Pasaba por Gijón Luis Eduardo Aute como hace mucho que no pasaba. Demasiado tiempo, admitió al principio. Y lo hacía en el contexto algo ajeno para su propuesta como es el del Gijón Sound Festival, aunque ya metidos en el Jovellanos y puestos al espectáculo no dejaba de ser un hecho accidental sólo reflejado en las butacas vacías de las filas de los del abono completo del festival. El resto era delirio. El teatro estaba lleno y Aute venía con una gira en la que se propone celebrar cincuenta años de carrera tocándolo todo, desde Aleluya nº1 hasta Hafa Caé, pasando por los grandes clásicos y superando la treintena de canciones en el repertorio.

Hacer este tipo de excesos a los setenta y dos años está muy bien, y en el caso de Aute no deja de ser una forma de vindicar al tipo que fue y que se resigna a echarse a un lado. Quiero decir que nunca consideré relevante lo de la edad en los escenarios, y que los mejores han muerto con las botas puestas, pero en el caso de Aute la peculiaridad es ese personaje suyo alimentado durante tantos años por el hambre de belleza y seducción. Luis Eduardo viene a por todas Y LO SABES. No deja de ser, en este sentido, y con perdón, un Julio Iglesias culto y bohemio, que sigue hablando en sus conciertos de follar, comer coños y masturbarse, entre risas nerviosas del auditorio mientras él sostiene la mirada del tipo de 72 años en que se ha convertido. Como diciendo que va en serio. Como el Gambardella de Sorrentino en La Grande Bellezza.

Aplaudida esa pasión seductora más allá de lo razonable que tiene el artista, hay que decir que nada de esto tiene mucha importancia cuando compruebas que Aute sigue siendo capaz de cantar con emoción extrema ese puñado de versos que salvan toda una vida: Pasaba por aquí, Siento que te estoy perdiendo, Dos o tres segundos de ternura, Imán de mujer, Alevosía, y muy especialmente el pequeño set acústico en el que él solo con una guitarra se despacha Dentro, Las cuatro y diez, De alguna manera y Anda. La verdad, uno hubiera querido escucharle así toda la noche, quizá con un piano y un bajo como mucho, y no hubiera necesitado ni los sintetizadores, ni los bajos tocados por el teclado ni mucho menos los excesos pirotécnicos de Tony Carmona. Porque hacer el riff de Smoke On the Water con los dientes en medio de un concierto de Aute me parece de una grosería y una falta de respeto monumentales, por mucho que el artista y el público estuvieran satisfechos. Es un problema nacional serio, y perdón por el paréntesis, esto lo de la querencia pachanguera de nuestros autores intérpretes. Y me temo que no lo solucionaremos hasta que no llegue un Rick Rubin que le haga a un Aute lo que a Johnny Cash en los American Recordings. Ese día, si llega, fliparemos.

Decía que de la banda sólo me gustaron Cristina Narea (coros y acústica) y la batería de Mario Carrión. Y que cuando está Aute solo en el escenario funciona muy bien. Incluso en el exceso de hacer Al Alba a capella, no sé si como otro ejercicio de vindicación o para subrayar la categoría universal a la que pertenece esta composición.

Ese fue ya casi el final, antes de los bises. En general, me gustó más la primera parte que la segunda. Me pareció que con un repertorio tan largo resulta un exceso hacerle tragar al público un cortometraje realizado con tus dibujos, por mucho arte que tengas. Pero a la hora de la verdad, pocos peros hay cuando Aute se sirve una copa de vino y se pone a cantar y descubres que de sus cuerdas vocales brota de nuevo la belleza y te emocionas y lloras y le das las gracias por la satisfacción y por la desmesura.

Chus Neira es periodista
@chusneira