Mother says I was a dancer before I could walk
She says I began to sing long before I could talk
And I’ve often wondered, how did it all start
Benny Anderson & Björn Ulvaeus [1]

El título de esta colaboración refuta, en lo tocante a la música, el famoso lema empirista, atribuido a Aristóteles, según el cual nada hay en la mente que no haya pasado previamente por los sentidos [3]. Yo me inclinaría a aceptarlo sin reservas (el título, no el lema), si no fuese por el no pequeño detalle de que no consigo excluir a los sentidos de eso que llamamos «mente» – que, por otra parte, no tenemos la menor idea de lo que pueda ser –. Así que, a lo largo de este texto, jugaré al disimulo y haré como si supiese perfectamente qué es la mente y como si tuviese perfectamente clara su singularidad y autonomía relativamente a los sentidos. Vamos, que desempolvaré mi mejor pelucón y sacaré a pasear ese poquito de Leibniz que llevo dentro.

Doy arranque a este recorrido escénico con la misma reducción de Pedro Ximénez (aka al absurdo) del eslogan empirista hecha en su día por el genio de Leipzig, quien lo refutó socarronamente diciendo que, efectivamente, no hay nada en la mente que no haya pasado antes por los sentidos… excepto la propia mente. Supongo que estará en algún pasaje de los Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano (1765), pero – como me gusta decir en estos casos, rememorando al maravilloso Paco Umbral – no me apetece levantarme a consultarlo. De la misma obra también procede otra frase que probablemente sea mi fragmento preferido de Leibniz [4]: «Somos innatos a nosotros mismos» [5]. Cada cual puede entenderla un poco a su manera, pero a mí me gusta apropiármela con el sentido de que, independientemente de lo que lleguemos a ser en determinadas áreas de nuestro desarrollo, hay un estadio temprano en nuestra vida en que ya somos ese nosotros futuro, además de todos los demás que podríamos haber llegado a ser en su lugar. Por ejemplo, en un estadio muy temprano de nuestras vidas todos somos los músicos que llegaron a ser Clara Schumann, John Cage o don Antonio Mairena. Por desgracia, en mi caso, por seguir ejemplificando con lo que me es más próximo, me ha correspondido acabar siendo un analfabeto musical – razón, por cierto, por la que escribo (sobre) música, en lugar de crearla o interpretarla, que es lo que realmente me gustaría hacer –. De todos modos, hubo un momento en mi vida en que fui un músico a la altura de Thelonious Monk o de Fernanda o Bernarda de Utrera. En resumen, que todos estamos natural e inevitablemente conectados con la música [6]. El desarrollo, en complicidad con el ambiente, acaba más tarde por establecer el mayor o menor grado de conexión, sensibilidad, creatividad o genialidad musical de cada cual.

Para algunos, el innatismo es una forma espuria de eludir el verdadero trabajo de explicar el origen de las cosas. A mí, sin embargo, no me resulta de ningún modo refalsado [7]. Está claro que el ambiente tiene una capacidad formativa sobre la mente, a la que consigue configurar a partir de estímulos que tienen su origen en él; pero, complementariamente, no veo problema conceptual alguno en la idea de que la propia mente puede autoconfigurarse en su propio desarrollo dando lugar a formas de categorización y actividad propias, a las que consigue además dar vida a través de correlatos ambientales. La música me parece una ilustración excelente de esta segunda fuente capaz de engendrar los contornos con los que interpretamos y nos desenvolvemos en el mundo. De hecho, con el paso del tiempo, mi convicción sobre el carácter innato de la música ha servido para corregir la que anteriormente, un tanto mimética o ansioinfluyentemente [8] condicionada, respaldé acerca del innatismo lingüístico. Lo que ahora exactamente pienso es que la música aporta uno de los andamios, tal vez el principal, sobre los que conseguimos construir una competencia lingüística tan temprana y rápidamente. Es decir, que no hay lenguaje en la mente que no haya pasado previamente por la música. Y pienso, en cambio, que hay música en la mente sin que haya pasado previamente por los sentidos, o sea, música de la que la propia mente es el único músico responsable reconocible.

Se sabe desde hace bastante tiempo que el recién nacido da muestras de familiaridad con relación a melodías habitualmente presentes en el ambiente en que tuvo lugar su desarrollo intrauterino. Un empirista podría hacer uso de este dato como confirmación de que la música ambiental es la que se cuela y empieza a actuar constructivamente sobre la mente del nonato, a través de los sentidos ya activos en el medio amniótico, para generar su capacidad musical. Sin embargo, un racionalista se puede sobreponer fácilmente a este asalto contrargumentando que la sensibilidad al estímulo musical externo es selectiva, pues otros estímulos sensorialmente afines no tienen semejante impacto en la mente infantil, lo que corrobora la primacía de la mente en determinados aspectos de su proyección sobre el mundo. En todo caso, las pruebas más concluyentes sobre la prexistencia de los talentos musicales a la experiencia sensible la ofrecen experimentos cuidadosamente controlados con niños recién nacidos, que consiguen discriminar estímulos que les son totalmente desconocidos – por ejemplo, lenguas diferentes a la materna o a cualquier otra lengua asimismo presente en su entorno –, precisamente a través de sus características de tipo musical (curva melódica, tipo rítmico, coherencia prosódica, etc.). A modo de ilustración, un niño nacido en una comunidad hispanohablante diferenciará el italiano del inglés, que no comparten tipo rítmico (isosilábico frente a isoacentual), pero no, o no con la misma precisión, el inglés del holandés (ambas isoacentuales). Los experimentos oportunos (basados en técnicas de habituación/deshabituación) se realizan a las pocas horas del nacimiento de los niños [9].

Para los defensores de un innatismo lingüístico más radical que el mío (que, tal vez, ni innatismo sea), lo innato del lenguaje es la capacidad misma y ciertos elementos o principios organizativos que no determinan qué lengua va a hablar uno (eso compete al ambiente), pero sí que tipo de lenguas no podría hablar en ningún caso, porque, aun siendo concebibles o imaginables, escapan al rango de posibilidades delimitadas de antemano por aquellos elementos y principios [10]. Yo, para empezar, diría que son imposibles (es decir, inaprendibles) las lenguas que no pasan por los filtros que impone la música como elemento nuclear del proceso constructivo lingüístico. Ahora bien, esta observación da pie a otra cuestión que parece introducir en el asunto el siempre odioso demonio de la regresión infinita, a saber: la propia música no es una y la misma en cualquier lugar del mundo, existen tipos musicales (o idiomas, como dicen algunos) igual que existen tipos de lenguas (o idiomas, como decimos todos). Así pues: del mismo modo que (defiendo yo) la música delimita o sesga el tipo de lenguas posibles, ¿qué es lo que se encarga de delimitar o sesgar, a su vez, el rango de tipos musicales posibles?

Todo lo dicho hasta aquí viene a cuento de que esta misma semana se ha publicado un trabajo científico que, en mi opinión, encara correctamente el problema por primera vez. Lo publica Nature Human Behaviour y lo firman nada menos que treinta y cuatro investigadores [11]. Y no sorprende, porque la investigación se basa en pruebas experimentales con informantes de quince comunidades de habla y otras tantas tradiciones musicales diferentes, más o menos distantes entre sí. Los experimentos permitieron comprobar, entre otras cosas, que la transmisión en cadena de un estímulo acústico de partida entre los componentes de una misma comunidad/tradición acababa generando secuencias discretas de unidades, organizadas conforme a pautas de ritmo de proporciones enteras. Esto es universal. También es universal que la variabilidad observada entre las proporciones en las diferentes comunidades no guarda ninguna relación con el tipo rítmico de la lengua de la comunidad en cuestión y se relaciona, en cambio, con el ritmo característico de los sistemas musicales locales. Estos sesgos, además, se manifiestan con idéntica intensidad entre quienes producen y quienes solo escuchan música, lo que significa que la experiencia ambiental relevante es la exposición habitual al tipo musical en cuestión.

Estos resultados pueden parecer un avance menor dentro del estudio de la cognición, en general, y de la cognición lingüística y musical en particular. En mi opinión, sin embargo, representan un enorme salto en lo que respecta al debate sobre el innatismo lingüístico, encallado secularmente entre corrientes que apenas dialogan entre sí, salvo tal vez transformando al adversario en un hombre de paja. Demuestran la anterioridad, en términos de desarrollo – y tiendo a pensar que también evolutivos –, de la música relativamente al lenguaje, que es este el que se construye a partir o a través de aquella y que, en definitiva, somos antes una especie musical que una especie lingüística.

Proclamar que el lenguaje es o no innato depende demasiado de lo que entendamos por «innato» y lo que entendamos por «lenguaje». Y casi nadie entiende y usa esas palabras de la misma manera. El trabajo que acabo de comentar brevemente a mí me ha servido para reforzar la creencia de que la música es innata al lenguaje y que la música es innata a sí misma, un poco como en la boutade de Leibniz sobre nuestro propio auto innatismo. Al mismo tiempo, también me ha servido para reforzar algunas intuiciones historiográficas sobre las que ya he escrito en otras ocasiones: en concreto, que el debate sobre el innatismo es el malentendido histórico resultante de un largo diálogo entre sordos, además de una historia de náufragos peleados en una isla desierta [12].

Si no es complicar mucho las cosas, me gustaría concluir diciendo que somos innatos a la misma música. Y me quito el pelucón, que da mucho calor.

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[1] Benny Anderson & Björn Ulvaeus. 1993. «Thank you for the music», en ABBA, Thank you for the music, Epic [2].

[2] A mis improbables seguidores. Puede que esté atravesando una fase ABBA, no voy a negarlo. Pero me comprometo ante notario, o hijo de notario, a no atravesar una fase Bertín en toda mi vida. Por mucho que doña Cristina Garcés Hoyos y don Javier García Rodríguez me insistan en la inevitabilidad de tal etapa en todo ciclo vital humano normotípico.

[3] O, en versión de Santo Tomás de Aquino, «Nihil est in intellectu quod non fuerit sub sensu prius».

[4] ¿Debe avergonzarse uno de tener su frase favorita de Leibniz? Supongo que sí. Yo lo reconozco públicamente: me avergüenza. También me avergüenza avergonzarme. La vergüenza es recursiva.

[5] Esta puedo localizarla perfectamente y de memoria: Nuevos ensayos sobre el entendimiento humano, Alianza, p.103 (la traducción es de Javier Echevarría Ezponda). El motivo de esta extravagancia es que la uso destacadamente en un libro del que soy coautor: Guillermo Lorenzo y Víctor Longa. 2018. El innatismo. Origen, variaciones y vitalidad de una idea, Cátedra.

[6] Vid., por ejemplo, Michel Imberty. 2000. «The question of innate competences in musical communication», en N.L. Wallin, B. Merker y S. Brown (eds.), The origins of music (pp. 449-462), MIT Press.

[7] «sin. Falso, espurio, fingido, artificial». Fuente: DLE™.

[8] Absolutamente offDLE™, claro. Y totalmente haroldbloomiana (absolutamante offDLE™, claro). Mi ansiado influyente fue, casi ni hace falta decirlo, Noam Chomsky.

[9] Judith Gervain y Jacques Mehler. 2010. «Speech perception and language acquisition in the first year of life», Annual Review of Psychology 61:191-218.

[10] Andrea Moro. 2016. Impossible languages, MIT Press.

[11] Nori Jacoby, Rainer Polak, Jessica A. Grahn, Daniel J. Cameron, Kyung Myun Lee, Ricardo Godoy, Eduardo A. Undurraga, Tomás Huanca, Timon Thalwitzer, Noumouké Doumbia, Daniel Goldberg, Elizabeth H. Margulis, Patrick C. M. Wong, Luis Jure, Martín Rocamora, Shinya Fujii, Patrick E. Savage, Jun Ajimi2, Rei Konno, Sho Oishi, Kelly Jakubowski, Andre Holzapfel, Esra Mungan, Ece Kaya, Preeti Rao, Mattur A. Rohit, Suvarna Alladi, Bronwyn Tarr, Manuel Anglada-Tort, Peter M. C. Harrison, Malinda J. McPherson, Sophie Dolan, Alex Durango y Josh H. McDermott. 2024. «Commonality and variation in mental representations of music revealed by a cross-cultural comparison of rhythm priors in 15 countries». Nature Human Behaviour https://doi.org/10.1038/s41562-023-01800-9

[12] Guillermo Lorenzo y Víctor Longa. 2018. «Conclusión: del innatismo entendido como una forma de malentendido», op. cit., pp.193-196.; Guillermo Lorenzo. 2020. «El innatismo y la ciencia: una historia de naufragios y una isla desierta». Éndoxa: Series Filosóficas 46, 413-426.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo