La compañía de Mark Morris en A wooden tree (Londres, 2013)

El próximo 26 de abril llega al entarimado del Teatro Campoamor el Morris Dance Group del fecundo coreógrafo estadounidense Mark Morris, con un centenar de obras en su haber desde que formara agrupación propia allá por 1980. La compañía arriba a Oviedo con cinco piezas bajo el brazo y ánimo de protagonizar una de las jornadas más exponenciales de todas las programadas para este año en el foso carbayón. Y así lo es, también, por números: en el programa general de mano la función viene significada como una de las más caras.

La compañía de Morris, de larga trayectoria internacional y con tablas mucho más que sobradas, ofrecerá una velada con coreografías de diferente formato y exposición: hay una pieza que es un paso a dos y otra, por ejemplo, en la que intervienen más de una veintena de bailarines.

Anunciada públicamente como una de las compañías más importantes del festival (“de primer nivel internacional”), la agrupación de Brooklyn recala en Oviedo en su única parada en España dentro de su gira europea. Los responsables de programación del festival han estado hábiles.

Digamos que, como personaje público, Mark Morris siempre ha tenido un dulce punto de excentricidad, aunque no todas las veces ha sabido gestionarlo bien. Sus apariciones en público, sobre todo en entrevistas en los medios audiovisuales, han dejado entrever esa postura, a veces un tanto exagerada. La de un creador que es capaz de hacer la noble y muy notable coreografía L’Allegro, Il Penseroso, ed Il Moderato (1988), en la que combina con buena holgura el necesario diálogo entre bailarín y música, con piezas que parte de la crítica no ha podido catalogar sino de aburridas. El Campoamor será testigo de lo que nos digan Words, Whelm, Excursions, Jenn and Spencer y Polka, todas ellas diferentes, aunque bastante recientes.

El autor estadounidense subordina la danza a la música; o lo que es lo mismo: la música siempre sobrelleva (o manda en) el bailarín. Y sea visto esto desde un ángulo más bien presidencialista; no es el caso, por poner un ejemplo, de Heinz Spöerli, con el que no puede comparársele. Uno hace música-ballet y el otro parece que la hace. Con todo y con eso, de las mejores composiciones que se conocen del estadounidense es la mencionada L’Allegro, Il Penseroso, ed Il Moderato, un excelente fresco, muy grácil en todas sus partes, sobre una muy acertada escenografía de Adrianne Lobel, bajo la inconfundible tutela musical de Händel, que para la danza siempre pega.

Pero, sobre todo, Morris es conocido por dos cosas: por haber trabajado mucho para producciones operísticas, una impronta en miscelánea que hibrida para bien (también con vicios) cosas con la danza, y por haber formado grupo (White Oak Dance Project, 1990) con uno de los mitos del ballet del siglo XX: Mikhail Baryshnikov, quien quedó muy impresionado, en una época concreta de su carrera artística, por la forma de plantear los espectáculos de Morris.

Esta de abril es la primera de las tres representaciones que veremos este año con música en directo, siempre de agradecer, y que para la ocasión correrá a cargo de Georgy Valtchev (violín) y de Colin Fowler (piano). Morris es un autor al que siguen numerosos aficionados al producto escénico, visto así de modo general, no solo el que se circunscribe al ámbito del ballet. Su público es mucho más amplio, más ecléctico. Como él.

Mark Morris Dance Group
Teatro Campoamor. Martes, 26 de abril, a las 20:00 horas.
Words, 2014
Whelm, 2015
Excursions
Jenn and Spencer, 2013
Polka

Yolanda Vázquez es periodista especializada en danza
@yolazmartin