"Le rêve du pêcheur", h. 1936. Colección Masaveu

El Museo de Bellas Artes de Asturias y la Fundación María Cristina Masaveu Peterson se han aliado para organizar conjuntamente la exposición retrospectiva dedicada al artista Luis Fernández (Oviedo, 1900 – París, 1973), uno de los creadores más destacados del arte español del siglo XX y del que se conmemoraron en octubre de 2023 los cincuenta años de su fallecimiento. La muestra comisariada por Alfonso Palacio, director del Museo de Bellas Artes de Asturias, llega a la pinacoteca regional con 146 obras entre pinturas, dibujos, una escultura y obra gráfica procedentes de diferentes prestadores de España, Francia y Estados Unidos. A ellos se suman un importante aporte documental, procedente en su totalidad de los fondos del museo asturiano, compuesto por fotografías personales del artista; folletos y catálogos de exposiciones en las que Fernández participó; correspondencia del artista mantenida con personas de gran importancia en su trayectoria, tanto personal como profesional, entre las que destacan Pablo Picasso, el poeta René Char o su galerista, Alexandre Iolas; así como manuscritos del pintor en los que se vuelcan muchas de sus preocupaciones y constantes.

Pionero de la abstracción geométrica a finales de la década de los años veinte del pasado siglo, Luis Fernández cultivó un arte de síntesis a comienzos de la década de 1930, frecuentó posteriormente el surrealismo y el picassismo de 1936 a 1944, hasta practicar un estilo poscubista entre 1944 y 1952, con el que trabajó los géneros de la naturaleza muerta, el retrato y el paisaje. A partir de entonces, la pintura de Luis Fernández alcanzó su periodo de madurez, desarrollando une estilo genuino y tremendamente personal caracterizado por la búsqueda de la belleza y lo absoluto. Para ello, Fernández ahondó en motivos recurrentes – la rosa, el cráneo, la marina, el vaso con vino y hueso, el vaso de vino con pan, el barco semihundido, así como un selecto grupo de animales, entre los que se hallan los caballos, los conejos y, por supuesto, las palomas – dando lugar a un conjunto de hermosas series con las que el creador español trató de profundizar en la esencia de cada uno de los motivos, extrayendo con cada obra nuevos acentos y matices.

La muestra, que ocupa dos plantas del edificio Ampliación, se vertebra a partir de 7 secciones que recorren cronológicamente su obra y su vida.

SECCIÓN 1 – INICIOS. 1900-1924
Luis Fernández siempre presumió de gran precocidad y pronta inclinación por el mundo del arte. De niño ingresó en una academia de dibujo en Oviedo y recibió sus primeras clases. Huérfano de padre y madre a muy temprana edad, vivió en Madrid entre 1909 y 1911, año en que llegó a Barcelona, donde en 1912, a la edad mínima permitida, se matriculó en la Escuela de Artes y Oficios y Bellas Artes. Allí tuvo como principal mentor al pintor luminista José Mongrell Torrent (1870 – 1937). Siguió su formación reglada y se interesó por la pintura, pero también por la escultura y las artes decorativas y aplicadas. Se sabe que de 1911 a 1924 dibujó numerosas palomas y que en 1921 viajó a Madrid, donde investigó sobre la técnica del batik para el teñido de tejidos en el Museo de Artes Industriales. En 1924 marchó a París y allí entró a trabajar como cromista en una imprenta. Su interés artístico se orientó en un primer momento hacia la escultura y el retrato de amigos y conocidos, como su primera mujer, Esther Chicurel (1903 – 1954).

SECCIÓN 2 – ABSTRACCIÓN. 1924-1934
Tras su llegada a París, la obra de Luis Fernández rompe con lo que había realizado hasta entonces y se adentra por el camino de la abstracción geométrica. De ello da buena cuenta su única escultura conocida, así como sus dibujos y óleos, muy influidos por las estéticas purista, neoplasticista y abstracto-geométrica, que ejecutó principalmente entre 1928 y 1934. Durante esos años frecuentó la amistad de artistas como Fernand Léger (1881 – 1955), Piet Mondrian (1872 – 1944), Theo van Doesburg (1883 – 1931), Joaquín Torres-García (1874 – 1949), Michel Seuphor (1901 – 1999) y otros, y se acercó o integró en grupos como Art Concret, Cercle et Carré y Abstraction- Création. Un anhelo de orden, rigor, claridad y geometría se adueña de su obra. También entró a formar parte de la logia masónica Fraternité, perteneciente al Grand Orient de Francia, que le proporcionaría una importante red de contactos y amistades. A esos primeros años de estancia parisina pertenecen algunos de sus primeros textos teóricos, aparecidos en revistas francesas y españolas.

Vista de la exposición

 

SECCIÓN 3 – ARTE DE SÍNTESIS. 1934-1936
Entre 1934 y 1936 Luis Fernández se vinculó a un arte de síntesis que trataba de alcanzar una fusión entre la abstracción geométrica y el surrealismo y que tenía en Jean Arp (1886-1966) y Joan Miró (1893-1983) a sus principales representantes. En sus obras del periodo se aprecia su intento de unir ciertos elementos del arte concreto o abstractogeométrico con el organicismo procedente de determinados ámbitos de la poética surrealista. Todo en estas obras es más libre y flexible que en las inmediatamente anteriores, y se aprecia en ellas un predominio de la curva y una inclinación hacia la pureza en la forma y el color.

SECCIÓN 4 – SURREALISMO Y PICASSISMO. 1936-1944
Luis Fernández dejó atrás el arte no figurativo con su llegada al surrealismo hacia 1936. En ese contexto se mantuvo —con hibridaciones con otras corrientes, como la picassiana— hasta 1939 y se hizo muy buen amigo de André Breton (1896-1966) y de Paul Éluard (1895-1952). La paulatina toma de conciencia de la importancia que los mecanismos psíquicos tenían en la construcción de la obra de arte fueron objeto no solo de numerosos cuadros, sino también de varios artículos. En ellos el peso del pensamiento de Sigmund Freud fue fundamental y tuvo repercusión en las vías exploradas por el pintor a raíz de su contacto con esta vanguardia, como la anamorfosis en primer lugar, así como en todas su obras de alto componente sexual, en ocasiones de carácter truculento y pornográfico. Por otro lado, conoció a Pablo Picasso (1881-1973) a finales de 1933 o principios de 1934 y se adscribió a cierta corriente influenciada por él, que el propio Fernández bautizó con el término picassismo, y que en su caso se extendió con relativa fuerza desde el final de la guerra civil (1939) hasta 1944. Durante esos años se sucedieron obras a modo de retratos de cabezas de animales decapitados, figuras monstruosas, personajes femeninos durmientes, también naturalezas muertas, corridas de toros y otras, en las que se aprecia la huella del artista malagueño sobre la obra del asturiano. En esa estela, son muy importantes los expresivos trabajos de Fernández, llenos de violencia, pintados durante el convulso periodo de la guerra civil (1936-1939) y en particular asociados al fin de la contienda.

SECCIÓN 5 – POSCUBISMO 1944-1952
En 1944 Luis Fernández inició un nuevo periodo creativo caracterizado en lo formal por su adscripción al poscubismo. Con ello, conectaba con la tendencia que había alimentado la pintura de buena parte de los artistas españoles residentes en París desde los años veinte. También enlazaba con el movimiento al que, ya durante los años de ocupación alemana y sobre todo en los inmediatamente posteriores, dirigieron su mirada varios miembros de la Escuela de París. Su trabajo a partir de ese momento se caracterizó por un proceso de ejecución material de los cuadros articulado en siete etapas, cada una con su nombre: primera etapa, impresión, proplasma, encarnación, tercer boceto, cuarto boceto y quinto boceto. Al lado del componente material, se reconocía en ellas una dimensión simbólica, e incluso mística, que imprimía a su pintura una especie de cosmovisión total, desde principio a fin, y trascendente. Con esta manera de proceder, su producción se estructuró entre 1944 y 1952 en torno a tres grandes bloques temáticos: la naturaleza muerta, el retrato y el paisaje, este último pintado en las inmediaciones de Burdeos.

