De pequeño no sabía que las poetas pudiesen escribir sentadas a las mesas de sus cocinas. Mi madre no era poeta, aunque tuviese el pelo largo como ellas. Tampoco sabía que los hermanos pudiesen morirse ni que algunos matrimonios acababan destrozados por el paso del tiempo o determinadas circunstancias. Ni siquiera hubiese sido capaz de ubicar Canadá en el mapa, por mucho que me gustase pronunciar esa palabra. Ca-na-dá. Ese extraño y gratificante cosquilleo cuando la lengua choca contra los dientes. Ahora que ya sé ubicar Canadá en el mapa, me sigue gustando pronunciar esa palabra. Como si allí todavía quedasen secretos por descubrir, misterios por descifrar, placeres por encontrar. Ca-na-dá.

De pequeños sabemos muchas cosas pero evidentemente desconocemos muchas más, aunque las vayamos reconociendo poco a poco o, en el peor de los casos, de un golpe seco, inesperado y contundente. Mientras íbamos descubriendo lo que nos aguardaba en la esquina siguiente, con su inevitable cúmulo de incógnitas y sombras inquietantes, aquellas mujeres canadienses escribían sentadas a las mesas de sus cocinas, poesía y narrativa. Más tarde las leeríamos. Margaret Atwood, Alice Munro, Anne Carson… Algunas escribían con sus hijos sobre las rodillas. Puede que el calor de aquellos pequeños cuerpos ahuyentase un poco el frío que recorría sus páginas. Hombres perversos, mujeres confusas, adolescentes inquietas, jóvenes atormentados. Y también otra clase de hombres y mujeres, gente corriente esperando el porvenir, dejándose guiar, adaptándose a las inclemencias. La cercanía de los bosques, el agua del lago o de los ríos, la crueldad de la vida. El contraste. Los contrastes. El paisaje que a veces define los estados de ánimo. El descubrimiento de los clásicos. La voracidad del destino. La fragilidad de cada instante. El deseo y las contradicciones. La belleza y la muerte. El grito del placer y el grito del dolor. A veces es suficiente una sola palabra para explicar cualquiera de esos gritos. Una sola. Demoledora. Tajante. Definitiva. En las páginas, tan depuradas, de estas escritoras puedes encontrar todo eso. Y también el latido de seres humanos que nacen y gozan y sufren y mueren, y aun así son recordados por otros seres humanos que toman una taza de té, y escuchan el sonido del viento, y llevan a cabo sus mismos recorridos y lo cuentan, como esas escritoras canadienses (Atwood, Munro, Carson…), en una página en blanco. Una mañana cualquiera, un poco alejadas de todo, instaladas definitivamente en el frío.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades