La mujer llega todos los días a la playa a la misma hora, las nueve de la mañana. Tiene alrededor de sesenta años, el pelo canoso y muy corto, y uno de esos rostros surcados de arrugas (mucho sol, mucho tabaco) que siempre denotan vidas complicadas. No lleva una de esas vistosas bolsas de playa que se venden en los chinos ni siquiera uno de esos capazos con aires hippies que los años han vuelto a poner de moda. Arrastra un carro de la compra casi hasta la orilla, donde está situada la silla de vigilancia del socorrista, que no llegará hasta las diez. Después de colocar el carro de la compra ahí, junto a la silla del socorrista, se quita la ropa: un vestido ligero de flores o unas bermudas oscuras a las que el sol les ha bajado el color y una desgastada camiseta, dependiendo del día. También se desprende de la parte de arriba del bikini, dejando al descubierto un pecho flácido y unos pezones minúsculos y rosados. Su cuerpo es pequeño y robusto. Coloca una toalla de color verde en el escalón de la silla del socorrista que está a su altura y se acerca a la orilla. Se quita unos zuecos de goma blancos y deja que sus pies se hundan en la arena mojada y que las olas, inofensivas, se rompan contra sus tobillos. Observa el horizonte, ajena a la poca gente que hay a esa hora en la playa. Permanece ahí, observando el horizonte, durante un largo rato. No parece una mujer que esté de vacaciones, tampoco parece tener prisa. Puede que, por algún motivo, ya esté jubilada. Puede que se haya quedado viuda recientemente. Puede que el médico le haya recomendado tomar este primer sol de la mañana, tan intenso ya. Todo es posible.

Ahí viene el socorrista. Es un tipo joven, delgado, muy alto. Tiene el pelo rizado y las manos grandes. La mujer, que ahora está sentada sobre la toalla verde que ha colocado en el escalón de la silla del socorrista, le saluda. Él le devuelve el saludo, con una desgana que no se molesta en disimular. Aunque su cara parece fresca, oculta sus ojos detrás de unas gafas de sol: quizá tenga algo de resaca. Al fin y al cabo, es verano para todo el mundo y las noches continúan siendo una tentación. Le dice a la mujer que no puede colocar su toalla en el escalón de esa silla donde él va a pasar buena parte del día y que tampoco puede permanecer allí como si estuviese vigilándolo. Luego añade: es la quinta vez que se lo digo esta semana, hay que respetar las normas. ¿Las normas?, dice ella. ¿Qué normas? ¡Cuánta gente hace cosas peores y sale indemne de todo ello!, exclama. El joven se encoge de hombros y, mientras coloca la sombrilla en lo alto, susurra que eso no es asunto suyo. La mujer agarra de un manotazo la toalla de color verde y la mete en el carro de la compra. No la extiende sobre la arena en ningún momento. Regresa a la orilla, hunde sus pies y observa de nuevo el horizonte, completamente despejado. Luego, da pequeños paseos por la orilla y de vez en cuando bordea la silla del socorrista, desoyendo las advertencias. Así pasa la mañana. El joven, que no se ha quitado las gafas de sol y ahora bebe una lata de Aquarius, ya no le presta atención, aunque resulta evidente que no le hace ninguna gracia la constante presencia de la mujer alrededor de su puesto de trabajo.

¿Qué lleva a esa mujer a actuar de ese extraño modo un día tras otro? “Es la quinta vez que se lo digo”. ¿Se sentirá atraída por ese chico? ¿Habrá entre ambos algún lazo de unión que él desconoce y que ella trata de insinuar torpemente? ¿Estará la mujer perdiendo la cabeza?

El territorio de las conjeturas siempre es complejo y rara vez hay lugar para las certezas.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades