There is no such thing as music
Christopher Small [1]

A muchos nos gusta hablar de música casi tanto como escucharla. En parte, supongo, porque hablar de música es seguir escuchándola; en parte, supongo también, porque hablar de música genera una tensión que nos lleva a desear conocer y dar a conocer más música. En mi experiencia personal – y cualquiera que me conozca sabe que (disco arriba, disco abajo) no dejo de ser epítome del ciudadano medio –, tener interlocutores musicales ha sido fundamental para desarrollar y mantener vivo a lo largo de mi vida el gusto por los diferentes estilos musicales de los que me he ido y, en la mayoría de los casos, me sigo alimentando. No creo que hubiese sabido desarrollar mi (ilimitado) amor y mis (limitados) conocimientos sobre el flamenco sin haber conformado, con mi amigo y maestro RNR, una informal peña imaginaria a la que denominamos Peña Flamenca Itinerante Los Inmarcesibles. También dudo que hubiese conseguido hacer reverdecer, seguro que ya para siempre, mi pasión por la música más (o menos) rabiosamente alternativa o por el dub/reggae sin la complicidad de mis grandes amigos disqueros AAF y PPC [2], respectivamente, o de mi viejo amigo SBR, con el que traté de convertir durante varios años un festival musical de conocida marca registrada en una especie de convocatoria extraordinaria de exámenes para poder ver (junto a los indies más (o menos) insolentes del momento) muchas viejas glorias que no tuve medios para (o tuve miedo de [4]) ver cuando realmente hubiese correspondido. Y otro tanto con el jazz o, en su momento, el más efímero de todos, con la música clásica.

Hablar de música nos permite seguir disfrutándola porque, en resumidas cuentas, la conversación es un formato más de reproducción musical, capaz de poner en una misteriosa sincronía la memoria musical de quien habla y la imaginación musical de quien escucha. Y esto, salvo que quien me esté leyendo opine que no he hecho más que articular disparates desde la primera línea de este texto, creo que nos aporta un buen motivo para reconsiderar qué tipo de experiencia es la experiencia musical e, incluso, si necesitamos realmente un concepto de «música» una vez que nos armamos de una buena noción de «experiencia musical». Yo, vaya por adelantado, he llegado a la conclusión de que el concepto de «música», como la mayoría de los conceptos, es un estorbo, además del mayor obstáculo en el camino que lleva de la experiencia al disfrute musical.

Una trampa que insidiosamente nos tiende la Música (por si alguno no se ha dado cuenta, acaba de crecerle una mayúscula [5]) es esta. De diferentes interpretaciones musicales decimos que son interpretaciones de una u otra composición musical, siendo que muchas interpretaciones pueden serlo de una misma composición. También decimos de diferentes piezas musicales que son versiones, que cada versión lo es de una u otra composición y que puede haber muchísimas versiones diferentes de una misma composición. Pues bien, de estas maneras de hablar se deriva una especie de platonismo musical, que otorga la categoría de «existente» a eso que resulta ser «lo mismo» cuando hablamos de diferentes interpretaciones o de diferentes versiones de una misma composición (podría liarlo un poco más y hablar de las diferentes interpretaciones de una misma versión de la misma composición, pero supongo que no vale la pena). Y la trampa consiste en que, de algún modo – pero no me sé el truco y no puedo explicarlo –, no solo consideramos «existente» a eso que es «lo mismo», aunque sea diferente cada vez que suena, sino que le concedemos ser el verdadero ámbito de existencia o la realidad última de «lo musical». Es decir, en esa cadena que lleva de la música interpretada o versionada a la música compuesta [6], el eslabón último del que pende la existencia de la cadena en su conjunto resulta ser una pura abstracción. Imagínense ahora un cuadro colgado en un clavo abstracto. Pues lo mismo.

Se me objetará si es que acaso no existen las abstracciones, aunque obviamente no sirvan para soportar cuadros, y mi respuesta será tan tajante como tal vez enigmática: no, las abstracciones, qua abstracciones, no existen. La explicación más técnica la dejo para la nota [7]. Lo que quiero decir se puede expresar más sencillamente así: en cuanto acaba cualquiera de mis discos de Velvet Underground, o en cuanto acaba la reciente y deliciosa colección de versiones de los maravillosos The Feelies del cancionero de Velvet Underground, guardo cualquiera de esos discos cuidadosamente en su funda y lo colocó en su lugar alfabéticamente asignado en mi discoteca de Babel, no hay música por ninguna parte, deja absolutamente de existir. Mi discoteca, qua discoteca [8], como cualquier discoteca [9], es algo totalmente silencioso. Más que un camposanto, este tal vez habitado por pajarillos y alimañas. Una discoteca es un páramo musical. Y si algo no suena, de uno u otro modo, eso no es música de ningún modo. Por elevar un poco el tono de mis ejemplos, sucede exactamente lo mismo cuando Gustavo Dudamel completa una partitura, recoge los bártulos y se va a un hotel o a su casa a descansar. En la partitura que lleva debajo del brazo no suena música de ningún tipo. Ni siquiera abstracta.

Por todas estas razones, estoy totalmente de acuerdo con el musicólogo Christopher Small, quien sostiene que el concepto de «música» que ha conseguido establecerse como el «concepto de «música del sentido común europeo» es una mistificación inducida por el modelo compositivo, el aura autorial y la cadena de interpretación/audición propios de la música clásica occidental, es decir, el núcleo duro de lo que yo llamo «Música» [10], la cual no deja de ser una pequeña provincia de la extensísima geografía, orografía o etnografía de la música, un tipo de práctica y experiencia a que ninguna cultura humana parece ser ajena. De la música entendida como algo como aparte de su ejecución/recepción es responsable, afirma Small, esa tendencia tan europea a reificar (cosificar u objetivizar) todo aquello que consigue adueñarse de un sustantivo como técnica de designación [11]. Por eso, la recomendación de Small es que haríamos bien en desentendernos del sustantivo «música» y aferrarnos a alguna forma verbal que se aproxime más a la naturaleza temporal, secuencial, experiencial e interactiva del fenómeno musical bajo cualquiera de sus muchas manifestaciones. Él sugiere musicking para el inglés, cuya correspondencia más directa en el español sería el infinitivo musiquear [12]. Pero me temo que no funciona en español, no tanto por ese soniquete que le queda como de cuchicheo de partida de cartas, sino, sobre todo, porque ya se sabe que el infinitivo en español es la avanzadilla del verbo en el helador territorio de lo sustantivo, del que el verbo vampiriza con descaro la enorme habilidad de aquel para la taxidermia de las acciones, los procesos y, en suma, de la experiencia. Por eso, a mí me gusta expresarlo alternativamente diciendo que música es un verbo irregular [13].

De todos modos, pero no quiero que esto se entienda como una corrección, sino como un desarrollo constructivo de las ideas del gran Small, creo que es posible llevar más allá sus argumentos, porque estos sufren la limitación de referirse a algunos formatos particulares de reproducción musical. En este punto, procedo a plegar el texto sobre sí mismo como si fuese un nudo y vuelvo a su arranque. Hablar (o escribir, o ilustrar gráficamente) es tan experiencia musical como componer, interpretar, escuchar, bailar, etc. Cualquier tipo de experiencia asociada a cualquier modalidad, natural o artificial, de reproducción musical es una experiencia musical. Puede mediar la motricidad, la audición, el resonar de la caja que es nuestro propio cuerpo, el volumen movedizo del cuerpo ajeno al que nos acompasamos, la fonación de los órganos de la palabra, el vuelo libre de la imaginación o la apnea sin fondo de la memoria… no importa. La mayoría de las veces funcionará más de un mediador a la vez y diferentes mediadores en diferentes ocasiones. Hoy bailo y canturreo mientras cocino, mañana pongo además Spotify™, pasado se lo cuento a un amiguete… Todo eso son formas de experiencia musical. Música – con minúscula; la mayúscula es aquí espuria, pura tiranía ortográfica –. Cualquier forma de experiencia musical está lejos de la inmaculada pureza que atribuimos a la Música salida de la blanda fazaleja [14] de una partitura, el cofre que se atesora un cd o la carpeta y subcarpeta del formato entre los formatos. La música cobra existencia a través de sus tomas de tierra: la de la aguja que surca el vinilo, el láser que rebota sobre la superficie plástica del cd, las cerdas que rozan las cuerdas del violín, las ondas sonoras que chocan contra el tímpano, las descargas nerviosas que excitan la memoria, la imaginación o la extremidad de quien baila. No existe música en abstracto. No existe tal cosa como la Música. La música es corpórea, es mundana, es material. Es ruidosa y tiende a ser impura. Tiende a la hibridez y nos inclina a la ebriedad. Es un verbo que, en su mágica irregularidad, tanto puede ser intransitivo – como al tararear –, transitivo – como al pinchar para uno mismo –, ditransitivo – como el interpretar o pinchar para pequeñas o grandes audiencias – y quién sabe qué más.

La idea de que de lo que hablamos cuando hablamos de música es una idea sospecho que debe mucho al apuntalamiento benidormense [15] de la imagen canónica occidental de la música como contenida en composiciones irrepetibles a las que se rinde culto en situaciones solemnes. Todo lo que amenaza la integridad y la unicidad del objeto musical es visto como afrenta [16] a la condición artística de la música, empezando, bien lo saben, con la proliferación de réplicas, contemplables fragmentariamente, en cualquier lugar y sin el debido decoro. ¿Qué decir entonces de experiencias tales reconstruir o imaginar mentalmente melodías, bailar distraídamente las melodías que recordamos o imaginamos, escribir o discutir acaloradamente sobre discos, etc.? Seguramente, siendo generosos, que todo es música muy, pero que muy muy, por los pelos.

Pues yo no consigo verlo así. Al contrario, creo que puede haber muchísima más y mejor música en una buena conversación o en una buena pinchada que en bastantes saraos a los que he asistido en torno a batutas laureadas [17]. Creo que la frase que he «robado» a The Hold Steady [18] para titular este texto encierra una gran verdad. No hace falta ser un director de orquesta o un intérprete virtuosos para ser un buen músico. Todos los somos en potencia, porque todos somos críticos y la mayoría djs.

___

[1] Chistopher Small. 1998. Musicking. The meanings of performing and listening. Wesleyan University Press, p.2.

[2] DLE™ limita a Cuba y Venezuela la acepción de esta palabra como vendedor de discos. Entiéndase, pues, que la frase ut supra fue escrita en cualquiera de esos países [3].

[3] Entre nosotros, fue escrita en el tren camino de Madrid, más o menos a la altura de Segovia.

[4] Este epítome de ciudadano medio tiene un inexplicable miedo a la exposición a todo aquello que le gusta sobremanera y una asombrosa habilidad para montarse excusas o maniobras de evitación. En alguna ocasión, incluso el olvido ha jugado a su favor.

[5] Me pregunto, con la mayor de las ingenuidades, que, si la palabra minúscula se escribe con minúscula, no debería la palabra mayúscula escribirse con mayúscula. Llevaré la pregunta a la caseta de la Real Academia Española en la próxima Feria del Libro de Madrid, aunque el año pasado no fueron capaces de decirme gran cosa sobre la institución académica de La palabra del día™.

[6] La manera más común de expresar este contraste se basa en la distinción entre «tokens» (instancias o ejemplos) y «types» (tipos), establecida por el alcohólicamente lógico y lógicamente alcohólico Charles S. Peirce (1839-1914), uno de mis superhéroes intelectuales de todos los tiempos. Ahora bien, Peirce, como sus distinguidos amigotes de Harvard y alrededores de la época, eran neoplatónicos confesos. Sus «types» eran tan abstractos e inexistente como las ideas de Platón.

[7] Las abstracciones solo existen cuando alguien piensa en ellas pensándolas como asociadas a una etiqueta que dice «soy una abstracción». Pero eso no es una abstracción, es una representación mental o, para evitar polémicas funcionalistas propias de teóricos de la mente, una configuración particular de sustancia gris en un cerebro humano.

[8] Lo siento, pero es que este qua me pierde.

[9] Para evitar confusiones, en adelante, si hiciere falta, usaré la expresión boîte, así, con su sombrerete sobre la i y en itálica, que es como es InDLE™, para hacer referencia a los locales de bailoteo y/o alterne.

[10] Guillermo Lorenzo. 2022. De la música minúscula, Eolas ediciones / menoslobos taller editorial.

[11] Benjamin L. Whorf. 1944. The relation of habitual thought and behavior to language. ETC: A Review of General Semantics 1(4), pp. 197-215.

[12] Manteniendo musicar con el significado que ya le reserva DLE™: «poner música a un texto para que pueda ser cantado».

[13] Me lo afeará, claro, el académico de número m minúscula e incluso el correspondiente de la Región de Murcia. A mí plin.

[14] Qué belleza de palabra.

[15] Acrónimo con el que me gusta referirme, con todo el respeto, a la entente filosófica entre Walter Benjamin y Theodor Adorno.

[16] Sin.: ofensa, agravio, injuria, ultraje, desprecio, baldón, deshonor, deshonra, infamia, ignominia, insulto, vejación, burla, escarnio, desdén, vilipendio, denostación, zaherimiento (fuente: DLE™).

[17] Lo que no significa, aclaro, que no haya visto salir música prodigiosa de muchísimas otras batutas, generalmente menos célebres y celebradas.

[18] Tomada de la letra de la canción «Most people are djs», de su primer álbum, Almost killed me (2004).

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo