Fran Gayo, en el Einstein Cafe de Berlín. / FOTO: CHUS NEIRA

A pocas semanas de cerrar la programación del Bafici (Buenos Aires Festival Internacional de Cine Independiente), Fran Gayo consume parte de los días en la Berlinale encerrado en la habitación del hotel visionando cine argentino. Viene de Rotterdam, de donde salió con mejor sabor de boca, pero ahora le preocupa lo suyo: “lo que se selecciona y lo que queda fuera del cine argentino en el Bafici siempre genera mucha polémica”. Quedamos con él en el número 58 de Kurfürstenstrase, en el Einstein Cafe, un edificio de 1878 que sobrevivió a dos guerras mundiales, fue refugio de actrices que amaron a Goebbles, casino ilegal de los oficiales de las SS y club secreto de la intelectualidad en la República Weimar. Hablamos de cine en Gijón, Avilés y Buenos Aires, del oficio de programar o de identidades y dejamos en el tintero unas cuantas cosas, como su libro Cadena de frío (Suburbia, 2015).

¿Cuánto hace ya que te fuiste de Asturias? ¿Cómo lo recuerdas ahora?
Más de seis años. En diciembre de 2009. Se juntaron muchas cosas, pero lo que había era una necesidad de salir, de jugar un poco y aprender cosas nuevas. Me resultaba muy cómodo el espacio del Festival de Cine de Gijón, pero llega un momento en que es como el ruido de la lavadora, que no lo escuchas. Para mí siempre ha sido muy importante problematizar el oficio. Además, mi mujer [la directora argentina Milagros Mumenthaler] iba a filmar su primer largo, vivíamos separados y surgió la oferta del Bafici. Así que opté por cerrar la caseta y marchar.

El contraste Gijón / Buenos Aires tuvo que ser algo serio…
Imagínate dejar las oficinas del Festival de Gijón un martes de primeros de diciembre en medio de una tormenta de miedo y en 24 horas llegar al Buenos Aires de pleno diciembre, con 39 grados en el aeropuerto. Llegaba a una ciudad gigante a trabajar en un festival descomunal con una programación sumida en ese momento en un pequeño caos. El aterrizaje, a nivel profesional y administrativo tuve que hacerlo al instante y ponerme a currar como un bestia. El otro, el aterrizaje emocional, puedes tardar tres años en hacerlo o puede que no aterrices nunca.

¿Te ha pasado? ¿Has aterrizado? ¿Has llegado a tener, con los años, alguna epifanía en la que te has visto a tí mismo ya verdaderamente porteño?
En Buenos Aires, epifanías tienes dos o tres todos los días. Lo que pasa es que vas incorporándote poco a poco. Es una ciudad muy generosa porque es muy hija de puta con todo el mundo. Da igual que no seas argentino, o incluso es mejor. Luego está el momento en que tengo un crío y eso te lo cambia todo. Porque tu hijo empieza a hablar y habla con acento porteño. Y ye que ye lo lógico, tengo un fíu porteño. Todo eso influye en el aterrizaje. Pero supongo que algo querrá decir que no haya agarrado el acento de allí.

Algo se te habrá pegado con esa forma de hablar tan maravillosa que tienen.
El lunfardo, sí. Pero eso es otra cosa. Escoges determinadas palabras, no sé, “fiaca» en vez de “pereza”, por lo mismo que eliges ponerte una camisa y no otra.

¿Qué pasa con Asturias a tantos kilómetros?
Marchar tan lejos te cambia la referencia, y no sé si para mejor. Una parte que conflictué mucho tiene que ver con el comportamiento cainita asturiano. Eso por un lado duele mucho, porque de repente empiezas a verlo con más claridad. Pero por otro lado lo curioso es que descubrir todas esas cosas no implica que no quieras volver.

¿Estás seguro de que ese desprecio a lo nuestro y los nuestros está en el ADN asturiano, no es común a otras tierras?
Mezquindades hay en todas partes, pero en Asturias ye una acumulación de cosas. Confluyen circunstancias históricas y sociales específicas que hacen que la mayoría de las veces que alguien destaca en algo es rechazado y expulsado fuera. Eso no pasa en Galicia, ni el País Vasco ni en Andalucía.

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¿Cómo viviste el cambio en el equipo del Festival de Cine de Gijón en el que habías estado tantos años?
Lo viví muy raro. Lo primero, muy distanciado, porque estaba a mi festival y sucedió un mes antes de que naciera mi guaje. Fue una situación superextraña cuando recibí un mail de Jose Luis contándome lo que pasaba. Luego seguí viendo como se desencadenaban las cosas y por un lado sentía que acababa una etapa de mi vida, se rompía un vínculo. Por otro, lo contemplaba todo con la mirada ajena del que estaba al cierre de un festival y con Mila embarazada pendientes de dónde iba a dar a luz.

¿Qué le parece el festival en la actualidad?
Cuesta mucho opinar profesionalmente de otro festival. Esa es una opinión que me guardo para mi equipo, para mis colaboradores.

Hablemos un poco del Niemeyer. Coordinas un ciclo de cine que es de lo mejor que hay en Asturias, una programación muy celebrada que en ocasiones la Universidad también lleva a Oviedo. ¿Cuánto llevas ya con el Niemeyer? ¿Qué balance haces tú de la programación?
Creo que llevo ya tres años. Y lo que puedo decir es que una cosas ye el curro que hago yo, dirigido muy claramente a la programación, transformándote a medida que pasan los meses, porque no es lo mismo programar previo al  cierre de los cines Marta que después, que implica cierta responsabilidad de no caer en una programación gourmet. Pero más allá de todo eso es más importante el trabajo del centro, la entrega de sus trabajadores. Que salga como sale mi trabajo a 10.000 kilómetros de distancia es gracias a que hay un equipo que se deja la piel. Que se deja la piel y que jamás mostraron desconfianza aunque les pudiera parecer que estaba programando películas poco convencionales. Sin tener todo eso, sería imposible. Y eso no se paga con nada.

Sorprende y es muy aplaudida la coherencia, los mimbres de la programación.
Sí, pero es que yo no entiendo que alguien pueda hacer otra cosa. Es verdad que siempre hay un momento agobiante que es el del excel en blanco y empezar a negociar los alquileres. Pero una vez que lo tienes lleno se trata de mover fichas y compensar. Aunque todo el tiempo tienes que tener claro que no puedes hacerte el “canchero”, porque trabajas con la confianza de tu público. Y no puedes traicionarlo nunca. Por eso si te decides a poner una película como la de Aleksey German, que son tres horas, tienes que tenerlo muy claro. Tienes que saber explicar por qué es importante programar y que el público pueda ver eso. O la última de Claude Lanzmann, que son cuatro. Nunca puedes tomar esas decisiones desde la impostura.

¿Y funciona?
Pues lo que me llama la atención no es que funcionen las películas que sabes que van a funcionar. Lo que me llama la atención es que se quede gente fuera con Costa da More o que vengan 45 personas a ver la de Lanzmann. A partir de ahí de lo que se trata es que para la siguiente de Lanzmann vengan 50. Y esas cinco personas ganadas son un mundo.

Chus Neira es periodista
@chusneira