psicodelia (Tb. sicodelia)
Del ingl. psychedelia, de psychedelic ‘psicodélico’ y –ia ‘-ia’, alterado por infl. de psico-.
f. Tendencia surgida en la década de 1960, caracterizada por la excitación extrema de los sentidos, estimulados por drogas alucinógenas, música estridente, luces de colores cambiantes, etc.
DLE™

Antes de acuñar el término «psicodelia», Humphry Osmond utilizaba el de «psicotomimética» para calificar cualquier sustancia capaz de provocar estados alterados de conciencia (o estados «psicotomiméticos») que, a juzgar por sus manifestaciones externas, parecían mimetizar la conducta de sujetos con trastornos mentales como la esquizofrenia. La música no necesita ser psicotomimética para servir de cauce, de médium, de experiencias psicotomiméticas inducidas por sustancias alucinógenas, cualquier música puede servir. Sin embargo, al igual que el médium acaba por transformarse en los espíritus que invoca, la música acaba por psicomimetizar cualidades de las experiencias psicotomiméticas a las que puede servir de cauce. Así, el médium se hace mensaje. O viceversa.

Para nuestro DLE™, «psicodelia» nombra una moda pasada de moda consistente en una exaltación multisensorial alocada. También se extiende en la versión adjetival «psicodélico, ca», que en una de sus acepciones es de aplicación exclusiva a las drogas y en otra a cualquier cosa rara, extravagante y fuera de lo normal. En la formulación de la primera de estas últimas acepciones, DLE™ precisa que lo que convierte en psicodélicas a las drogas alucinógenas en cuestión es el ser «causantes de la manifestación o estimulación de potencias o elementos psíquicos que en condiciones normales están ocultos». No deja de tener su enjundia que la Academia sancione la idea de que los estados alterados de conciencia a que dan lugar esas drogas están ahí, aunque ocultos, cuando no se consumen o uno no está expuesto a los demás agentes que, según la voz «psicodelia», también pueden estimularlos. Dicho de otro modo, que la normalidad psíquica (por usar la categoría académica) consistiría en la inhibición de estados anormales que, de todos modos, están ahí. O, dicho de otra manera más, el trance psicodélico no consistiría en provocar los estados en cuestión, sino en desinhibirlos, darles rienda suelta, tal vez inhibiendo al mismo tiempo los estados de normalidad en competencia. Toda una teoría, que tengo idea de que ha existido o existe aún, o aproximadamente (¿teoría del filtrado sensorial?).

De la voz «psicodelia», la que encabeza este texto, me gusta especialmente la categoría «música estridente», que, siendo académica, deberíamos tomarnos en serio, casi como un género musical en sí mismo. «Estridente» se corresponde en DLE™ con tres acepciones, haciendo recolección en todas las cuales obtenemos la pavorosa serie caracterizadora siguiente: agudo, desapacible, chirriante, ruidoso, estruendoso, exagerado, violento y molestamente llamativo. No me resisto a decir que todos estos calificativos son lanzados en esa entrada como puros juicios de valor. El «estridente» académico es un juicio de valor, pues. Y en el fondo, una elección léxica subliminalmente acertada, porque me parece a mí que este «estridente» es una manera de evocar, sin mentar, al «tridente» que, como a Neptuno, atribuye cierta tradición iconográfica al diablo.

(De momento, permítanme un desahogo. A estas alturas, año 2024, digo yo que tendrá que haber académicos que hayan crecido, intelectual y estéticamente – si es que son cosas diferentes –, escuchando discos como el St. Pepper’s Lonely Hearts Club Band (1967). A mí siempre me ha parecido blandito, tontorrón, amable, edulcorado y archimelodioso, en una palabra, ñoño [1]. ¡Atención! Siempre lo he achacado a mi mal gusto. Lo que viene al caso es que se trata de uno de los epítomes de la «música estridente» – aka «extremamente excitante para los sentidos» –, creada desde y para la alteración de los estados de conciencia.)

