[Publicado originalmente en el mes de abril de 2016]

«Vecinos y vecinas», ya pasó la Cervantina por Asturias, montaje de la compañía Ron Lalá en coproducción con la Compañía Nacional de Teatro Clásico, que desde su estreno el 14 de enero en el Teatro de la Comedia de Madrid no ha parado de cosechar éxito de público y crítica. Como era de esperar, y así se notaba ya en el entusiasmo de los espectadores a la entrada y más aún a la salida, los «ronlaleros» no defraudaron y consiguieron contagiar el virus de la cervantina también en el Teatro Palacio Valdés de Avilés.

El público pudo disfrutar de hora y media de espectáculo inteligente, que rezuma talento y trabajo a partes iguales. Un texto literario propio, elaborado a partir de fragmentos de novelas, entremeses, poemas, prólogos de Cervantes, y ampliado con gusto y conocimiento con otros elementos biográficos, críticos e intertextuales, supone el mejor punto de partida para un montaje teatral que busca celebrar, precisamente, a un hombre de letras, al mejor Cervantes.

Y lo hacen, vaya que sí lo hacen, del mejor modo que saben, construyendo un universo dramático rotundo, en el que todos los elementos del espectáculo se integran para dar vida a ese texto literario: la pulcritud y versatilidad en el trabajo actoral (mención aparte merece el dominio de la dicción, ya sea en verso o en prosa); la limpieza del movimiento en escena, medido, ensayado, sin que nada quede a la improvisación (aunque ésta también tenga su lugar en el montaje). Un despliegue inusual de instrumentos totalmente integrados (guitarras varias, españolas y eléctricas, bajo, tiple y violín pulsado, acordeón, flauta, cajones, palos y panderetas, castañuelas, percusiones, turutas y hasta un sitar) pone de manifiesto la continua presencia de la música en directo, como ambientación, como enlace, como intensificador de lo dramático o lo cómico, como sustancia que da la mano al texto para recordar los orígenes rapsodas de esta compañía. El precioso y callado trabajo de iluminación logra, desde un segundo plano, dibujar cuadros en escena que apetece fotografiar. Una caracterización inteligente, además de bella y acertada, hace posible lo imposible: que sólo cinco actores den vida en una misma función a más de cuarenta personajes. Y todo ello en un decorado fijo y funcional, delimitado en los lados por sendos tablados y ayudado por la proyección audiovisual, que cambia de significado cuando los nuevos personajes lo habitan, y que en ocasiones es ocupado por elementos escénicos tan rudimentarios como eficaces, que evidencian el mimo de sus hacedores y la belleza de los detalles, tan sorprendentes a veces que por su ocurrencia hasta resultan cómicos. En definitiva, una escuela del más puro teatro, cuya protagonista, sin embargo, no deja de ser la palabra, con la que se juega y se disfruta de modos diversos a lo largo de todo el montaje, logrando incluso hacer arte cómico del anacronismo o belleza escénica de lo zafio.

Ese es el sello de Ron Lalá, el que se ha dado en llamar lenguaje escénico «ronlalero», presidido por un incuestionable respeto al texto literario que se materializa no en el aplauso dogmático sino en una crítica viva, en necesario diálogo continuo con el tiempo, actualizando los valores del mismo y exhibiendo, con sutil pedagogía, sus bondades y aciertos. Un estilo propio que atiende por igual al teatro, la música y el humor, mezclando sin complejos, atreviéndose a hacer y ser el teatro vivo de este tiempo, el que llega al sentimiento y pensamiento desde el disfrute, y capta la atención tanto de jóvenes como de viejos, de primeros lectores y expertos críticos, del espectador más convencional y del público nuevo más diverso.

Persuadidos por el esquema y ritmo de la fiesta barroca, cuyo dominio demostraron en su exitoso Siglo de Oro, siglo de ahora, comienzan este montaje con una especie de loa introductoria en la que se ofrecen al espectador las claves para comprender la vida y obra de Cervantes. Un Cervantes, revivido en el escenario por Álvaro Tato, alma literaria de la compañía, que desfila por su biografía mientras recibe las visitas de una Musa de inevitables aires quijotescos, pues quien le da vida no es otro que «la voz» de la compañía, Íñigo Echevarría, el mismo que hace de Alonso Quijano En un lugar del Quijote. Con sabiduría y elegancia, se van hilando los escenarios más representativos de la vida del autor con sus producciones literarias más conocidas, a la par que se muestran hábilmente los sacrificios que implica ser artista y el debate continuo entre la vida que toca y la vida que se desearía. Con este inicio no sólo se consigue introducir al espectador en la obra sino también mantener su continuidad, al aunar niveles de lectura que aseguran una base común entre el público. Esta preocupación por captar la atención de todo el auditorio, con independencia de sus saberes, orígenes, edades, gustos o prejuicios y sostenerla en el tiempo que dura la función, es una de las notas más características de Ron Lalá, de ahí que podamos reconocerles en sus propuestas escénicas una clara voluntad didáctica y un necesario compromiso social, en tanto que buscan acercar el teatro y la cultura a cualquier público.

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A continuación, eligen entrar en el universo literario de Cervantes a través del tipo del viejo casado con una niña, y en concreto con el protagonista de una novela ejemplar, Carrizales (interpretado por el siempre sorprendente y polifacético Juan Cañas). El hecho de no centrar la propuesta escénica en un solo texto cervantino conlleva sin duda una mayor libertad, pero también una exigencia proporcional en la bondad de los criterios de selección de las obras representadas y de los elementos elegidos para contar, como en este caso, la historia de El celoso extremeño: un monólogo del protagonista, musicalmente boicoteado por el resto del elenco para criticar el modo en que éste (y tantos otros) se han enriquecido en las Indias; la falta de libertad de la mujer para elegir matrimonio, representada con la genial ocurrencia de cosificar al personaje femenino y presentarlo como muñeca de una caja de música (interpretado además por un fantástico Miguel Magdalena); la ridiculización del tipo del celoso y sus excesos, al hiperbolizar la prohibición de todo lo masculino en su esposa, que alcanza el absurdo cuando afecta al lenguaje y obliga a la mujer a hablar evitando las palabras de género masculino e incluso, por hipercorrección, aquellas acabadas en o. De pronto, cuando el espectador está inmerso en el hilarante juego escénico de los criados y Leonora, y ha olvidado que la representación es más que esa pieza pues se encuentra en el clímax de la trama, en el que son descubiertos éstos y el amante Loaysa por Carrizales, éste último detiene la acción para ofrecerle al público un doble final: el cómico, del otro viejo celoso de los entremeses de Cervantes, Cañizares, y el trágico, del propio Carrizales de la novela ejemplar. Este cierre, que sorprende y aprovecha al público en general, hace las delicias de los «intelectuales» de esta época, aquellos que conocen un poco más la obra de Cervantes, y que, aunque ya no ocupan juntos una zona fija en el teatro como era la tertulia, esperan igual que lo hacían sus homónimos del Siglo de Oro la aparición de estos guiños literarios, tan del gusto y del buen saber y hacer de esta compañía.

Cuidando al máximo los enlaces entre un cuadro y otro para no perder ritmo, se introduce luego la historia de La gitanilla, una peculiar Preciosa a lo Daniel Rovalher, cuya viril caracterización si bien desafía, por su aspecto, la verosimilitud del personaje respecto a la descripción que Cervantes hace en su novela ejemplar (joven de quince años que enamora a todos los hombres), ayuda en cambio a comprender la esencia misma y la belleza de ese personaje cervantino, que no hace sino poner en jaque los prejuicios sociales sobre la mujer en general y la gitana en particular. En el universo cervantino se trata de un personaje distinto al resto de sus iguales, y con el cuerpo de Daniel Rovalher, sin duda lo es aún más. Los «ronlaleros» aprovechan la ocasión para rendir un sentido homenaje a los gitanos y por extensión a todas aquellas personas que como ellos «siempre viaj[an] como cantos rodados… siempre perseguidos», momento que el público podría también poner en relación con otros imaginarios colectivos como el exilio o el más actual de los refugiados. Y aún da tiempo a romper la cuarta pared (que en las propuestas escénicas de esta compañía si la hay es de pladur), cuando la gitana baja con su romero al público; es el tiempo entonces para incorporar al espectáculo el presente del espectador y hacer que dialogue con el mundo de Cervantes. Poco importa ya el final de la historia de Preciosilla y por eso se cuenta rápido: anagnórisis de Preciosa en Constanza, y a seguir camino con las Coplas de la Cervantina.

Aunque la razón no sea complacer a los «intelectuales», la siguiente pieza elegida no es uno de los textos a priori esperables, sino el Hospital de los podridos, entremés atribuido a Cervantes, cuya escenificación la compañía aprovecha para mostrar la conexión con el autor en cuanto a su voluntad crítica. Someten a examen, vestidos de médicos y a ritmo de turutas, la plaga de podredumbre de nuestro mundo, y en feliz metonimia del público de Avilés, e invitan a la catarsis colectiva, recuperando el fin último del verdadero teatro. Los límites entre el espacio escénico y el patio de butacas se diluyen para vivir la experiencia de cómo los hartazgos de unos y de otros, tan similares o iguales, nos acercan en lo humano a los desconocidos que hasta ese momento estaban sentados en el mismo recinto o incluso a nuestro lado. Catarsis y comunión sólo podrían cerrarse al grito de Freud, y por muy inverosímil que pueda parecer, eso es lo que pasa.

Toca ahora la historia de Rinconete y Cortadillo, uno de los pocos momentos en los que los cinco actores están a la vez en escena con personajes principales en la acción dramática: Juan Cañas como Monipodio, Álvaro Tato como Maniferro, Íñigo Echevarría como Chiquiznaque, Miguel Magdalena como Rinconete y Daniel Rovalher como Cortadillo. Y dando muestra de sus tablas en la composición dramática y en el trabajo actoral, todavía se atreven a resolver escénicamente la narración de la súplica de Repolido y Cariharta con un esquema de teatro dentro del teatro, que exige que dos personajes a su vez hagan de actores: Chiquiznaque representa a Repolido y Maniferro a Cariharta. La presencia de tanto ladrón en aquella y en esta España, precipita la bajada a las butacas al grito de «manos arriba» para evidenciar una vez más la actualidad de los textos de Cervantes y por ende del teatro.

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Cuando la función se acelera y se acerca el desenlace, el espíritu ya de por sí libre de los Ron Lalá se hace aún más desenfadado para elegir, de entre todo el universo de ficción de Cervantes, qué representar o mencionar. En este punto una de sus claves de éxito es no ser conformistas y otra poseer el ingenio necesario para en el poco tiempo que resta abarcar el mayor número posible de referencias, sin sacrificar, eso sí, la cohesión del espectáculo. Por esta razón juegan Rinconete y Cortadillo a ser otros personajes del autor del Quijote; y por eso se elige cerrar la parte central de la obra con los cinco actores en primerísima línea de escena, recitando cada uno un fragmento de un texto de Cervantes, del que se destaca, no con poca guasa, su rabiosa actualidad. Todo el público se ríe y a todos queda claro que hay más mundo cervantino que el representado. Intuición, chispa, gracia y talento se aúnan para conseguir que el público padezca felizmente los síntomas de la anunciada enfermedad: «risa inteligente, lucidez lúdica, ironía aguda y defensa de la libertad».

El núcleo central de la obra está acabado; sólo queda poner el cierre, la coda, para conseguir el efecto circular de la perfección. Para ello se vuelve al principio, a la persona de Cervantes, y se representa la muerte del autor, su alegórico Viaje del Parnaso y su encuentro con Apolo. Al principio de la función una Musa ayuda a Cervantes a ser dramaturgo, escritor, «superventas», mito y «el mejor»; y ya al final del espectáculo, el mismo actor, convertido ahora en Apolo, acompaña a un Cervantes desposeído de todo, igualado por la muerte, al Monte del Parnaso para reconocerle su lugar en él. El trabajo de iluminación, delicado y sutil a lo largo de todo el montaje, se hace esencial en el final para crear ese ambiente onírico desde donde el autor se despide diciendo: «tuve, tengo y tendré pensamientos libres y exentos, esa es mi suerte. Por eso vivo al borde de la ruina».

Es esta la misma libertad que los textos de Cervantes contagian a Ron Lalá, y que los «ronlaleros» convierten, con un riguroso trabajo de creación colectiva y bajo la inteligente y entusiasta dirección de Yayo Cáceres, en un virus, el de la Cervantina, para el que «no hay vacuna ni aspirina», ni falta que hace, y que logran inocular allá donde van en el espíritu de su público, que canta, aplaude y se va del teatro felizmente infectado de belleza y libertad.

La Cervantina se podrá volver a ver en Asturias el jueves 24 de agosto en el Teatro Jovellanos de Gijón

Rosana Llanos López es profesora, especialista en la Comedia Española del Siglo de Oro
rllanoslopez@hotmail.com