¿De dónde proceden las palabras? ¿Por qué las utilizamos para referirnos a cada persona, objeto, animal o elemento concreto? Por necesidad, obviamente. Las palabras conforman el lenguaje (sencillo, complejo), el medio más inmediato para comunicarnos. Y el lenguaje (sencillo, complejo) está ahí, en un lugar concreto o difuso, a nuestro alcance. Lo aprendemos. Lo atrapamos. Lo asimilamos. Lo hacemos nuestro. Forma parte de nuestras vidas (de nuestra cultura) con la misma naturalidad con la que una niña le pregunta a su abuela qué es exactamente el dibujo que aparece en el cuento ilustrado que le está contando a la nieta. ¿Qué es eso? ¿Qué es ese «personaje»? ¿Un pulpo, una medusa, un cangrejo? La abuela se queda sorprendida por la pregunta de la nieta, no tanto por las dudas que invaden a la pequeña sino por la expresión que utiliza, «personaje», quizá demasiado adelantada para una niña de cuatro años.

Es entonces cuando la abuela, Soledad Puértolas, escritora y académica desde 2010, comienza a preguntarse por las palabras que conforman el lenguaje (sencillo, complejo), el modo por excelencia que tenemos los humanos para relacionarnos, y cómo puede cambiar según la época por la que transitemos. Ahí comienza esta historia. Una niña de cuatro años, una duda natural como corresponde a su edad, la luz que se enciende en la cabeza de la abuela ante la procedencia del lenguaje. Ese lenguaje que está en continuo cambio, proceso, evolución, aprendizaje. Un camino sobre el que se van construyendo más caminos, nuevos caminos, sencillos o complejos. Siempre interesantes (todo proceso lo es, en cualquier ámbito), siempre determinantes. También, llegado el caso, conflictivos. El lenguaje está en constante evolución. Un proceso sin fin, podríamos apuntar. Es como el agua de un río caudaloso: avanza libre, a su aire, sin retorno. Nos reconforta y también puede llegar a imponernos cierto respeto. El lenguaje -como el río- es realmente torrencial y poderoso, aunque a veces -tan acostumbrados a él- pueda pasarnos desapercibido.

Y descubramos, como le pasó a Soledad Puértolas, que una niña de cuatro años con una pregunta inocente y espontánea derrumbe esa costumbre del adulto y comencemos, como también le ocurrió a la escritora y académica, a plantearnos dudas, procedencias, incógnitas. A relacionar unas palabras con otras (destacaría aquí, por citar una, enfermedad, palabra tan presente en toda la narrativa de Soledad), unos tiempos con otros, unos escritores con otros (Cervantes, Quevedo, Galdós, Azorín, Baroja…). Y en esos planteamientos surgirán los hallazgos que se encuentran en los capítulos de este delicioso ensayo que hoy tenemos entre las manos, ‘Alma, nostalgia, armonía y otros relatos sobre las palabras’, que acaba de publicar Anagrama en una cuidadísima edición y que Puértolas completa con la ayuda de la filóloga Elena Cianca.

Gran trabajo. Exquisitas exploraciones que me han hecho recordar aquellas otras palabras de Ingeborg Bachmann:

“¿Dónde está la ley, dónde un orden? ¿Dónde hay
hojas, árboles y piedras totalmente descifrables?
Están presentes en el hermoso lenguaje,
en la pura existencia…”

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades