all my friends laugh at me and they mutter
«have you found the cross
in the medulla oblongata? Hahaha!»
RVG, «Christian neurosurgeon» (2020)

A los filósofos de la mente les esperan tiempos turbulentos, casi tanto como las aguas bajo el puente aquel, inmortalizadas e inmortalizado, respectivamente, por Paul Simon y Art Garfunkel. Ya saben, hoy (30.01.24) la prensa informa de que Neuralink©, una de las empresas de un conocido magnate cuyo nombre me resisto a escribir en una revista con clase como LaEscena, ha implantado un chip cerebral a un humano. Este chip permitirá, debidamente desarrollado, el control de dispositivos digitales mediante el simple uso del pensamiento – y, digo yo, que también viceversa, pero esto no se ha dicho en la presentación en sociedad del «hallazgo», porque de momento nos lo venden como una técnica piadosamente concebida para afectados de tetraplejia, esclerosis lateral amiotrófica u otras condiciones paralizantes –. El chip se llama Precise Robotically Implanted Brain Computer Interface, se implanta en el cerebro y es «cosméticamente invisible» –este concepto me ha cautivado–.

Ahora, si quieren, llámenme desalmado, pero la verdad es que desde que leí la noticia lo único que verdaderamente me preocupa es la pereza que deben de estar sintiendo muchos filósofos de la mente – yo mismo, que también lo soy a mi manera a través del lenguaje y la música – después de décadas de esfuerzos argumentales por rebatir la idea del cerebro en una cubeta [1], es decir, de la autosuficiencia del cerebro como sede en exclusiva de la cognición o la mente, según el gusto terminológico de cada cual. A lo largo de estos años, la mente ha ido ensanchando su territorio, apropiándose del cuerpo, primero, a través de la tesis de la «mente corporeizada» [2] y, más tarde, del ambiente mediante la tesis de la «mente extendida» [3]: de acuerdo con la primera, cuando pensamos lo hacemos tanto con el cerebro como con cualquier otra parte del cuerpo (pensemos en la importancia de las manos para el pensamiento numérico); de acuerdo con la segunda, también lo hacemos sirviéndonos de todo tipo de objetos naturales o de dispositivos artificiales que proliferan y hemos hecho proliferar en el ambiente (sin salirnos del ejemplo numérico, desde los ábacos o los quipus hasta las calculadoras y computadores digitales). El significado filosófico de estas tesis no es trivial: con la primera se supera, ni más ni menos, la pesada tradición del dualismo cartesiano cuerpo/mente; con la segunda, la autolimitadora tesis sucesora de la identidad mente/cerebro que instaura una especie de nuevo dualismo neocartesiano organismo/ambiente.

La corporeización y la extensión ambiental de la mente han sido especialmente salutíferas para la comprensión de la cognición y el comportamiento musicales en una clave de superación del esencialismo apuntalado por el prestigio de mi amorodiado (sic) «dúo Benidorm», los muy pontificados (y no sin razón) Walter Benjamin y Theodor W. Adorno [4]. Para estos y, con ellos, para toda una legión de admiradores, la esencia de la música estaría contenida en las composiciones, una esencia que resiste mal la reproductibilidad, especialmente la técnica, y solo la tolera con el debido respeto y ritual [5]. Sin embargo, la música así entendida está condenada a la inexistencia propia de cualquier esencia abstracta. Lo que es una interesante conclusión, porque nos aboca a buscar la música donde realmente cobra existencia y, por tanto, existe: en la composición, la interpretación, la audición, la grabación, la reproducción, la conversación, la crítica, el baile, la rememoración, la reinvención, la usurpación, el tarareo, el silbido… Es decir, un poco en todas partes, distribuida dentro y fuera de los organismos capaces de disfrutarla, situada en cualquiera de tantos y tan variados frentes [6].

Pues así de filosófica y musicalmente jubilosos estábamos, cuando de repente llega Neuralink© inspirando la restitución de un nuevo orden internista radical. Me explico, aunque no es difícil de entender. Lo que Neuralink© ha empezado a publicitar con ese exhibicionismo tan marca de la casa es el preludio de un salto evolutivo en la organización cerebral nada trivial, porque, en el fondo, podría compararse con el hito evolutivo que supuso la aparición del neocórtex, esa fina, pero densamente poblada capa de neuronas profusamente interrelacionadas que marca el punto y aparte del cerebro mamífero [7]. Pues bien, Neuralink© anuncia los primeros pasos hacia lo que me permito llamar el neoneocórtex humano (sic). El neoneocórtex por venir – aunque no duden de que en los laboratorios de Neuralink© se oculta mucho más de lo que nos han enseñado ya – es una nueva capa superpuesta a la corteza cerebral que debemos a nuestra condición de mamíferos, capaz de ahorrarle al cerebro el tipo de dependencias corporales y ambientales en que se basan las tesis de la mente corporeizada y extendida. Que quiero activar mi dispositivo musical favorito, pues el pensamiento nos ahorrará la necesidad de latosos intermediarios, de entrada, cosas tan huidizas y bromistas como los mandos a distancia, pero seguro que también, a la vuelta de la esquina, los propios dispositivos de reproducción musical, transformados en chips neoneocorticales eterna y etéreamente conectados a una discoteca de babel que contendrá toda la música habida y por haber. Yo aquí me ciño a la música, que es mi departamento comercial en el gran almacén del pensamiento crítico, pero como con la música, todo lo demás, absolutamente todo lo que se les pueda (literalmente) venir a la cabeza.

Más de uno podrá concluir, y bastante más que razonablemente, que algo así será plasmación del sumun – aka cumbre, culmen, cúspide, fastigio, cima, apogeo, summun; qué gozada la inserción del sinonimato en las entradas del DLE™; por una vez, ¡quito sombrero, señorías de número y correspondientes! – del pecado benjaminiano de la reproductibilidad técnica, que enviará definitivamente al garete [8] cualquier posible fragmento de esencia que aún pudiese existir de lo genuinamente musical. Pero no, a lo que Neuralink© y su Precise Robotically Implanted Brain Computer Interface nos aboca es precisamente a todo lo contrario, al exceso opuesto, al regreso de la esencia sublime de la música. Es decir, a la Música. Porque la Música así instigada y resonante en nuestros cerebros extendidos, ahora en sí mismos, o sea, autoextendidos o intendidos, no necesitará rebajarse a ningún tipo de contacto mundano: no hará falta que el guitarrista aplique la púa sobre la cuerda, ni el dj la aguja sobre el vinilo o el láser sobre el CD; nos podremos olvidar de cómo es sentir el peso y el tacto de un dispositivo móvil en nuestras manos o de la engorrosa tarea de ajustarnos bien los auriculares en nuestras aurículas – disculpen el cultismo, me lo impuso la tontuna literaria–, etc. Tal vez esté a punto de sobrevenirnos el fin del heigedderiano «ser-a-la-mano» de lo musical. Seremos unos solipsistas musicales, salvo algunos rebeldes resistentes que hablarán de música en tiendas clandestinas de discos. Y a quien pillen bailando por la calle lo encerrarán en sanatorios ad hoc especializados en el combate al Baile de San Vito, ya saben, esa coreomanía, danzamanía o manía de bailar, que la Organización Mundial de la Salud daba por extinta desde el siglo XVII, renacida ahora como psicogenia colectiva o como efecto de la intoxicación por cornezuelo del centeno.

Entre tanto, la Música, liberada del pervertidor rozamiento con el cuerpo y el mundo, brillará eternamente triunfante en un más allá platónico del que nuestro neoneocórtex la recuperará, efímera pero impoluta, conforme dicte el ¿libre? albedrío de nuestro pensamiento – o, me atrevo a aventurar, de la corporación Neuralink© y/o de aquellos con quienes formalizare contratos de explotación de esta nueva suerte de disponibilidad musical ultra individualizada –. Asistiremos, de este modo, a la extinción de los reproductores técnicos que eran parte del paisaje y pasarán ahora a ser objetos de exhibición en museos de la nostalgia. Será una extinción masiva (la séptima gran extinción, según mis cuentas), pero nos retribuirá con el regreso de la Música, restaurada con unos niveles de pureza nunca antes conocidos, bien a salvo de la corrupción del cuerpo y del mundo.

