Anoche apenas dormí, Marta durmió solo un poco más que yo. Viajamos en coche, camino de La Coruña, para ver a Wilco. Hay que elegir bien lo que se mira, le digo cuando ella, con su teléfono en la mano, me dice sorprendida: Pero quitaste la foto. La foto a la que se refiere es la de unos molinos de viento que hice con más inercia que asombro y que, al momento de haberla subido al Instagram, eliminé, arrepentido.

El Palacio de la Ópera está cerca del hotel donde nos alojamos. Es un hecho. Pero como todo hecho no tiene más valor que el de ser algo demostrable, no solo innegable, sino medible, que puede ser certificado. Comprendo, en el destello inseparable del sufrimiento, que la distancia no es nada en sí misma, que lo importante, lo que te resume, es la manera en que te afecta, cómo influye en ti. Esta cuesta te arranca las tripas una a una, le digo a Marta. Ella asiente, y los dos, lo sé, nos acordamos de mi espalda operada, la base de la columna, la placa, los tornillos, los canales cada vez más estrechos, la enfermedad, que no nos unió porque eso es una tarea que no acaba y que depende de nosotros aunque no solo de nosotros pero que sí nos puso en contacto, no hace mucho, poco más de cuatro meses.

Traduce para mí parte de una letra. Luego, vuelta hacia mi asiento y extrañamente elevada dice: Estoy por bajar y abrazarlos a todos. ¡Mi canción!, añade al instante, con esta bailo. Sigue traduciendo para mí. Sonríe. Yo sonrío también, subyugado por toda esa energía, tan precisa y al mismo tiempo tan abierta, tan necesitada de permanecer como de abrirse paso, nerviosa y ajena al titubeo, igual a la marea que no duda, toda ella libertad y control: fuerzas que, en lugar de anularse, mutuamente se alimentan. Marta es feliz, como si fuese ella quien canta. Yo la miro y bebo de su plenitud, me zambullo en ella. Qué suerte tengo, pienso pendiente solo de su perfil iluminado por la luz llegada y luego la angustia, una contracción, yo, lamentando que sea esta la versión mía que va a conocer, la de alguien en manos de un sistema nervioso destrozado, pulverizado y revuelto de nuevo, no poder ofrecerle cualquiera de las versiones que conocieron las anteriores. Y mientras tanto la música como un cable pegado a las paredes y las paredes: el cable y el techo que arden, esa chispa que en su anhelo de ser llama avanza decidida. La tensión: el resultado de un cruce de intenciones o los límites cuando son cuestionados sin que por ello dejen de ser tomados como referencia. Es que después de esto qué hay, dice Marta, rebosante de satisfacción su queja, de gratitud su reproche. Yo asiento. Podría haber dicho nada, pero no lo digo, no digo que después de esto no hay nada, simplemente asiento. Ella también lo hace. Alzo la vista por encima de los músicos y la dejo suspendida en la claridad de los focos. Un pensamiento, como una mano que se abre, toca de una sola vez todas las caras de mi mente. Una escritura como de andar por ahí, pero no porque sí. Eso es lo que pienso. Lo que me digo. Lo que anoto: una luz emerge. La involución: una regresión deliberada, crecer por eso, no para hacerlo mejor sino más tuyo. El esbozo completado por lo que se deja fuera, un bosquejo enriquecido, zigzag que te permita avanzar en línea recta. Una digresión, el territorio conquistado por el yo, en la forma y no en el mensaje. Expandirse, en lugar de hacerse más grande, el sueño imposible de estar en contacto con todo. El misterio es siempre el mismo: cómo en la nada aparece algo. La intensidad es una crecida que se prolonga en función de nuestra necesidad. Me entrego a esa corriente, urgente y precisa, una bandada. A ese incendio dirigido, además de controlado. Ondas multiplicándose en un estanque sin que hayamos visto a nadie arrojar una piedra. Una certeza: aquello que se cuestiona es aquello de lo que se parte. Me entrego a toda esa grandeza expresada sin necesidad de ser nombrada. La emoción justifica y sostiene pero no basta. Prima el rigor pero no más que el dejarse ir. Escribir: nombrar lo que se te queda pegado al pasar demasiado cerca de las cosas: eso me pido y me exijo, como si el deber fuera inseparable de la esperanza, una labor así. Siente siempre uno lo mismo en las grandes experiencias: que ha recorrido un trecho y que mientras lo hacía estaba siendo recorrido por algo.

Desayunamos. Un amigo nos escribe un mensaje en el que involuntariamente pasa de la tercera persona a la primera. Cuando se lo hago ver a Marta me dice que ella al leer nunca distingue entre una y otra, yo asiento y al pensar en ello comprendo, es decir, abro una puerta que luego cierro por fuera, que al lector no le importa que la obra esté escrita en tercera persona o en primera porque al leer siente que hay alguien ahí que habla, por él y para él.

Pagamos. Dejamos atrás el parking, la ciudad ya, podría decirse. Adiante, leo en la pantalla y en cuanto lo hago me doy cuenta: en verdad la palabra adelante termina siendo siempre un imperativo. El navegador nos dice que cojamos los dos carriles izquierdos para tomar la salida y yo me quedo un poco loco con eso, con que haya dos izquierdas, de lo que sea. Asoma el cielo entre los árboles lejanos y creo ver ahí la superficie de un lago, una imagen sin consonancia, el reflejo, más poso que estela, de lo que no está. Uno va donde tenga que ir con tal de que le cuenten su historia. No hay mejor compañía que la de un paisaje que se desplaza. ¿Qué otra cosa podemos ser cuando no estamos en casa?

Chus Fernández es escritor