Ilustración: Mónica Brand

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Podría hablar de mi relación con Máximo. Sería difícil, porque lo quise mucho, y doloroso, porque lo hecho muchísimo de menos. Sería, en fin, una tarea laboriosa y complicada, pero realizable o, sobre todo, concebible. Máximo y yo compartíamos, como mamíferos y machos de nuestras especies, un nivel de conciencia parecido. Por ejemplo, a los dos nos gustaba el jamón o salir a pasear o el olor de la ropa recién lavada. Yo leía sus muecas, de una elocuencia desgarradora, y él las mías. Yo quiero a su dueña tanto como él la quiso, aunque por respeto a su memoria y a la naturaleza de su especie deba arrojar una sombra de duda sobre mi certeza. Máximo era devoto de mi esposa. Tuve que pasar varias pruebas para entrar en su círculo, para que me aceptara como ese otro mamífero macho, un poco menos peludo y bastante más charlatán, que compartía el amor de su dueña. Resumiendo, y a sabiendas de que no deja de ser una osadía de mi parte, podría hablar con propiedad de Máximo y de lo que pasaba por su cabeza, de lo que sentía y lo que me decía con esa cara negra y besuqueada a la que le sobraba piel y ternura. Sin embargo aunque me lo propusiera, aunque ciertamente pudiera llegar a tener una relación emocional tan intensa con un árbol como la tuve con Máximo, jamás podría entender su nivel de conciencia, la velocidad de su inteligencia o la profundidad de su memoria. Podré hablar de la emoción que produce en mí su presencia, imaginar que agradece la lluvia y el sol de la mañana con diez mil castañuelas de esmeralda, o incluso que tal vez me quiere, que le gusta que me arrime a su sombra o que se sabe por mí adorado y que por eso parpadean sus hojas plateadas en las noches de luna llena. Pero jamás sabré a ciencia cierta lo que siente y mucho menos lo que piensa. Ni con setas ni con formulas ni con versos ni con embrujos. Ni siquiera con los mitos de antaño. Los árboles, como los espejos, como los dioses, saben más de nosotros que nosotros de ellos.

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Podría tratarse de una destreza perdida, un sacrificio en pos del desarrollo de la capacidad de nombrar, de codificar la sustancia de la realidad. Quizá cuando aún no teníamos palabras, cuando todavía mirábamos al horizonte sin atrevernos a bajar de las ramas, entendíamos mejor lo que sentían y pensaban los árboles. Tal vez entonces los árboles nos contaban todo lo que había que saber del cosmos, nos alimentaban con constelaciones y lunas, nos hablaban con mortal exactitud del sol y del aire y de los caprichos del agua, de la vida y ciertamente de la muerte. Al perder esa intimidad con los árboles, esa de la que aún gozan ardillas, perezas, turpiales, orangutanes, araguatos, águilas, ruiseñores, gatos, cardenales, perdices, al perder esa conexión directa, no verbal y vital con el universo, tal vez, creo que debo insistir, como una consecuencia inevitable de aprender a hablar, de comunicarnos por signos, de morder la rolliza manzana paradisíaca o chupar la pulpa del higo edénico, tuvimos que inventarnos los mitos y a través de ellos volver a conectar con el árbol como doble antena cósmica que se hunde en las profundidades de la tierra donde se ocultan los diamantes y sube a las alturas del cielo donde brillan las estrellas. Supongo que justo entonces comenzamos a sepultar a nuestros muertos en sus raíces y en sus troncos huecos. Decidimos que de su energía divina se alimentaba el sol, tal era nuestra devoción. Los coronamos reyes del verano y del invierno. Hicimos que nuestras columnas imitaran sus tallos y nuestros capiteles sus flores. Escuchamos el futuro en el rumor de sus hojas. Les dimos a sus espíritus nombres de mujeres. Con ingenuidad y con ternura, a partes iguales, los vestimos con nuestros atributos. Los convertimos en nuestros proveedores, nuestros protectores. Nos explicamos a nosotros a través de ellos y a pesar de todo lo que nos cuenta el árbol sigue siendo el misterio insondable, la incógnita concéntrica. ¿Qué piensa el tejo milenario junto a la iglesia centenaria, que siente el joven ciruelo en la arboleda susurrante, qué recuerdan el mango, el haya, la encina o el caobo? ¿A quién aman el samán, la ceiba, el peral, el jabillo? ¿Para quién baila la palmera? ¿Para las olas que trajeron su semilla de una playa al otro lado del mar? No lo saben los druidas, no lo sabe el piache, no lo saben los sacerdotes descalzos del oráculo de Zeus. Los árboles de la imaginación brotan de un ombligo colectivo. ¿Qué somos nosotros en la imaginación colectiva de los árboles?

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En una de las historias que compone el documental Trees, de HBO, una mujer habla sobre el día que se entero que habían cortado un cerezo sembrado por sus padres en la que había sido su casa, en el medio del bosque que la había visto crecer. (Ese es uno de nuestros deseos más profundos: que el bosque nos has haya visto). No pudo aguantar las lágrimas. Quienes habían cortado el árbol habían mutilado su memoria. Hace ya tres años escribía yo un artículo para El Anuario sobre la catástrofe que fue la desaparición del castaño americano. Tres mil millones y medio de historias, contadas y por contar, fulminadas en menos de cuarenta años. Allí hablaba de mi primer encuentro cercano con los castaños europeos, hace muchos años, en una aldea de veinte y pico habitantes en el concejo de Pravia. Para entender la magnitud de la tragedia americana, necesariamente dependía de mi relación con aquellos castaños de la aldea, de la historia que ellos contaban sobre nosotros, sobre mi familia, sobre mis afectos. Porque había sentido el frío de su sombra en la piel y el musgo de sus raíces en los pies, pude imaginarme el impacto emocional de semejante calamidad. Una noche que veníamos de regreso de no sé dónde —creo que no había pasado más de un año desde que había escrito ese artículo— encontramos el camino obstaculizado por las ramas de aquellos castaños.  La imagen me golpeó como la de un animal atropellado. Aquel verdor impúdico tirado en el camino, a la luz de los focos, aquel olor a savia fresca que todo lo impregnaba. Era igual que ver a un animal muerto y desgarrado. A la mañana siguiente, vinieron unos hombres a terminar el trabajo. Había mujeres también. De hecho, casi toda la aldea estaba ahí. Qué sabía yo de la vida de pueblo, me gritó uno antes de volver a encender la motosierra. En eso tenía razón. Pensé que en una época lejana le hubiesen dicho lo mismo alguien con la pretensión de hacer lo que estaban haciendo ellos, aunque a veces tengo miedo de que tal época nunca haya existido. A los pocos días vi que los leñeros de la aldea estaban todos llenos hasta arriba de leña fresca de castaño. Aquellos árboles no valían más para la gente de la aldea que el fuego que ardería en sus hogares y estufas. El castaño, se sabe, quema muy bien, igual que un baúl de recuerdos.

José Miguel López es colaborador de LaEscena y de eLAnuario
@joseloalter