Ser modernos significa estar al día, a la altura de los tiempos [1]. Por tanto, todo lo contrario de lo que significa (o debería significar) ser creativos, es decir, capaces de refutar el presente y de situarnos en una especie de futuro potencial. Desde un punto de vista estético, la atribución de modernidad a un creador es muy poca cosa, si bien algo injustificada y desmedidamente sobrevalorado. Qué decir de sus variantes modales «creer», «aparentar» o «pretender» ser moderno. Por eso me resulta chocante, y no sé si estaré o no solo en esto, la pervivencia del calificativo moderno como marca de distinción elogiosa en el universo de la creación en general y, muy particularmente, en el de la creación musical. Es como si una especie de ilusión colectiva nos impidiera entenderlo como lo que estrictamente nombra, es decir, lo «normal» en el presente en que se aplica [2], por oposición a lo que se queda anclado al pasado o se anticipa a lo porvenir [3].

La modernidad es, pues, conformidad y la conformidad, salvo que la víctima de una brutal ilusión personal sea yo, lo que se encuentra en las antípodas de la creatividad genuina. Quién sabe, tal vez vivamos realmente abducidos por una alucinación que nos lleva a aceptar y apreciar subliminalmente la pauta de normalidad presente, es decir, la modernidad, desviando al calificativo moderno (sin que este deje de significar lo que significa) el brillo que proyecta la pulsión (reprimida) por lo que se sale de aquella. En definitiva, lo que yo intuyo es que sentirnos modernos, desear ser modernos o admirar (aka envidiar) la modernidad ajena nos instala cómodamente en el presente, con el feliz añadido de un cierto lavado de la mala conciencia que implica esta innegable muestra de conformidad. O algo así.

Este arrebato de ¿filosofía analítica? me lo provocó el reencuentro, tantísimos años después, con el libro Música moderna, de Fernando Márquez (Kaka de Luxe, Paraíso, La Mode), publicado originalmente en 1981 y reeditado cuarenta años más tarde (2021), por cuarta vez, por Libros Walden. Lo curioso es que en ningún lugar del libro se justifica el empleo en el título del calificativo moderno para diferenciar las músicas de las que habla El Zurdo (aka Fernando Márquez) de otras que también circulaban por aquel entonces en Madrid (las miras del autor no llegaron más lejos; da incluso a entender – p.17 – que el resto del heroico país dormía la siesta; de momento paso por alto el detalle, vid. infra). Sin embargo, me doy cuenta ahora (entonces me bastaba con anotar entusiasmado los grupos que tenían cabida en sus páginas) que moderno se usa en el libro en la más literal de sus acepciones, es decir, la que RAE© sanciona y que vincula la palabra al presente. Estrictamente hablando, los grupos de los que habla El Zurdo – los consabidos Alaska y los Pegamoides, Zombies, Radio Futura, Elegantes, Ejecutivos Agresivos, Las Chinas, Aviador DRO, Esplendor Geométrico…; no lo olviden, estamos en 1981 – eran enternecedores y emocionantes a su peculiar manera, y seguro que muchísimas otras cosas más y virtuosas la mayoría de ellas. Pero no realmente originales. Ninguno de ellos (me ceñiré a los que he enumerado arriba) se explica sin algún homólogo anglosajón: The Runaways, Siouxsie and the Banshees, Blondie, The Jam, Madness, Slits, Devo, Throbbing Gristle…, representativos de corrientes o estilos que habían ido encontrado su sitio y estableciéndose en el Reino Unido o en los Estados Unidos desde 1977. De modo que sí, todos aquellos grupos, que fueron avanzadilla de los estilos correspondientes en nuestro país, fueron efectivamente modernos en el sentido de haber empezado a poner la escena nacional a la altura del presente musical de aquel entonces. Fueron pioneros, pero no rompedores. Fueron simplemente modernos.

No me habré explicado bien si alguien ha leído lo anterior como imprecación (por más que zalema, evidentemente, tampoco sea) [4]. Dudo mucho que alguna vez vayan a dejar de entusiasmarme los Kaka de Luxe, emocionarme Paraíso o, saliéndome de la lista, pero apenas del límite temporal del libro, dejarme sin palabras Décima Víctima o desconcertado Parálisis Permanente. La «movida» (abajo me ocupo de la dichosa etiqueta, aún no existía cuando escribe El Zurdo) dejó grupos espléndidos y discos y canciones de extraordinaria calidad. Pero ejemplos de originalidad radical, me temo que no tantos. Forzando de nuevo un repaso que me he obligado a hacer en numerosas ocasiones, me atrevería a señalar a la segunda reencarnación de Radio Futura y a los primeros Gabinete Caligari, y («redimiendo a las provincias», expresión del propio El Zurdo; p.122) a los primerísimos Derribos Arias, a Veneno y a Los Ilegales. (Creo que esta es la ocasión en que me ha salido la lista más generosa.) No hay que olvidarse de que Los Nikis eran conocidos como los Ramones de Algete y que, de igual modo, se habrían podido acuñar sobrenombres como los Simple Minds de Torremolinos o los X-Ray Spex (o los The Cure, o los Stray Cats o…) de la Villa y Corte – que habrían sido, respectivamente, los primeros Danza Invisible o Alaska y los Pegamoides (o Décima Víctima o Los Coyotes o…) –. Todo francamente divertido y muy emocionante, aunque escasamente original. Todo, en fin, muy moderno.

De hecho, esta modernidad, este anclaje seguro en el presente, con muy poco margen para la sorpresa, explica (o apuntala) la tesis que desarrolla Víctor Lenore en su libro Espectros de la movida. Por qué odiar los años 80 (Akal, 2018). Por si se les escapó en su momento o les pilla ya un poco distante, lo que Lenore argumenta es que la Movida (la mayúscula es de Lenore) fue una bien orquestada maniobra con la que los socialistas, recién llegados al poder, intentaban maquillar con una aparente modernidad cultural y una cierta licenciosidad en las costumbres lo retrógrado de sus políticas económicas, sociales, militares, etc. La Movida aportaba, como ninguna otra cosa que se tuviese a mano, la postal de un país a la altura de los tiempos, bien instalado en el presente, en suma, moderno [5]. Los socialistas, conviene recordarlo, ganaron sus primeras elecciones generales en octubre de 1982. Lo que significa que la materia prima se la encontraron ya hecha (el libro de El Zurdo es de 1981 y su historia se remonta a cuatro años antes, con la formación de Kaka de Luxe en octubre de 1977). Puede decirse, por tanto, que existió una pre-movida (o movida a secas, pero con minúscula), muy mimética, sí, pero surgida por generación espontánea, y una Movida (con mayúscula) que empieza a cocerse en 1982 y que en 1984 ya solo producía repetición, aburrimiento y bochorno (hace tiempo que también hice las cuentas y descubrí que ninguno de aquellos grupos, ni de sus descendientes, me interesaba ya lo más mínimo en 1985). Está de acuerdo con esta interpretación, según la cual surgió espontáneamente una primera ola que fue seguida de todo un oleaje mediatizado institucional y comercialmente, Elena Rosillo, en su reciente Undergound. El camino de la desviación (Fuera de Ruta, 2023, pp.215-226). Como el propio título indica, la autora lo ve como una salida a la superficie de algo subterráneamente latente con anterioridad. Aunque no todos los artistas participaron en esta especie de domesticación, lo cierto es que la alternativa fue la extinción del resto. Los entresijos del trabajo de doma se los dejo a Lenore, que se los trabajó a fondo, y me parece, en lo esencial, convincente [6].

Por lo que este texto tiene de análisis filosófico (aunque sea más bien poco), no puedo obviar que el calificativo moderno tiene en su significado eso que se conoce como un elemento «indéxico». Como vengo repitiendo, lo que en último término calificamos como moderno es la acomodación al presente de lo calificado. Pero el presente, para empezar, depende del momento en que se produce la propia calificación. Basta con recordar que la Movida, que lo fue, hace décadas que ya no es moderna. Además, moderno es uno de esos calificativos sensible al radio de acción que quien habla (o quien decida interpretarlo por su cuenta y riesgo) le atribuye. En el fondo, y aquí no pienso exclusivamente en El Zurdo, seguramente todos los que vivieron aquello lo vivieron con una sincera convicción de desbordada creatividad, de originalidad genuina e incontrolable. Y seguramente tenían buenos motivos para pensar así, porque su limitado escenario era Madrid y sus espectadores las provincias (aún a la espera de su propia «redención»). Londres estaba lejos – salvo para algunos jóvenes privilegiados como Olvido Gara (aka Alaska) o los chicos de Mecano u Oviformia SCI, cuya componente femenina, por cierto, era alalimón hija del embajador en la plaza (político asturiano, por más señas, que recalaría poco después en el Ministerio de Asuntos Exteriores) –. Por lo demás, todo sucedía en Madrid. Madrid era el presente y lo moderno (si es que hasta Madrid es anagrama de moderno, y viceversa). Al final, el significado de las palabras acaban por fijarlo los que mandan – ya saben, el célebre efecto Humpty Dumpty [7]–. Y en el momento crucial del que hablamos empezaban a mandar (y a decidir qué era moderno) quienes ya sabemos.

Además, cuanto llevo escrito creo que da también la razón, y me permite así concluir con un homenaje, al fino análisis del «comunicólogo» Juan Cueto sobre lo que sucedió en Madrid en el inicio de la década de los ochenta del siglo XX. Que no fue otra cosa, según el ovetense, que lo mismo que sucedió en otras grandes metrópolis, aunque en estas (Londres, Roma, Tokio…) veinte años antes. Por eso, Cueto razona que lo que ocurrió en Madrid no fue una eclosión de creatividad desmedida, sino más bien una toma de conciencia tardía (tardomoderna, decía Cueto, le encantaban los prefijos) de una urbe que se retrasó dos décadas en asumir la compleja y diversa condición de metrópoli moderna [8]. En sus propias palabras:

Lo que ocurrió en Madrid […] no fue provocado por la abrupta irrupción del fenómeno pos, sino por la tardía implementación del fenómeno pop. (Cuando Madrid hizo pop. De la posmodernidad a la globalización, Trea, 2011, p. 224; el subrayado es mío)

Lo que Cueto da a entender, me parece a mí, es que la Movida fue, ante todo, expresión de una afirmación que tardó en llegar, pero llegó: la de la llegada de un país al presente. Que, como vengo insistiendo, es de lo que va la modernidad. Que haya sido (o haya sido además) un vehículo propagandístico de esa afirmación, como defiende Lenore, es algo que queda algo más abierto a la interpretación. En lo que parece que hay más consenso es en descartar que aquel fenómeno, en aquel momento histórico, fuese algo verdaderamente transgresor o profanador (la confesionalidad del Estado no quedaba tan lejos), ni siquiera contestatario. Fue, como mucho, una escenificación de gestos de profanación, transgresión y contestación. Pero nada de esto debería de extrañarnos si pensamos en el desmontaje de todas estas nociones por parte de Foucault [9]. En la modernidad no hay contestación, no es un ir a la contra. Es una afirmación de los límites del presente, aunque una afirmación que nada afirma, porque tampoco niega nada.

Concluyo. Invitado a resumir en una definición el significado de la Movida, uno de sus protagonistas lo hizo así:

– Fiesta… con barra libre y pases VIP. [10]

Nota sobre la ilustración. La ilustración es un detalle de la que aparece tanto en la portada de la cuarta edición de Música moderna, donde se declara que fue extraída del fanzine Rockocó, activo de 1980 a 1984, como en la del disco La contra ola, una antología de la música española de esos mismos años editado por la discográfica francesa Bongo Joe en 2017, donde simplemente se localiza en la sala madrileña Rockola.

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[1] Lo dice en la entrada correspondiente el DLE™, autoridad plenipotenciaria en la materia: «1. Perteneciente o relativo al tiempo de quien habla o a una época reciente». Lo refuerza, además, en la correspondiente a hodierno, que resulta ser voz cuasi sinónima: «1. Perteneciente o relativo al día de hoy o al tiempo presente. 2. Moderno, actual». Tomen nota: en español moderno u hodierno, moderno y hodierno no conforman un par mínimo (o apenas). La m de moderno es, pues, expletiva o caprichosa, equivale a la muda h de hodierno – lo de la identidad evolutiva entre el diptongo y la vocal es consabido –. Es algo así como, en el ulterior plano morfológico, el des– de despavorido,-a, que coexiste como si tal cosa en el léxico castellano con su sinónimo pavorido,-a. Vid. Rafael Núñez Ramos et al. en prensa. «Si pavorida y despavorida, ¿por qué no *pampanante y despampanante? Apunte de Morfología Deconstructivista sobre un gap lexicológico de la lengua castellana», Tropelías. Revista de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada.

[2] Peter Cryle y Elizabeth Stephens. 2017. Normality. A critical genealogy, The University of Chicago Press.

[3] En otra curiosa vuelta de tuerca, moderno – o, simplificadamente, mod – es el nombre tradicional de la estética más asumidamente «retro» conformada desde que el pop es pop. Sobre las tendencias retroactivas del pop, casi siempre en nombre de lo moderno, ha escrito con enrome lucidez Simon Reynolds en su recomendadísimo Retromanía. La adicción del pop a su propio pasado (Caja Negra, 2012).

[4] Me expreso así, aun a riesgo de que el lector se salte, como es norma, esta nota y me tome por un pedante pedorro, como homenaje a El Zurdo, que emplea esas mismas palabras, imprecación y zalema, en el encarte que incluía su inolvidable 12” con La Mode Enfermera de noche, alentando a los fans a contactar con la banda. Yo nunca he dejado de usarlas para cometidos semejantes, para asombro de mis interlocutores, que me toman por un muchacho con síndrome de Williams. Pues he aquí la explicación.

[5] Transcribo dos frases del propio Lenore, que expresan de manera particularmente elocuente su tesis: «La movida no fue la efervescencia que sigue a la caída de Franco, sino una continuación de las políticas culturales y turísticas de Manuel Fraga, el jerarca más sofisticado de la dictadura» (p.25); «¿Qué camino tomaron los socialistas? Su solución fue fomentar una celebración hedonista que ocupase el espacio público sin articular ninguna demanda política a la clase dominante; una especie de participación balsámica, sin consecuencias sustanciales, más allá de la relajación, divertimento y catarsis popular» (p.45).

[6] Tiene sus detractores, y muy notables. Por ejemplo, en conversación con Diego Manrique, Jesús Ordovás se opone a ella de esta forma: «Quieren explicar la movida como no sé qué conspiración del PSOE contra el rock proletario. Bastante absurdo, los primeros concursos de grupos en Madrid los montó UCD. Allí salían las propuestas más frescas por el apoyo de unos pocos críticos y periodistas; los grupos duros ya tenían su discográfica, circuito, sus locutores que intentaban llevarse una tajada. Luego, es cierto, quedaron eclipsados por la movida, pero es un fenómeno de renovación que, aunque resulte cruel, siempre pasa en la música pop» (El País Semanal, 28.11.2018).

[7] También efecto Tentetieso o efecto Zanco Panco, según la traducción que más nos guste de Alicia a través del espejo, a saber, la de Ramón Buckley (Cátedra, 1992) o la de Jaime de Ojeda Eiseley (Alianza, 1998), respectivamente.

[8] Bueno, Cueto dice «posmoderna», pero de este pos– puede decirse exactamente lo mismo que expliqué en [1] sobre la m– de moderno: es un prefijo expletivo o caprichoso. Ocurre que entonces ser moderno, es decir, estar a la altura de ellos tiempos, era ser eso que se llamaba «posmoderno». Vid. Jean-François Lyotard. 1987. La posmodernidad (explicada a los niños), Gedisa.

[9] Michael Foucault. 1963. «Préface à la transgression», Critique 195-96, pp. 751-769.

[10] En Eduardo Cimadevilla y Ana Aparicio. 2019. La movida madrileña, Tébar Flores, p.111.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo