Sin el peso de la firma, de repente una obra adquiere ligereza, se ofrece sola y ofrece una paternidad basada en el propio juicio a quien quiera asumirla.
Gilles Clément [1]

Nunca, hasta este preciso momento, me había ejercitado en el deporte de la halterofilia. Así que pueden imaginarme con una bonita botarga de licra, unas prácticas jaladeras y frotándome las manos con un poquito de polvo de magnesio. He optado por la modalidad de «dos tiempos». Que Dios me proteja las lumbares.

Leí hace unos días el titular de El País. El periódico global que recogía las siguientes palabras del nuevo (¿debería decir «y flamante»?) Premio Cervantes, Luis Mateo Díez: «Solo escribo para que la gente me quiera» (26.03.24). Me pareció enternecedor, al mismo tiempo que chocante. No tendría por qué, seguramente existen tantas motivaciones para escribir como escritores o escribientes. Hice un ejercicio de introspección (que, en realidad, ya había hecho anteriormente; digamos, pues, que revisé mis propias intuiciones introspectivas) y concluí (de nuevo) que yo escribo para entender y entenderme mejor. Nunca escribo sobre lo que ya comprendo suficientemente, que, en realidad, son muy pocas cosas. Está obviamente mal que me compare con un Premio Cervantes (yo que solo puedo alegar algún premio fin de estudios y un segundo puesto en una carrera de medio fondo), pero seguramente pueda decirse que Luis Mateo Díez representa un tipo de escritor sentimental y servidor un tipo de escritor intelectual, en lo que a las motivaciones de uno y otro se refiere. Hasta aquí, el primer movimiento: ya he rematado la sentadilla y tengo la barra bien asegurada a la altura de los hombros.

Le seguí dando vueltas a eso de que alguien pueda escribir (o, para el caso, hacer música) para que la gente le quiera más y llegué a una conclusión. En la afirmación de Luis Mateo Díez hay un error cronológico, como si invirtiese los dos tiempos del ejercicio halterófilo y ejecutase primero el jerk (la fase en que yo me encuentro ahora) y rematase con la sentadilla (que yo ejecuté en el párrafo anterior). Porque una cosa es escribir y otra cosa es publicar lo que uno escribe y, sí, publicar sí que todos (o casi todos) lo hacemos para que nos quieran más (o cualquiera de sus sucedáneos: que nos admiren, nos vanaglorien, nos odien, nos crucifiquen, etc.), lo hagamos para LaEscena o para un sello del grupo Penguin Random House, es decir, para un horizonte de una decena o de millones de potenciales admiradores. Concluyo el jerk. Me desentiendo de la barra. Fin de mi primer asalto.

Vuelvo a la carga. Tal vez sea verdad que Mateo Díez, y muchos otros escritores, escriba para que la gente lo quiera, igual que muchos músicos componen o interpretan canciones para que la gente los quiera. En realidad, quién soy yo para rebatírselo. Lo que sucede es que dedicar el talento creativo a que a uno lo quieran más solo puede conducir a un tipo de creatividad complaciente, es decir, a que uno escriba o componga o interprete (o lo que sea) lo que la gente quiera que escriba, componga, interprete (o lo que sea) para que así lo quieran más. En un círculo afectivo tal, prolifera el amor, sí, pero la creatividad desaparece. Y yo me pregunto, con un afectuoso recuerdo a Jesús Puente, Isabel Gemio y Pedro Rollán, si lo que necesitan el artista y su público (qua artista y qua público) es amor. Fin de mi segunda sentadilla. Toca atacar el jerk.

En el fondo, a mí no me preocupa mucho lo que quieran los creadores cuando escriben o hacen música, más allá de que quieran crear, naturalmente, es decir, poner ante nuestros ojos o introducir en nuestros oídos sensaciones literarias o musicales más o menos nuevas. Me preocupa bastante más lo que quieran los lectores u oyentes cuando leen libros o escuchan música, porque me temo que, en muchos casos, no sea acceder a nuevas sensaciones literarias y musicales, sino reencontrarse con ese autor que sabe darles lo que quieren para que le quieran más. Y a ese autor, cuando se disfraza, pese a todo, de creador e innovador, aun repitiendo la misma fórmula una y otra vez, comercializándola rutinariamente con el encanto de su imagen y sus opiniones magnificadas por el marketing editorial, es alguien al que todos deberíamos dar la espalda. Lo que, desde mi punto de vista, es tanto como decir que todos deberíamos dar la espalda, sin más, a la figura del autor (o Autor). Fin del jerk y de mi segundo movimiento. Fin, también, de sesión. Me ducho y me voy del gimnasio (o donde sea que se practique la halterofilia).

Sé de sobra que el párrafo anterior suena demasiado a aprendiz de Michel Foucault o de Roland Barthes [2], dos de los mayores maestros de las halteras de todos los tiempos. Pero, por una parte, yo soy novato en este deporte y aún vivo bajo el ansia de influencia [3]; por otra parte, pienso que corren tiempos en que conviene retomar e insistir en sus enseñanzas. Porque las industrias editoriales (la literaria y la musical) son más que nunca industrias autoriales, más que literarias o musicales, y en los jóvenes detecto, con la transparencia que han traído consigo las redes sociales, una voluntad de ejercer el rol y de disfrutar de los (supuestos) privilegios asociados a la figura del autor, antes que la de ofrecer al público obras mínimamente originales y estimulantes.

Mi pesimista sensación es que todo el aparato mediático desplegado por las editoras, las grandes y las no tan grandes, está triunfando con técnicas de camuflaje que consiguen comercializar lo mediocre como obra de creadores inteligentes, interesantes, atractivos, chocantes, o mezclas en proporciones diversas de ingredientes semejantes. Incluso triunfan, en este caso no sé si voluntariamente, en imponer su modelo a las pequeñas editoras, que muchas veces tratan de limpiar su conciencia destacando, como si gritasen, su condición de «independientes». Mi percepción es que no se venden, promocionan, presentan, critican, comentan, etc., ni libros ni discos, sino, sobre todo, autores (o Autores). Es una percepción personal, sí, pero la de alguien que pisa (compulsivamente) librerías y tiendas de discos, consume (moderadamente) secciones de prensa y prensa especializada, asiste (tímidamente) a presentaciones y participa (poquito) en otras liturgias de lo cultural, donde parece que solo se trafica autoría, autoría y autoría. Me consta, porque me lo ha confesado algún editor y porque yo mismo he estado implicado en algún intento de este género: si no hay autor que ponga cara y opiniones, sonrisas o cara grave, según proceda, o una buena apariencia para eso que Eva Illouz llama la «economía escópica» [4], no hay quien promocione y venda un producto cultural. Esto no es nuevo. Por desgracia, también dista mucho de ser historia.

Entré al gimnasio (o donde sea que se practique la halterofilia) de la mano de un escritor, pero todo lo dicho es notablemente más patético en el caso de la música. Al fin y al cabo, lo que el escritor opina (o lo que hacen que el escritor opine) puede ser en ocasiones continuo con lo que digan sus libros, aunque también prolifera el escritor cuya obra es una isla en un océano de opiniones sobre todo lo que se ponga (o le pongan) por delante. Sin embargo, en el caso de la música, ¿qué continuidad puede haber (o qué falta hace) entre lo que canta Nacho Vegas, Bertín Osborne, Morrissey o Bono? ¿Qué más puede añadir Billy Bragg a su revolución personal que no lo digan ya sus canciones? La opinión del músico funciona, en realidad, en continuidad con su imagen, sus actitudes más o menos escandalosas, etc., normalmente suplementos vitamínicos para compensar carencias de calcio, vitamina D y demás ingredientes de una creatividad genuina. Pero este, es decir, el modelo «pop star» [5], es el que también se impone hoy en la industria de las letras, con el habitual recurso a publirreportajes en que el autor opina sobre esto y aquello, al tiempo que posa con, pongamos por caso, gabardina y cinturón de la colección RohK x H&M o un vestido de FENDI inspirado en la colección p-v diseñada por Karl Lagerfeld en 1999. Sé perfectamente que a quienes no nos gustan estas cosas nos queda el recurso de mirar hacia otro lado. El problema es que empieza a no haber lados hacia los que mirar [6].

¿Existen alternativas? ¿Es concebible una literatura o una música sin autores? Pues sí, ya lo creo que existen. Y reparen en que he escrito autores (es decir, Autores), no escritores o músicos (es decir, creadores), sin los cuales, naturalmente, adiós literatura y adiós música. La literatura nos ofrece ejemplos como el de la Wu Ming Foundation, o su antecesor Luther Blisset Project, o, más cercana y modestamente, Sonia Dalton, que unos presentan como un colectivo y otros afirman conocer personalmente, aunque de ¿ella? no se conozca otra cosa que no sea su obra [7]. Paralelamente, la música proporciona ejemplos de bandas «enmascaradas» o artistas «anónimos» (o algo lo suficientemente parecido) como The Residents o Devil Doll. En todo caso, la imaginación y la creatividad son precisamente competencia de los escritores y de los músicos, lo mínimo que debemos esperar de ellos, aunque tan fácilmente lo pasemos por alto y les concedamos pasarlo por alto.

Me viene a la cabeza, cuando me torturo pensando en estas cosas mientras me ejercito con las halteras, me ducho en el gimnasio (o donde sea que se practique la halterofilia) o paseo de vuelta a casa, una entrevista que concedió hace más de una década, también a El País. El periódico global, Steve Goodman (06.03.12), fundador del sello de música electrónica Hyperdub, profesor e investigador sobre cultura cibernética en la University of East London y músico bajo el alias de Kode9 [8]. Es una entrevista sin desperdicio en la que reflexiona principalmente sobre Burial, uno de los creadores más destacados del catálogo de su sello, que componía y producía su música encerrado en su dormitorio. Las primeras grabaciones que recibió de Burial, Goodman las define como «algo de una pureza y un sonido melancólico que nunca había escuchado». Pero en Burial se encontró, además, con un tipo huraño y aislado que no quería hacer promoción ni revelar su identidad, a pesar de estar en posesión de un talento fuera de lo común. Tanta reserva en torno a Burial llevó a muchos a pensar que se trataba de otro alias del mismo Steve Goodman. Burial era el epítome de la mayor pesadilla con que se puede encontrar un editor, ya sea musical o literario, porque pocos editores saben promocionar sus productos a través del propio producto. Necesitan un personaje al que exhibir y montañas de opiniones con las que ese personaje pueda seducir al público.

En la misma entrevista, a partir del ejemplo particular de Burial, Goodman extrae esta valiosa conclusión general:

Solo confío en la actitud de Burial. Todo lo demás me parece calculado. En él es algo completamente inocente y naïf. Su actitud es: «¡Dejadme en paz!». Ha resucitado algo que era muy común en los noventa. Pero a nadie le importaba entonces. Comprabas un 12” y no tenías ni idea de quién demonios lo había hecho, nadie lo sabía y a nadie le importaba. Burial viene de esa mentalidad, la de «escucha la música, qué más da quién soy [9] [10].

Y nos dejaba, por último, un apunte inquietante:

El 4% de sus fans son psicópatas, en serio, pero intento que no le llegue eso. Soy como su pared de percusión del mundo exterior. A menudo tengo que leer esos emails locos. Hay gente con comportamiento obsesivo y muy raro. Por ejemplo, algunos han hecho análisis casi espectrales de sus canciones del último disco. Hay un par de glitches (errores casi imperceptibles que permanecen como recurso sonoro) en las canciones, que no son deliberados. Y ha escrito gente enfadadísima diciendo que quería su dinero de vuelta. Dijimos, es parte de la música. Y contestaban: «¡Es un producto malo! ¡Se lo diremos a Burial!» No aceptan nada, les parece que cualquier cosa es mancillarle, blasfemia. Como si él fuera Jesús o algo así.