Intentaba yo estos días descifrar, con la inestimable ayuda de Yuk Hui [9], la cualidad ontológica de esos escurridizos objetos, enraizados en un código digital, a los que un leve y sutil contacto con otro elemento mundano (desembocando, en último término, en una pantalla o un altavoz) instala en mitad de las cosas que amueblan nuestros nichos/ambientes más cotidianos (desde la temblorosa silla de una sala de espera al abrazador sofá de nuestra sala hogareña de visión/audición de cartuchos de entretenimiento). Pero es que hay que estudiar a Hume, y a Leibniz, y a Kant, y a Hegel, y a Heidegger, y a Simondon… Y, bien pensando, a los objetos digitales les quedan tantos telediarios como a Pedro Piqueras. De modo que…

Vuelve la Música, disfrazada de neo-música, como volvía hace años el Hombre, cada navidad, disfrazado de Otelo, una fragancia ochentera [10] hecha para encauzar a los jóvenes imberbes de la época, como servidor, por el buen camino de la heteronormalidad.

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[1] Hilary Putnam. 1992. «Brains in a Vat», en K. DeRose y T.A. Warfield (eds.), Skepticism: a contemporary reader, Oxford University Press).

[2] Francisco J. Varela, Eleanor Rosch y Evan Thompson. 1992. The embodied mind. Cognitive science and human experience, MIT Press.; George Lakoff y Mark Johnson. 1999. Philosophy in the flesh: the embodied mind and its challenge to western thought, Basic Books.

[3] Andy Clark. 1998. Being there. Putting brain, body, and world together again, MIT Press; Andy Clark y David Chalmers. 1998. «The extended mind», Analysis 58, 7-19.

[4] Me abstengo de bromear fácilmente con el Benidorm Fest, porque mis conocimientos sobre este evento anual tienden a cero.

[5] Vid. Walter Benjamin. 1936. La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, Penguin Ramdom House, 2021; Theodor W. Adorno. 1991. «On the fetish character in music and the regression on listening», en The culture industry, Routledge; y Theodor W. Adorno. 2009. Current of music, Polity Press.

[6] Vid. Chistopher Small. 1998. Musicking. The meanings of performing and listening. Wesleyan University Press; Eric F. Clarke. 2005. Ways of listening. 2005. Ways of listening. An ecological approach to the perception of musical meaning, Oxford University Press; Dylan van der Schyff, Andrea Schiavio y David J. Elliott. 2022. Musical bodies, musical minds. Enactive cognitive science and the meaning of human musicality, MIT Press.

[7] Recomendación absoluta: George F. Striedter. 2005. Principles of brain evolution, Sinauer; mucho más modestamente: Sergio Balari y Guillermo Lorenzo. 2013. Computational phenotypes. Towards an evolutionary developmental biolinguistics, Oxford University Press.

[8] Sus señorías vuelven a las andadas. No tienen ni idea de lo que garete pueda significar. Sobre su origen, lo declaran inconcluyente y, sobre su significado, nada dicen, limitándose a explicar el sentido de la frase al garete, que cualquier buscador de tesoros semánticos seguro ya conoce, a saber: «a la deriva», como la barca que manejaba infructuosamente Remedios Amaya en Múnich, allá por 1983 (debo el detalle geográfico y temporal a Raimon St Andrews, eurofán e hijo de eurofán).

[9] Yuk Hui. 2023. Sobre la existencia de los objetos digitales, Materia Oscura [original de 2016].

[10] Descatalogado, pero al alcance de cualquiera en las habituales plataformas de mercadeo o subasteo de segunda mano.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo