Perder mi Fuji roja y amarilla fue un golpe durísimo. La fatídica decisión de salir esa noche en bicicleta había sido solo mía, aunque quisiera creer que había sido un espíritu doméstico y maligno el que había plantado la idea en mi cabeza con toda su mala intención ultramundana. Sin embargo lo realmente imperdonable, lo que me daba ganas de darle un puñetazo a la cara contrariada que me miraba desde el espejo, había sido la negligencia infantil con que le había puesto el candado a la bicicleta. Debido a mi prisa por entrar al Warsaw —justificable solamente por la ansiedad y por la sed, ya que había llegado con horas de antelación al toque—, en lugar de candar el cuadro entero de la bici junto con la rueda delantera, tal y como había hecho invariablemente desde que se la había comprado a un colega argentino en el año noventa y siete, solamente ensarté el rin de la rueda delantera con los brazos de la u de acero.

El argentino y yo trabajábamos juntos en la misma agencia de traducciones, en un edificio de Back Bay; él se especializaba en documentos legales, mientras que a mí por lo general me asignaban las tareas de redacción técnica (instrucciones para juegos de video, programas, interfaces, juguetes y hasta aspiradoras). Se llamaba Facundo, como el protagonista de cualquier chiste de argentinos, y era un fanático del ciclismo, de esos que usan traje entero de licra y zapatillas con clic para los pedales, incluso para ir al trabajo. (Para mí era como si a alguien que manejara se le ocurriera ir vestido con un traje de piloto de carreras a la oficina). Un día le manifesté mi interés por comprar una bicicleta y me ofreció la Fuji que él usaba para ir al trabajo casi todos los días. Me explicó que acababa de recibir las piezas para terminar de ensamblar su tercera bicicleta de carreras, y que su mujer comenzaba a reclamarle el espacio que le correspondía a ella en el apartamento que ocupaban en Brighton.

Al día siguiente le pagué al contado los trescientos sesenta dólares que pedía por la máquina, pero antes de dejarme ir me explicó exhaustivamente —con demostraciones prácticas seguidas de preguntas claramente planteadas para evaluar mi progreso en la asimilación de la información— cómo ponerle adecuadamente el candado, qué presión debían tener las ruedas (en verano y en invierno), cómo guardar los cordones en los zapatos para evitar que se enredaran con la cadena y toda una larga retahíla de normas y prácticas del buen ciclista. Todavía de vez en cuando recibía emails suyos, y nunca se olvidaba de preguntarme por su maquinita roja, así, con el posesivo delante. La próxima vez que me escribiera tendría que contarle que la había dejado escapar por pendejo, porque tengo una estrella negra en el culo que se alimenta de mi suerte.

Recuerdo que en una de las páginas del Moleskine había hecho un dibujo a lápiz de mi gacela de aluminio esbelta y silenciosa. Aquel dibujo —por el momento también extraviado, como el resto de mi diario— y la rueda huérfana abrazada al candado eran lo único que me quedaba de mi compañera mecánica. La pérdida, que en verdad apenas había tenido tiempo de asimilar, volvía a hacerme un nudo en la garganta. Quizá para una persona normal, es decir, para una persona capaz de conducir un vehículo motorizado, no importa de cuántas ruedas, sea difícil comprender un apego tan profundo a una simple bicicleta. Mi incapacidad para manejar —una rareza que, en mi caso, parece ser hereditaria como el daltonismo: mi abuelo materno tampoco manejaba— me había condenado a usar el transporte público en todas las ciudades en las que había vivido, una vida entera pagando taxis o apretujado con desconocidos en metros y autobuses. Fue mi Fuji roja la que me permitió saborear por primera vez, a los veintisiete años de edad, una libertad de desplazamiento cuya existencia ni siquiera había sospechado.

El dolor de la perdida eclipsaba por completo el pequeño triunfo que había significado averiguar el nombre de la jeva que me había robado el Moleskine. Ahora tenía aún más razones para querer recuperarlo. Tal vez entre tanta palabra y tanto garabato despechado e intoxicado aún viviese la silueta de mi Fuji roja, poseída por quién sabe qué clase de delincuente desconsiderado y sucio a aquella misma hora, mientras yo, tirado en la cama, abrazaba la rueda mutilada contra mi pecho sin importarme que me manchase la ropa y las sábanas. En algún momento el sueño debe haberme vencido en aquella misma posición, porque desperté a media mañana con los rayos de la rueda impresos en los brazos.

Pari Kirmani no tenía un espacio en Myspace, pero sí tenía su propia página de Internet, y no tardé en dar con ella. En el sitio, una página elegante con montones de espacio y un índice en una fuente tipográfica mínima, había varias fotos de su trabajo —collages hechos con retazos de diarios antiguos y cuadernos de bosquejos, hojas de libros escolares desmembrados, llenas de dibujos y notas marginales, organizadas en filas y columnas, varias cartas escritas por la misma persona ensartadas por una cuerda, todas con un agujero del mismo tamaño—, enlaces a un par de reseñas, un calendario breve de exposiciones y, lo más importante, un email para contactarla.

Supongo que por pura costumbre comencé a redactar el mensaje con el mismo tono complaciente y distante que usaba cuando quería persuadir a un cliente, pero al volver a sentir la perdida de mi bici como una punzada borré con furia lo que había escrito y escribí con más furia todavía lo siguiente:

Pari,

Sé con certeza que tienes mi Moleskine negro. Me lo tumbaste el otro día en el Diamond, en Greenpoint, esa misma tarde soleada en que te tomaste una birra con el mamagüevo de Sundeep.

Lo único que quiero es que me la devuelvas antes de que la conviertas en uno de esos esperpentos conceptuales que tienes la desvergüenza de enseñar en tu página web, y que no se te ocurra pensar que por tener un culo atómico y la misma cara de perrita que mi modelo de American Apparel voy a dejar que te salgas con la tuya.

Atentamente,

Soy bastante más cagón de lo que me atrevo a confesar, así que no pensaba enviar aquel mensaje. Solo se trataba de un ejercicio catártico, una descarga para aliviar el acceso de rabia. No contaba con que el frenesí verbal me arrastrase a pulsar accidentalmente la combinación de teclas que con un tintineo jovial enviaba el email a su destinatario. Cuando por fin pude admitir que había hecho lo que había hecho, me bajé las manos de la cabeza y comencé a componer un email disculpándome. Traté de explicar que lo había enviado por accidente, que solo era un chiste malo que me estaba contando a mí mismo, que no pensaba que las modelos de American Apparel tuviesen cara de perrita y que lo único cierto del mensaje era que quería era recuperar mi Moleskine. Seis veces volví a redactar la disculpa. En la última versión incluso añadí que no pensaba que Sundeep fuese un mamagüevo. Por último, se me ocurrió escribir ¡NO ABRAS EL EMAIL ANTERIOR! en el asunto. Cuando finalmente me atreví a mandarlo, recibí unos segundos más tarde el rebote de mi propio mensaje con una nota que advertía que mi dirección había sido bloqueada por el destinatario.

Camino al Diamond me pareció ver a mi Fuji roja debajo de cada ciclista, y con cada falso avistamiento el ánimo se me volvía a ir a los pies después de un breve subidón. Esperanza, indignación, decepción: un ejercicio agotador que elevaba mi sed a niveles insoportables. Para el momento en que me instalé en el taburete de costumbre y colgué el abrigo en el gancho debajo de la barra, cada célula de mi cuerpo reclamaba el oro líquido de los faraones. No tengo ningún problema en admitir mi alcoholismo, funcional o no, pero debo aclarar que se trata de una adicción excluyente. No soy de bebidas espirituosas ni de cocteles complicados, y, aunque me gusta, el vino me da acidez y dolor de cabeza. Lo mío —por si acaso la insistencia con que repito el sustantivo no lo deja claro— es la cerveza en casi todas sus variantes. He llegado a pensar que el secreto está en el lúpulo, que esa alegría cálida e inmediata que crece dentro de uno como la espuma en el vaso proviene no solo del alcohol, sino de la paradójica amargura de esas flores perfumadas, que al fin y al cabo son primas lejanas del cannabis. De modo que la razón principal de mi presencia en el Diamond —que acababa de abrir sus puertas— era mi pasión por la cerveza. Pero tenía otros motivos. El primero, celebrar el accidente que me permitió enviar el email que por falta de cojones yo nunca hubiese enviado, el segundo, amortiguar el dolor de la pérdida de mi bici y, el tercero, en caso de que ya se hubiese enterado y quisiera romperme la jeta, estar en un sitio donde Sundeep pudiese encontrarme ya ligeramente ebrio, no solo imbuido de alegría, sino de esa valentía natural que también asocio a la combinación de lúpulo y alcohol.

— Ahora ponme una pinta entera —le pedí a Jason después de vaciar de un trago el tubito que me había puesto en la barra a modo de saludo—, que anoche me robaron la bicicleta.

El vaso nuevo todavía estaba por la mitad cuando terminé de contarle todo el asunto, incluyendo, por supuesto, lo del email accidental a Pari Kirmani.

— ¿Y de verdad vas a hacer algo? —me preguntó sin levantar los ojos de lo que pasaba en la pantalla de su laptop—. ¿O te vas a conformar con haberle dicho mamagüevo a su amigo?

— Googlea la galería Vox Populi, en Filadelfia, y fíjate en el evento anunciado para el 2 de mayo.

Me asombró la rapidez con que la que Jason podía teclear, como los hackers de las películas.

— A las siete de la noche —dijo al cabo de unos segundos—, se inaugura DBinder, una exposición de Pari Kirmani. El evento es público y gratuito.

— Y a las ocho de la mañana, ese primer lunes de mayo, estaré yo en Penn Station con mis tickets para el Acela Express en la mano.

— Sabes que un Greyhound te lleva por mucho menos de la mitad de eso, ¿verdad?

— Cuando cumplí los treinta me hice la promesa de no volver a montarme en un Greyhound en mi puta vida.

Para el momento en que me terminaba la cuarta birra comenzaba a aceptar la perdida de mi bicicleta con una madurez que me sorprendía a mí mismo. Al final de la quinta, me embargó el optimismo, en parte porque gané dos partidas seguidas de shuffleboard que me compraron un sexto vaso de cerveza. Ya cuando terminaba la sexta comencé a desear en serio que apareciera Sundeep por la puerta del Diamond para decirle mamagüevo en la cara. Cuando regresé a casa, poco antes de la media noche, estaba seguro de que mi misión de rescate en Filadelfia sería un éxito. Además, el relato de su recuperación se convertiría en la continuación que merecía mi diario: el contrapeso necesario para tantas páginas de caos autocompasivo. Para cerrar la noche con broche de oro, visité la página de American Apparel y me hice un paja larguísima, cuyo clímax hice coincidir con la foto más reveladora de la modelo mexicana que se parecía a Pari Kirmani, en la que aparecía sentada sobre una mesa cúbica de acrílico transparente luciendo solo una tanga minúscula capaz de hacer eyacular a un maestro taoísta.

Me fui a la cama borracho y satisfecho, ya casi al alba, con la esperanza de que recuperaría mi diario más viva que nunca.

(continuará)

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José Miguel López es escritor y editor