Audrey Hepburn en "Charade"

La nieve ha llegado finalmente a algunas ciudades. Muchas personas cuelgan fotos de paisajes nevados en sus redes sociales. Algunas de esas fotos poseen una belleza extraña y levemente inquietante. Pienso en la nieve y pienso en la infancia. Es inevitable. Aquel tiempo en el que nevaba cada invierno y en el que casi todo era recibido como un gran acontecimiento. Gorros, botas, bufandas, muñecos en los patios, rostros helados, alegría. Acontecimientos, descubrimientos. Y el calor de una mano que te agarraba para que no resbalases. Esa mano que ahora te corresponde agarrar con el mismo propósito, con nieve o sin ella. El contraste de ambas fotografías. Perfil y definición. Silencio.

Pienso en la nieve y pienso en algunas películas que marcaron los años posteriores a aquella infancia. En el significado que tiene en cada una de ellas. No tiene nada que ver el paisaje nevado de ‘Charada’, de Stanley Donen, con el de ‘El resplandor’, de Stanley Kubrick. El de ‘Fargo’, de los hermanos Coen, con el de ‘Julieta’ (aquel ciervo galopando en la nieve mientras los protagonistas tenían sexo en el interior de un tren), de Pedro Almodóvar. O el de ‘Aflicción’, de Paul Schrader.

Cada paisaje nevado adquiere un significado diferente en la historia que se narra. Paisajes amables, sofisticados, duros, terroríficos, metafóricos… Resistencia y delicadeza.

La nieve en los relatos de John Berger y en los de Alice Munro.

O en algunos poemas de Sharon Olds. ‘La materia de este mundo’.

La ventana de aquella casa desde la que se podían ver los campos nevados, la higuera desnuda, el humo espeso difuminándose en cielos invernales. A vueltas con la infancia.

La nieve que no cae en la última película de Isabel Coixet, ‘Nieva en Benidorm’. La incomunicación, la soledad y Sylvia Plath como una especie de Macguffin que recorre toda la historia. Y los silencios en los escenarios prácticamente desiertos de la ciudad, el aire desvalido de Timothy Spall, la rotunda presencia de Sarita Choudhury, la contenida sabiduría de Carmen Machi, la imponente voz de Pedro Casablanc y la mirada de Ana Torrent. Una mirada que encierra misterios, secretos, miserias, anhelos y resignación. Y una trama que los une a todos. Una trama que casi es lo de menos. Lo importante es el deambular de estos personajes por ese Benidorm casi tan fantasmagórico como la figura de la autora de ‘La campana de cristal’. Aquella mujer que, como apunta en sus diarios, vivió días felices (sin nieve) en la localidad en los años 50. Porque la película tiene la particularidad, y no es poca cosa, de poder imaginar a Plath en aquella playa, en aquella terraza frente al mar, en aquellas noches. Escribiendo, quizá, unas líneas en su diario, unos versos que luego descartaría, o dejando pasar el tiempo y perdiendo la mirada en ese sol que se refleja sobre el mar a primera hora de la mañana. Ese sol y ese mar que también son refugio para las heridas de estos personajes, que, sentados en esa playa casi vacía, esperan o ya no esperan nada.

“Lo que quiero son gruesas capas de mantas canadienses y un buen fuego. Y perros. Y noches frías, frías”. Sam Shepard.

Ovidio Parades es escritor
@ovidioparades