Me fui a las fuentes, al texto de 1957 que por primera vez sugiere y utiliza el término «psicodélico», y lo que me encontré fue un serio artículo científico, aunque al alcance de absolutamente cualquiera, que es, además, un texto maravilloso de concienciación sobre lo que significan la normalidad y la alteración mentales, una reivindicación de la amplitud de miras en el tratamiento físico y espiritual de los pacientes mentales y todo un elogio de la sabiduría de pueblos y religiones ancestrales que han dejado como herencia todo un horizonte de comprensión, curación y atenuación de las alteraciones de la mente. Cito de esta valiosa fuente:

He intentado encontrar una denominación adecuada para los agentes en cuestión: un nombre que deberá incluir los conceptos de enriquecimiento de la mente y amplitud de la visión. Algunas posibilidades son: psicofórico, motivador mental; psicohórmico, vivificador mental; y psicoeplástico, conformador mental. Psicocimático, fermentador mental, es ciertamente apropiado. Psicohéxico, detonador mental, aunque difícil, resulta memorable. Psicolítico, liberador mental, es satisfactorio. Mi elección, por claridad, eufonía y ausencia de otras asociaciones, es psicodélico, manifestación mental. Cualquiera de ellos podría servirnos. [2]

Osmond fue, ante todo, un psiquiatra serio y valiente, mimado primero por las agencias oficiales de financiación y proscrito, más tarde, a medida que las drogas psicodélicas se fueron asociando cada vez más a la contestación de los grupos más o menos indómitos de la llamada contracultura [3]. El punto de partida de lo que llamamos «psicodelia» es, como puede verse, serio. Humphry Osmond encarnó un tipo de psiquiatra humanista, concienciado con el sufrimiento asociado a enfermedades mentales como la esquizofrenia, la crueldad del sistema casi carcelario de los sanatorios a que se confiaba el cuidado de los pacientes y los devastadores efectos de los fármacos y tratamientos con que se intentaba mantenerlos a raya. Osmond y otros colegas veían analogías entre los estados de conciencia alterada inducidos por ciertas drogas y las perturbaciones de la experiencia mental de muchos de sus enfermos. La experimentación con esas drogas, a la luz de esas analogías, aportaba la esperanza de descubrir bloqueadores de algunos de esos estados patológicos, aunque también una vía de comunicación con los enfermos, al aportar a sus médicos la oportunidad de ponerse en su lugar de formas realmente vividas. Por si fuera poco, se pudo ir verificando que la administración controlada de tales sustancias podía actuar en un sentido preventivo y, con relación a algunos estados depresivos y adicciones, incluso curativo. El trabajo de Osmond no contiene ninguna alusión a la música. Ahora bien, sí contiene varias alusiones a los efectos combinados (reversión o intensificación) de la interacción entre las drogas psicodélicas y ciertos estados patológicos, otras drogas o simples estimulantes ambientales. Y estos últimos son la gatera por la que, sin duda, la música se cuela en la escena psicodélica.

La relación entre música y psicodelia se manifiesta de dos maneras (o en dos momentos) diferentes [4]. En primer lugar, la música es uno de tantos estímulos sensoriales que pueden servir para atraer y conducir la experiencia psicodélica. En segundo lugar, la música es una de las formas de expresión más aptas para intentar recrear la experiencia psicodélica (el lenguaje, en cambio, es comparativamente mucho más pobre, según coinciden en señalar decenas de entrevistados). En la actualidad, el saber científico sobre la psicodelia se ha centrado básicamente en la primera dimensión, es decir, en el empleo de la música como elemento auxiliar de los especialistas durante las sesiones terapéuticas [5]. Sin embargo, vale la pena no dejar de seguir la pista a la segunda.

Lo cierto es que de «música psicodélica» o «psicodelia musical» se habla y escribe normalmente como algo relacionado, sí, con la manifestación de estados mentales atípicos y el consumo de alucinógenos, pero por completo aparte de la terapéutica psiquiátrica. Algo así como de un género o subgénero musical, cuyo arranque se sitúa y explica, en efecto, por el acceso de los músicos más contraculturales de mediados de los sesenta al consumo, podríamos decir que recreativo, de LSD25 y otras sustancias alucinógenas. Los grupos más musicales más señalados de esa época pasaron su fase psicodélica en torno al año 1967. Son de ese año The piper at the gates of dawn (Pink Floyd), Sergeant Pepper’s Lonely Hearts Club Band (The Beatles), Forever changes (Love), The psychedelic sounds of the 13th Floor Elevators (13th floor elevators), Younger than yesterday (The Byrds), Butterfly (The Hollies), Their satanic majesties request (The Rolling Stones), Surrealistic pillow (Jefferson Airplane)…; de 1966, Pet sounds (The Beach Boys), Sunshine Superman (Donovan)…; de 1968, The Kinks are the Village Green (The Kinks), Odeseey and oracle (The Zombies), Athem of the sun (Grateful Dead)… La lista sería enorme, considerando tan solo estos tres años. Muchos siguen vivos para contarlo. Bendito LSD, bendito peyote, bendita ayahuasca, bendita mezcalina… Benditos hongos, benditos cactus, benditos quienes se alimentaron de ellos.

El problema de las categorías es que, si suenan bien y prenden, acaban funcionado como esos martillos que te hacen ver clavos por todas partes. Y eso es lo que parece haber pasado con la etiqueta «música psicodélica». Basta con echar un vistazo a esa biblia de la psicodelia musical titulada Turn on your mind. Four decades of great psychedelic rock (Jim DeRogatis, 2003), en la que cabe todo, desde folk pre-Dylan a la electrónica más salvaje, la música progresiva, algunos punks, el indi más lo-fi de los ochenta, la música industrial, el hip-hop… ¿Qué puede significar una categoría por cuyo filtro pasan por igual Spaceman 3 y Belle and Sebastian? Me temo que nada o, como mucho, muy poco.

Ahora bien, algo de razón debemos de dar a la amplitud de miras de Jim DeRogatis. En el fondo, los estudios de Kaelen y su equipo [vid. nota 5] apuntan a que cualquier tipo de música puede ser apta para colarse activamente en la vivencia psicodélica de un sujeto. Lo que sucede es que, vista así, la denominación resulta trivial. Toda música es psicodélica, porque cualquier manifestación de la música puede acompañar y potenciar experiencias psicodélicas. Diga usted «música» y estará diciendo, al mismo tiempo, «psicodelia» (aunque no al contrario). Esto es interesante para la psicolog/psiquiatr/ía, pero no tanto para la musicología.

Creo, por esta razón, que por «psicodélica» convendría entender únicamente aquella música que suena como si se tratase de, eso, una «psicodelia», una manifestación de la mente, como decía Osmond. Y quiero decir exactamente eso: una manifestación de la mente, como si no mediasen compositores, intérpretes, oyentes… como si todos compusieran un campo de conciencia unificado en que se pierden los egos y solo existe lo que suena [6]. No cualquier música puede sugerir algo así, aunque reconozco que muchas pueden hacerlo o no según cómo las escuchemos. Esto no importa. Partir de la categoría, en este caso «psicodelia», como si fuese una marca, un santo y seña, el escudo de un club de fútbol, es presuponer la experiencia e impostarla. Eso merece en todo caso el nombre de Psicodelia, con esa mayúscula a la que tengo cierta tirria [7].

La colaboración entre Panda Bear y Sonic Boom no es psicodélica porque el historial de los dos músicos lo haga presumible; tampoco por el diseño de la portada, que definitivamente es psicodélico. La música de Reset (2022) es psicodélica porque tiene el potencial de situarnos al instante en una ensoñación sonora en que Sonic Boom, Panda Bear, el reproductor musical que estemos usando, etc., pintan más bien poco. Solo existimos nosotros, que nos hemos convertido en Reset. Esta forma de audición no se consigue, creo yo, escuchando a Sabina (salvo que la experiencia psicodélica ya esté en curso, claro). Lo que no significa nada en particular, ni malo ni bueno. Hay música para todos los gustos. Es una de sus mejores virtudes.

Todo lo anterior me deja frente algo así como un dilema: a saber, el que parece plantearse entre dos ideas conflictivas de «psicodelia», una como agente curativo y la otra como objeto recreativo. Dos ideas en conflicto capaces, sin embargo, de retroalimentarse mutuamente, dando lugar a una especie de perverso monstruo anti-, más que contra-, cultural: un agente curativo del alma que se transforma en un objeto recreativo bastardo y un objeto recreativo del cuerpo que muta en agente espurio de la curación del alma. Supongo que así se explica, o aproximadamente, tanto la dificultad de la ciencia psicodélica para quitarse de encima el sambenito [8] de «pseudociencia» como la de la psicodelia musical los de «pretenciosidad» y «artificialidad».

Ocurre, creo yo, que la psicodelia experimentó su propio momento «el-medio-es-el-mensaje» [9] a finales de los años sesenta del siglo XX. La relación original entre música y psicodelia fue la de un medio (la propia música) respecto a otro medio (la experiencia psicodélica) respecto a otro medio (el equilibrio mental), en una cadena que apuntaba, en último término, a un desempeño vital conforme al sistema de expectativas sociales (¿otro medio? ¿qué apunta a qué?). No vale la pena buscar los mensajes/contenidos a cargo de los cuales estarían todos estos medios porque, como argumenta McLuhan, el contenido de cualquier medio es siempre otro medio. Y puesto que no hay un contenido que mantener a flote, no es raro que, en una cadena de mediación tal, cada medio se configure como un medio/contenido en sí mismo, es decir, como un medio capaz de auto-sustentarse como su propio contenido.

– ¿Lo que significa…?

… que la música deja de ser un medio modulador de la experiencia psicodélica para configurase a sí misma como sonoridad psicodélica: mimetizando rasgos distintivos de la experiencia psicodélica, se permite emanciparse de esta. Así, la música ya no es un medio cuyo mensaje sería la psicodelia, sino un puro medio que es al mismo tiempo su único mensaje. El medio psicodélico es el mensaje psicodélico. Sonoridad psicodélica y psicodelia sonora. La misma cara de dos monedas indiferenciables.

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[1] Caduco, de poca sustancia, chocho. No me aparto ni una línea de mi idolatrado DLE™. (Abro paréntesis de nuevo, ya que mi procesador de texto no me permite anotar mis notas. Y, sobre todo, tomen nota ustedes, porque lo que sigue es la madre de todas las derivas del nonsense. «Chocho»: altramuz, confite, peladilla, árbol leguminoso de hojas pubescentes, lelo de puro cariño, complacido, nicaragüense (solo si lo dice un salvadoreño), semilla del tarhui, ensalada de la dicha semilla, coño, vulva y vagina (en alternancia con chichi, chicha y chucha)). Es voz de origen mozárabe (šóš), a su vez latinismo en este incomprendido romance (salsus, “salado”). ¿Es o no es mi idolatrado DLE™ pura psicodelia?)

[2] Humphry Osmond. 1957. «A review of the clinical effects of psychotomimetic agents». Annals of the New York Academy of Sciences, 417-434. La traducción es mía.

[3] Vid. Theodore Roszak, El nacimiento de una contracultura. Kairós, 1970. Y, si les apetece, mi «Dylan como dilema. O al diablo con la contracultura», en Topos, anguilas y ajolotes. Especies musicales y animales minúsculos (Delirio, en prensa).

[4] No hay que olvidar que muchas personas declaran experimentar trances semejantes a los inducidos por sustancias psicodélicas mediante la simple audición de música (vid. Alf Gabrielsson y Siv Lindström Wik. 2003. «Strong experiences related to music: a descriptive system», Musicae Scientiae 7, 157–217). Imagino, pero es solo un imaginar, que las sustancias psicodélicas tengan a su vez la capacidad de provocar ilusiones musicales. Dumbo, al menos, las tuvo.

[5] Mendel Kaelen et al. 2018. «The hidden therapist: evidence for a central role of music in psychedelic therapy», Psychopharmacology 235, 505–519.

[6] La psicodelia pertenecería, así, a la familia de músicas que Christoph Cox denomina «desterritorializadas» o, siguiendo a Deleuze y Guattari, «desorganizadas», en el sentido de «carente de órganos». Vid. Christoph Cox. 2022. «¿Cómo hacer de la música un cuerpo sin órganos? Gilles Deleuze y la música electrónica experimental». En Roberto Paci Dalò y Emanuele Quinz (eds.), Mil sonidos. Deleuze, Guattari y la música electrónica (pp. 19-54), Tercero Incluido.

[7] Preciosa la acepción 4 de esta palabra: «porfía repetida» (DLE™). Lástima que esté en desuso.

[8] Hermosa su primera acepción DLE™: «capotillo o escapulario que se ponía a los penitentes reconciliados por el tribunal eclesiástico de la Inquisición». No menos hermoso es su derivado verbal: «sambenitar», absolutamente inDLE™.

[9] Ya saben: Marshall McLuhan. 1994. Understanding media. Extensions of man, MIT Press, del que «The medium is the message» es primer capítulo de la primera parte.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo