â», que bien podría ser. Porque Ralph es, como Roland, alguien compulsivamente entregado al saber, al mismo tiempo que impedido de expresarse verbalmente, como solidarizándose con la relación suspensiva y reticente de Barthes hacia la palabra (la oral, en el caso de Ralph, la escrita en el de Roland). Ralph, es hora de que lo sepan, es un bebé prodigio que lee y asimila todo lo que lee, por complejo que sea, pero que no suelta prenda de todo lo que sabe. Se niega a hablar. Por suerte para nosotros, algún tiempo después, cuando tiene ya cuatro años, condesciende a contarnos por escrito la rocambolesca historia que sigue a la revelación de su inusual talento. Y ese es el relato que leemos.

Porque, en efecto, Ralph acaba por escribir esa Vita nova que Roland apenas sí comenzó. Y no solo esa Vita nova, que ocupa seis secciones intermitentes a lo largo del texto, sino algo más de veinticinco secciones con títulos tan inquietantes como «liberaciones del simulacro», «ennuyeux», «economía libidinal», «peccatum originale», «ephexis», «Vexierbild», «anfractuoso», «ooteca», «exousai» o «ens realissimum», de aparición irregular e intermitente, repartidas y repetidas varias veces en las diferentes partes de que consta el libro, dándose relevo para componer el delirante relato de una cadena recursiva de trapisóndicos secuestros. Ralph, aunque tan enmadrado como Roland, se revela como todo un hombrecito de acción en toda esta deriva del nonsense, más un Wittgenstein, por tanto, que un Barthes. Al final, hasta le da tiempo a componer su propio Tractatus Logico-Literarius (como si de un Darius Villeneuve se tratase), para solventar la célebre cuestión de si están los significados en la cabeza, polémicamente levantada por Hilary Putnam en nombre del externismo semántico («The meaning of ‘meaning’», Minnesota Studies in the Philosophy of Science, 7, 131-193, 1975), con un sonoro «váyanse todos a la porra» en nombre de la literatura extrema: «nada es un relato excepto un relato», concluye Ralph, que es como decir que lo que no se puede relatar mejor es callárselo.

Glifo es un texto que contiene multitud de estratos narrativos y admite, consecuentemente, muchísimas lecturas diferentes. En la mía, el testimonio de Ralph sirve como consumación de la novela sobre cuya preparación teorizaba Barthes para demorar sine die su escritura, como bajo el hechizo de una especie de Scheherazade particular e invisible. ¿Qué otra cosa podría estar haciendo Roland por esos Campus de Dios y qué otra cosa Ralph que rendir tributo a su alma gemela, a su Doppelgänger grandullón? Todo lo demás que sucede en el libro, y no es poco, es relleno, relleno del bueno, ¡ojo!, porque Ralph habría podido extenderlo o acortarlo a voluntad. La escritura de Ralph, igual que la no escritura de Roland, es un escribir reticente (y suspensivo, sí, como ya he dicho más arriba), en esa bella acepción retórica, que el DLE™ diligentemente registra, alusiva a la expresión de enunciados incompletos que «dan a entender sentidos que no se dicen y a veces más de lo que se calla» (bien por el académico de número, ese día estuvo sembrado).

Pues esto es Glifo. Un libro capaz de devolver el placer del texto al lector, al que, como digo, tanto le daría que acabase antes (y volver a empezarlo) como que acabase después (y volver a empezarlo también). Porque Glifo es, por encima de todo, una expresión sublime de ese Querer-Escribir, por suerte consumado, de Ralph, que es un Querer-Escribir en sí mismo infinito. Lo que da pie a que termine precisamente con las mismas palabras con que Ralph comienza a contar su historia: «Empezaré con el infinito. Era y es lo que me resulta más cercano».

Olga Arellano Velásquez trabaja actualmente como profesora free lance de escritura creativa. Es asidua a las Escuelas de Verano de Asociación Española de Teoría de la Literatura (ASETEL), así como a los seminarios del Grupo de Investigación de Historia y Epistemología de la Teoría Literaria de la Universidad de Murcia, foros en los que desarrolla principalmente su vena crítica.