Vista de la exposición

 

SECCIÓN 6 – ETAPA DE MADUREZ. 1952-1970
En uno de sus manuscritos Luis Fernández dejó anotado que su etapa de madurez como pintor comenzó en 1952 y se extendió hasta 1970. Desde el punto de vista estilístico, ese periodo se caracterizó por el cultivo de una figuración de carácter constructivo, que él llamó «realismo plástico», apartada del informalismo en boga de la época y a través de la cual quiso aunar las grandes conquistas del arte del pasado con los logros del arte moderno, uno de sus grandes ideales. Para ello se basó en un concienzudo conocimiento de lo que denominó el método manual, intelectual y espiritual de la creación. Con las series de cuadros pintados durante sus dos últimas décadas de vida, Fernández desarrolló un proyecto que avanzó, progresivamente, hacia una depuración formal cada vez mayor. Así, en cada una de las pequeñas variaciones sobre un mismo tema que constituyen el fondo de esos trabajos, intentó extraer del asunto propuesto un nuevo acento que le permitiera ahondar más y más en su verdadera naturaleza. Interrogó repetidamente, en pos de su sentido último, a los mismos motivos, ni ideales, ni irreales, sino tan solo humildes. Estos fueron una rosa en el interior de un vaso, otra tumbada sobre una mesa, una calavera, una playa, algunos animales, un vaso junto a un trozo de pan, una pareja de palomas, etcétera.

SECCIÓN 7 – ETAPA FINAL. 1970-1973
El grado de síntesis y depuración formal que alcanzó Luis Fernández hacia el final de su vida llegó a su máxima expresión en una serie de obras realizadas entre 1970 y 1973. Marinas, lunas que se reflejan en el nocturno del mar, el sol que cae sobre el agua, siluetas de casas entre árboles, velas o rosas con velas fueron los motivos sobre los que volvió a concentrar su mirada, en un ejercicio de síntesis que puede entenderse como la recuperación definitiva de muchos de los principios y valores, tanto formales como compositivos, que practicó durante sus años vinculados a la abstracción geométrica, aunque sin perder, eso sí, el componente figurativo asociado al grueso de su producción. En esta obra final se sublima el anhelo de creatividad, concentración expresiva, espiritualidad, búsqueda de la belleza y perfección formal y conceptual que animó su trabajo a lo largo de toda su vida y que tiene como testamento artístico un último cuadro que reúne una rosa con una vela, símbolo la primera de la perfección, y la segunda de la capacidad del artista para iluminar creativamente su vida y la de los demás, con una luz a veces frágil, como puede ser la de una vela, pero que resiste siempre.

La exposición se cierra con la proyección del documental que en 1972, con motivo de la retrospectiva celebrada en París entre los días 28 de abril y 26 de mayo, el director Frédéric Czarnès le dedicó y que está rodada, en su mayor parte, en el domicilio que el pintor y su segunda esposa Yvonne compartían en el primer piso del número 7 de la calle Jacques Mawas.

Por último, la muestra cuenta, además, con la edición de un catálogo con textos de Alfonso Palacio y Javier Barón que estará a la venta a partir del sábado 24 de febrero, momento en el que la muestra quedará abierta al público. En torno a la exposición se desarrollará un amplio programa de visitas guiadas para todos los públicos, así como serán impartidas dos conferencias. La primera, impartida por el comisario de la misma, Alfonso Palacio, tendrá lugar el próximo 7 de marzo. La segunda, fechada el 26 de abril, correrá a cargo de Jorge Riechmann, quien ahondará en la figura de René Char y su relación con Luis Fernández.

Luis Fernández (Oviedo, 1900 – París, 1973) es uno de los grandes pintores españoles del siglo xx. A él se han dedicado desde su fallecimiento diversos estudios y exposiciones que permiten corroborar su gran importancia en el contexto de nuestro arte y, en especial, del desarrollado en París entre el segundo y tercer cuarto del siglo xx. Fue pionero de la abstracción geométrica a finales de los años veinte, cultivó un arte de síntesis en los primeros treinta, frecuentó el surrealismo y el picassismo entre 1936 y 1944 y se adhirió a un estilo poscubista entre 1944 y 1952. A partir de ese año, decidió apartarse y realizar una pintura à rebours de los tiempos informalistas que corrían, caracterizada por la búsqueda de lo absoluto mediante la ejecución de series de obras en las que repetía ciertos motivos (una rosa, un cráneo, una vista marina, un vaso de vino con un trozo de pan, animales de granja, un barco semihundido, unas palomas…) tratando de profundizar en su esencia y extraer de ellos nuevos y bellos acentos. Por otro lado, es autor de una importante obra escrita sobre los principios de la creación artística y su manera de entender el oficio de pintor, la mayor parte de la cual se recoge en sus manuscritos inéditos y en artículos publicados en diferentes revistas a lo largo de su vida.

Luis Fernández
Museo de Bellas Artes de Asturias
Edificio Ampliación, plantas 0 y -1
Del 24 de febrero al 26 de mayo de 2024