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El qué actual de la danza y por qué el cuerpo bailado-no-bailado y su apellido (corpus bello) debe ser tenido en cuenta para entender lo real de la realidad

“Tendrás tu cuerpo libre”. Éste es el significado exacto (la mejor y más genérica traducción entre las posibles), exento de contexto y de ley, de la expresión habeas corpus, heredada del Derecho Romano y que a día de hoy resulta más moderna que nunca. Y lo es todavía más si la ponemos en relación con lo referido y lo referenciado por la danza; un arte al que le ha llegado la hora del presencialismo, masivo en algunos contextos y espacios, y empobrecido y en crisis en otros, a consecuencia del agotamiento de unos procederes en la producción y programación, por un lado, y, por el otro, a causa de la existencia de algunos artistas –sólo algunos– que sí tienen algo que decir realmente dentro del enmarañado mundo de las propuestas dancísticas del presente, que van desde paradas y pastiches híbridos de realidad figurada, y muy repetida, hasta las interpretaciones más arrítmicas y prospectivas posibles; o, lo que es lo mismo, en el que cabe desde la apuesta más firme y cohesionada hasta la más vulgar probatura. Es la proporción de una gran horquilla de ecléctica riqueza en la que no todo vale para la ganancia de perspectiva artística.

En los últimos años, la cuerperización de internet ha supuesto la explosión del derecho de habeas corpus (tu cuerpo es y está libre), que ha entronizado al sujeto y a su visión sobre la visión de sí mismo (ninguna, una o miles de veces compartida) como hecho totalizador de lo que acontece. Pero eso es solo una parte de la oferta, la física. Ahora queda saber cómo sopesar, o sea, medir la química de lo pensado, aportando el debido margen de reserva para el error y la manipulación sobre la realidad mutable, sea esta analógica o digital.

Si damos por bueno el aserto de que hoy el cuerpo está en el centro y es un centro, la danza representa la presentación de ese ofrecimiento, y nunca como hoy se ha bailado de modo más libre (incluso desenfrenado), entendiendo aquí por libertad la disposición ilimitada de cuerpos y herramientas (tecnológicas o no). La danza hecha para audiovisuales, animaciones y videojuegos también forma parte de este ecosistema, tanto si se utiliza molde humano como si no (Esto último casi puede resultar incluso algo viejo ya.)

Se hace necesario decir que cualquier época que ha querido comprender la danza y que no la ha visto sólo como un entretenimiento o un juego social, que también ha querido comprender todo lo referido al cuerpo humano y su expresión (o que al menos ha experimentado el arrobamiento y el misterio del lenguaje del cuerpo y su organización, de sus límites, de la energía y sensibilidad que genera y contiene), ha cultivado, adorado y venerado el Arte de la Danza. Pero ahora nos encontramos en un periodo álgido en el que danzar, valsar, se deduce de la vida misma, es una acción de conjunto, una acción trasladada a un mundo, una especie de espacio-tiempo que no se corresponde exactamente con el de la vida práctica. La danza posee y ostenta perfecta capacidad de desdoblamiento, algo muy idóneo para la sugestión de los entornos de vida virtual. Se constituye así en raíz sui iuris, es decir, en algo de propio derecho, una idea que debe leerse a la luz del tiempo que, por turnicidad (tiempo de danzar otra danza con otro cuerpo lírico para una idea de vida), le ha tocado explotar. Su presencia social es ahora mismo abrumadora, pero esa sobrepresencia no se corresponde del todo, al menos de momento, con la aparición de nuevas éticas, nuevos lenguajes u otras formas de interpretación esencialista (existencialista) incursa en nuevos contenidos y temas. Eso todavía no ha llegado.

Y esta es quizá la gran paradoja, también extensiva a otras artes: cuando más dispuesto está el cuerpo, más libre es y más en abundancia se da, es cuando no se sabe bien qué contar para contar lo que hay que contar. (El porno-sentimentalismo de la poesía que se publica en internet, y que también se premia, es un claro ejemplo de esto último.)

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Cuerpo irritado, cuerpo acelerado; el corpus bello
(De los estereotipos a los seres humanos)

Pero algo sí está pasando, eso está claro; porque, de lo contrario, se explicaría con dificultad la otra parte del por qué este tiempo es más tiempo de danza que otros tiempos próximamente pasados. La hiper-realidad constituyentemente no constituida, lineal-no lineal y atemporal, (digamos la parte más noble de internet), un capitalismo desenfrenado y el avistamiento de un posible colapso de la naturaleza estimulan cierto grado de agresividad que la danza revela a través de un cuerpo-en-protesta, con aire de lucha y guerra. Se establece así un estadio de alerta que reflejan muchas piezas, casi se diría que infinidad de coreografías y autores –Cristal Pite (Canadá, 1970) o Marco Goecke, por ejemplo– introduciendo al que baila lo que baila en expresión para la contradicción, para la reivindicación; en definitiva, danza para mostrar la irritación del instinto humano.

¿Y qué es lo que nos quiere decir nuestro instinto? Pues que la expresión genuinamente artística, que aún sigue plena de rebeldía, está inquieta, afectada por unos síntomas que no hacen más que exacerbar un estado de preocupación. Es la evidencia de un preámbulo: es el cuerpo el que está irritado, es el cuerpo el que se manifiesta a través de una danza de violencia carnal y agresiva, inducida por una actitud de defensa. Y esa es la prueba corporal que materializa la sensación de agresión, de que algo de lo ajeno, de lo externo (el vínculo con la sociedad: gobierno, pobreza, riqueza, y el malestar del planeta) nos sienta mal y nos hace sufrir. En definitiva, es la proyección de la danza a través del corpus bello (el cuerpo de la guerra); y ese sentido de lucha es algo que no solo se circunscribe a una fenomenología generacional –el argumento facilón–, sino que debe traducirse como síntoma, como estado de alerta, de pre-alerta más bien. Es la constatación de la existencia del significante que busca un significado; dicho de otra manera: es nuestra condición animal lo que dirime danza manifestada.

De todo ello se deduce que esta coyuntura bailada debería leerse como un aviso más que como una temática en sí misma: la primera revolución siempre se da en el cuerpo, siempre es una consecuencia física, se transmita esta mediante manifestaciones biológicas o artísticas. Negar este momento de irritación, al que el cuerpo no puede ser ajeno, es negar la mayor. O valiéndonos de este pronunciamiento de Henry James: “No se puede renunciar a un país, de la misma manera que uno no puede renunciar a tener abuela, eso precede a toda elección, a todo hecho”.

De manera que la danza de hoy y su axioma obedecen en primer término a una respuesta corporal; es una reacción: tendrás tu cuerpo libre para ser un cuerpo de guerra en un tiempo de calma bélica. (Habeas corpus in corpus bello.) Así lo ve también el poeta y saxofonista Ildefonso Rodríguez, que ha trabajado a menudo con danzantes en el campo de la improvisación libre: “Ahora no se baila, parece que se está todo el tiempo en lucha”. A Rodríguez toda la danza de hoy le parece igual, hecha por y para la lucha. Es una buena lectura, que reafirma lo expuesto hasta ahora y que viene a constatar, también, el hecho de que cada vez se consume y se hace más danza. Un consumo masivo, sobre todo a través de plataformas digitales, que conlleva riesgos; el peor de todos, el riesgo de la uniformidad artística, alentada por una constante sensación de ansiedad y de prisa, de atención parcial y de aprovechamiento rápido. O visto de otro modo: otro concepto de ritmo y, por tanto, de tiempo acontecido para el hacer, puesto que no se ha dado aún, por completo, con la universalidad del tema, la afección en el hombre natural del hombre híbrido (del cuerpo metabólico al cuerpo sintético); solo se ha dado con el síntoma.

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Qué debe seguir siendo la danza

Una de las funciones y mecanismos de autenticidad que la danza como arte debería seguir manteniendo, ahora inexcusablemente, podría ser la redefinición de su función poética; vale decir, su dimensión artística, pero también intelectual; la función poética que engloba a todas las demás, pues la danza tiene la obligación de seguir hablando del poder de la verdad del cuerpo humano (cuerpo = cuerpo + mente).

Pero, además, la danza debería mantener la función reflexiva (filosófica) de conocimiento; de lo contrario, el entorno tecnológico podrá adquirir ventaja más allá de cualquier supuesto o formulación creativa. Y, también desde al ámbito filosófico, debería poder redefinir el mito de Narciso y favorecer nuevas teorías sobre la triple dimensión que abre internet (plataformas sociales) para la reflexión sobre la ética del cuidado de uno mismo como práctica de libertad, idea muy foucaultiana que adquiere en las aguas del nuevo mundo virtual una importancia capital. Ahora más que nunca.

En tercer lugar, la danza debería preservar su función social para interponer, sobremanera en la era digital, el diálogo y el intercambio (acto de comunicación); debe seguir siendo un canal válido, apto y visible para la interpelación entre individuos que incluya como temática el principio de incertidumbre (relación de indeterminación) y la ansiedad a la que nos vemos sometidos y su porqué. Un cuerpo que baila es un cuerpo que busca en continuidad, no continuamente.

No menos debería mantener su función biológica y de investigación del cuerpo como un entero perfecto de órganos polifuncionales y sensoriales hacia dentro y hacia fuera. Y, por último, debería mantener su función emocional y/o sentimental, fuente primaria e imprescindible de conocimiento y aprendizaje; la más importante del sapiens sapiens aún no hibridado, ese que ostenta voluntad de poder y de dirección plena sobre el discurrir del conocimiento.

Todas estas funciones de la danza son en este ahora necesidades primarias, pero la plenitud ideológica que se busca queda pendiente del eje de la subjetividad; depende de la capacidad que tenga el nuevo receptor_espectador (con autonomía y posibilidad de interactuar) para identificar procesos que instituyan una nueva interpretación de la dualidad temporal del presente (analógico/digital). De otra manera, iremos hacia algo distinto, que dejará de lado la plena contemplación de lo artístico para introducirse en el lecho de la mecánica lineal que internet sirve de forma predeterminada y revestida de exhibición artística. Obtendremos efecto, no propuestas, y nos instalaremos en lo igual, como advierte el filósofo de moda, el coreano Byung-Chul_Han (Seúl, 1959) en su libro “La sociedad del cansancio”, donde expone que la realización personal ha pasado a ser autoexplotación.

Ese nuevo receptor-espectador-interactuador no puede ya identificarse con lo que hasta ahora llamábamos público, y esto no hace sino modificar sustancialmente la idea, tal y como la conocemos, de hecho escénico, de espectáculo no solo para la danza, sino también para la música, el teatro o el deporte. Lo que da lugar a una convivencia anversa en la que tanto el artista como quien mira o valora al artista se siente algo perdido y dualizado dentro de un paradigma cultural y artístico demasiado enfático; sobregesticulado incluso: hay muchas formas de darse y de mirar mientras se buscan asideros de segura autenticidad.

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Iberia: bailar sin medida de mucho o de poco

España y Asturias no son ajenas a este panorama disperso y segmentado, que se ramifica en varios circuitos de exhibición que rara vez se entrecruzan (y sería lo ideal). Así, mientras el gran-programa-en-gran-teatro semilanguidece, las citas de medio y pequeño formato, incluso minimal, están por todas partes, insertas en ciclos de cine, teatro o música, y convergen, como nunca lo habían hecho, con otras exhibiciones culturales: se presentan como una actividad más, y con el mismo rango de importancia. Algo que no ocurría desde hace más de medio siglo. Eso sí, el síntoma del cuerpo irritado ha logrado que quien danza ostente parcialmente el protagonismo reclamado. (Cenicienta es menos cenicienta.) Sin embargo, es más que escasa la atención mediática que merecen muchas de esas producciones de mediano y pequeño formato y las compañías o agrupaciones noveles que las ponen en escena, que pasan completamente desapercibidas. Mientras que algunos grandes nombres aún copan el espacio de manera difícilmente justificable. (Así, algunas cosas de la gran estrella del ballet Alicia Alonso, fenómeno que ya no se explica.)

El momento presente que vive la danza es extraordinariamente productivo. Se hace danza a raudales, nunca hubo tantas citas para la danza como ahora. Sobre todo, contemporáneo o performance, es decir, la danza que en principio (pero ni mucho menos siempre) se toma por más social. Y se hace, pese a todo, sin grandes montantes de inversión. Bailarines, bailarines-coreógrafos, festivales, bienales, seminarios, intercambios, workshops, talleres multidisciplinares etc… Un sinfín de actividades y propuestas que bullen en redes sociales, coparticipadas, en algunas casos, por instituciones locales y que llegan a determinado público (solo a determinado público), cuando hay algunas que deberían tener la oportunidad de dar el salto. De momento, hay separación, prejuicio y poco riesgo. Se apuesta por lo que da caja.

Encuentros en nuestro territorio hay a patadas. Algunos ejemplos de periodicidad estable son: Trayectos Danza, Certamen Coreográfico de Madrid, Movimiento en Red, Bienales de Flamenco (Sevilla, Jerez, etc.), Emprendo Danza, Danza Xixón, Estancias Coreográficas, Intensive Contemporary Dance Course , Casa de la India , Bestias Danzantes, etc.

Tampoco antes hubo bailarines tan bien formados técnicamente; y comprobarlo es una satisfacción: Marianela Núñez, Maria Khoreva, Alejandro Zwartendijk o Angelo Greco son claros exponentes del fuerte y rápido desarrollo de la técnica académica de ballet clásico, y podrían formar parte de un gran elenco mundial que ha superado en tiempo y forma de preparación a cualquier otra generación. Mención aparte merece también el español Sergio Bernal, por el buen mestizaje que exhibe de técnica clásica y de danza española.

La danza que se hace en España, y más tras la crisis económica de los últimos diez años, asoma la cabeza de entre sus propias penurias y afronta su presente mostrando toda la diversidad que contiene, sin dejarse afectar por ciertos ámbitos académicos y de opinión, que ven en esos otros circuitos un algo raruno y poco destacable, y pretenden ceñir el momento a dos ejes: el ballet clásico y la danza española. Nada podría resultar más restrictivo.

El contemporáneo español y sus variantes hace mucho tiempo que cruzaron el Charco y tienen autores, estilo e historia de sobra; viven un momento que hay que saber seleccionar y cuidar. Y lo mismo le pasa al flamenco. La Mov, Kor’sia o Daniel Doña son compañías de mediano formato con excelente factura y trabajo, y es ámbito privado. En cambio, las incursiones en espacios no convencionales de danza libre o improvisada, o de contemporáneo sin pauta, siguen cayendo en la repetición monocorde y la escasa novedad, pese al positivo que obtienen por su reinstalación. Habría que huir de lo de siempre, como en buena medida lo ha hecho ya el folklore, que, cuando se amesta de contemporáneo-raíz, produce cosas verdaderamente buenas.

El arte (la danza), al igual que la ciencia, tiende a hacer algo útil con lo inútil, funciona y crece como una especie de necesidad con lo arbitrario precisamente para explicar lo arbitrario. Por eso la creación artística no es tanto una creación de obras como una creación de la necesidad de las obras: las obras son ofertas que suponen demandas, necesidades. Las posibilidades de internet en este ámbito de desarrollo y producción, vicios y beneficios incluidos, son muchas, y la danza no puede ser solo un entretenimiento de segundos para los ojos. Pues de lo que no se puede desasir este arte es de su función poética (ya señalada antes como crucial) porque, de hacerlo, el cuerpo, el danzante-pensante, incluido su reflejo, dejaría de tener vida interior (fisiología y sicología), sensación de órgano y sensación de duración; y el arte del movimiento dejaría de ser viviente para convertirse sólo en un mecanismo reproductivo de placer.

Hoy disponemos de la inteligencia de un cuerpo libre en estadio de respuesta determinada, pero en el marco de un proceso de indeterminación; ¿la cabeza lo está también?

Entonces la cabeza, ¿no debería estar en los pies?

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Yolanda Vázquez 
es periodista especializada en danza
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