Yo me temo que ese 4% solo sea el extremo patológico de un continuo en que se encuentra la mayoría de los fans de Burial, de los fans de la música electrónica (pese a todas sus singularidades), de los fans de la música, de los fans de la literatura y de los fans de lo que, en general, llamamos arte (es decir, Arte). El público quiere querer y, claro, el artista se deja querer, quiere que lo quieran. El amor está en el arte. Y en él (¿en el amor? ¿en el arte?), sus perversiones.

Yo, la verdad, me inclinaría por promover un crowdfunding [11] para financiar una digna muerte asistida del autor (es decir, el Autor), pero sé de sobra no es un objetivo que pudiese alcanzarse en un plazo más o menos razonable.

El Autor está más vivo que nunca [12].

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[1] Gilles Clément. 2024. Breve tratado del arte involuntario, Puente Editores, p.14 (la edición original es de 2014 y la traducción de Moisés Puente).

[2] Ya saben: Roland Barthes. 1967. «The death of the author», Aspen Magazine 5(6); Michel Foucault. 1969. «Qu’est-ce qu’un auteur?», en Dits et écrits, 1954-1988, Tome I (1954-1969), Éditions Gallimard [1994].

[3] Omito la referencia, para qué redundar.

[4] Eva Illouz. 2020. El fin del amor. Una sociología de las relaciones negativas, Katz.

[5] Me permito citar por extenso una de mis canciones pop preferidas de los últimos tiempos, una de esas que me cayeron del cielo en los tiempos del llamado confinamiento: «We’d get photographed / with cigarettes / even though we hate / the taste of them / because we’re gonna go far / we’re going to be pop stars /  We’ve never been good / with the alphabet / we can do without / most of it / but we can play guitars / and we’re going to be pop stars / It can be hard / to take / when people don’t like your music / and your dreams don’t come true / It can be hard / to take / when people don’t like your music / but there’s nothing else / that you can do / and you’ve really got to / see it through / We won’t get there / out of sheer luck / we’re sick of all the bands / who don’t give a fuck / we’re really working hard / to make it as pop stars / We just want to play guitars / someday we’ll all be pop stars / but we haven’t gotten far». Girlatones. 2020. «Pop stars», Horn if you are honky, Meritorio Records.

[6] Además, ¿cómo no caer en el engaño, una vez más, cuando el titular suena bien y a quien se le atribuye es un antiguo alumno, como me ha ocurrido a mí ayer mismo?

[7] Si no les importa, hagan ustedes mismos las respectivas búsquedas. Yo ya les he regalado la letra de una canción y erudición más que suficiente hasta aquí.

[8] Ya me he recuperado del bajón que me dio al intentar redactar la nota anterior, así que les vuelvo a dar datos. Como músico, no deben perderse: Kode9 + The Spaceape. Memories of the future. Hyperdub, 2006. Como investigador y escritor: Steve Goodman. Sound, affect, and the ecology of fear. MIT Press, 2010. Este es un libro oscuro sobre los aspectos más oscuros de la música más oscura. Una maravilla. Una de esas cosas que, en español, solo sería capaz de razonar y escribir Alex Basteiro. Por cierto, si hay algún editor por ahí, me ofrezco a traducírselo. Mis tarifas son irrisorias.

[9] Para quien no lo haya escuchado nunca, la audición obligatoria es: Burial. Untrue. Hyperdub, 2007.

[10] En un tonto gesto de condescendencia, Burial regaló a sus fans su primera fotografía (y la de su cuarto) con motivo del décimo aniversario de Untrue.

[11] «Microfinanciación», sugiere amablemente FundeuRae®.

[12] Me ha salido una colaboración como de señor mayor, de esos para los que todo está mal (aunque yo creo que a esos les gusta que sea así). Puedo asegurar (ante notario o hijo de notario, incluso ante notario e hijo de notario) que, si lo hubiese escrito a mis veinte años, solo cambiaría que, entonces, habría escrito palabras malsonantes y proferido amenazadas graves a instituciones, empresas y particulares. He moderado mis formas. El resto sigue igual: lo que opino y sobre lo que opino. Y ya puestos, un saludo cordial a mi buen amigo Javier García Rodríguez, al que tanto gusta Rancapino.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo