Ilustración: Monica Brand

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La voluntad del árbol está escrita en sus ramas. En cuanto brota comienza a revelar sus secretos. Hoy la nieve los resalta en la rama desnuda, allí donde se hace visible el aire. Cada cambio de postura, cada circunstancia, cada decisión tomada a lo largo de sus vidas, por ellos mismos y por los demás, moldea su geografía. Como confiesa el árbol de la letra de ese antiguo danzón: Yo guardo siempre tu querido nombre./¿Y tú qué has hecho de mi pobre flor? La intimidad del árbol está escrita en sus raíces, en esa caligrafía aterciopelada que junto al micelio va narrando la historia secreta del bosque. Las setas son destellos de esa conversación subterránea, los frutos de acuerdos invisibles pactados en la oscuridad del suelo. En el bosque las decisiones son concertadas. El árbol urbano, en cambio, es un árbol solitario. Su psicología profunda, su individualidad secreta está subyugada por el cemento. Aunque en Caracas he visto las raíces de los cauchos demoler las aceras como si fueran terrones. En Nueva York he visto a robles y plátanos hacer lo mismo. En la voluntad del árbol hay desobediencia. Es la voluntad que se siente en el zarpazo de una ortiga. Tolkien imaginó esa fuerza a la velocidad de la guerra. Esa voluntad que muele las piedras es la que precede a la semilla. Una voluntad explosiva. Los frutos del jabillo, un árbol con la corteza cubierta de unas espinas como colmillos, caían sobre el asfalto del patio de mi colegio y estallaban como granadas en el silencio de los exámenes. Había también una mata de frutos redondos y pegajosos con una semilla de belleza mineral, unas bolitas de azabache de atmósfera verde y viscosa llamadas paraparas. El tronco de esta mata, un arbolito que no tendría más de tres metros de altura, se había tragado un pedazo de cerca para poder traspasarla. Las semillas de otro que crecía más abajo, quizás algún tipo de ceiba, eran miles de discos translucidos y diminutos, de bordes irregulares, como un huevo frito. El fruto era un estuche de leña alargado como un plátano. Al madurar se abría y eyaculaba una nube de semillas que volaban como lentejuelas espantadas por un disparo. Las cáscaras abiertas eran canoas de juguete. No sé si lo reconocía con ocho años mientras miraba la efusión centelleando en el cielo. Hoy en día no puedo recordarlo sino como un acto voluntario de aquel árbol.

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Yo he visto encarnizadas batallas en las laderas que bajan hacia las vegas del Nalón. Hordas de eucaliptos delgadísimos y jóvenes ganándole terreno a las hayas y los robles. Avanzadas de castaños filtrándose en las líneas enemigas y ofreciendo heroica resistencia. He escuchado los aullidos de estos altos soldados australianos mientras oscilan sus coronas de hojas curvas como dagas sarracenas, con sus crías de fieltro azulado creciendo a sus pies, ganando terreno. Allí se cruzan la voluntad vegetal, puro impulso vital, y la voluntad humana, puro impulso lucrativo. La resolución vertical y expansiva del eucalipto lo convierte en nuestro aliado involuntario. Hace treinta años me encontré con un cruce de voluntades distinto, en una caleta de arena blanca a la que solo se podía llegar en lancha, cerca del pueblo costeño de Chuspa, vi un árbol inmenso de corteza gris clara que crecía solitario en medio de la playa. Detrás solo se veía el follaje infinito del bosque que cubría el cerro que separa el mar del continente. Tan pronto hicimos pie en la arena nuestro anfitrión chuspeño nos advirtió de su sombra, un mapa amplio de tentadora frescura desplegado sobre la arena incandescente. La toxicidad de aquel árbol imponente era tal que hasta descansar bajo su copa podía ser perjudicial. La lluvia filtrada por sus ramas puede cubrir la piel de ampollas y quemaduras y su polen es capaz de desatar violentas reacciones cutáneas. Manzanillo era su balsámico nombre, por la forma de sus frutas, tan perfumadas y dulces como mortales. Para los pescadores de aquella costa constituía un punto de referencia como un faro: su tronco gris pálido resplandecía de lejos como una luna en la noche verde del bosque indicándoles hacia dónde enfilar la proa de sus embarcaciones. Se cuenta que los caribes los usaban como castigo, amarrando a las víctimas a su tronco y dejando que la lluvia y la potencia corrosiva del árbol hicieran su trabajo. También era un efectivo veneno para flechas. Esta alianza, sin embargo, no salvó al manzanillo de las campañas de exterminio que los diezmaron en toda la cuenca del Caribe. Confío en que a este de aquella playa edénica lo proteja su vocación de faro.

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A dos patios del nuestro había un magnolio que en primavera estallaba en colores azucarados. Su perfume olía a esas tonalidades y se demoraba en el paladar. Un vino de luz y aire: lila, blanco, amarillo. Un día a finales abril, después de una ausencia de tres o cuatro días, descubrimos que el árbol había sido talado casi al ras del suelo. El dueño de la casa era un hombre alto, hosco y solitario, de pelo blanco y abundante. Llevaba una gorra de veterano y lentes fotocromáticos. Mentiría si digo que la desaparición forzada del magnolio no me hizo detestarlo. A la primavera siguiente, del tocón al ras del suelo habían brotado docenas de ramas no más gruesas que un lápiz, cada una de ellas como una tea de flores. Una venganza realmente dulce que volvía a llenar el aire con su perfume. Al hombre se le veía poco. Pálido y silencioso solo salía para mover su camioneta los días de limpieza. Al año siguiente, habíamos olvidado la ausencia del enorme magnolio. Lo que había parecido un cadáver decapitado volvía a ser un árbol, de mucho menor envergadura y altura, pero tan exhibicionista e indiscreto como el que había sido cortado. Se volvió a llenar de estorninos, arrendajos azules y paraulatas que conversaban a toda voz de sol a sol. Unos años después, tres, quizá cuatro, el hombre decidió quemarlo químicamente. No sé lo que habrá usado: alguna especie agente naranja doméstico o simplemente gasolina. El hecho es que llegó la primavera y las ramas ennegrecidas del magnolio quedaron desnudas. El resto del patio se llenó de hierbas y arbustos. Al menos los pájaros siguieron cantando en sus ramas sin vida. Quizás porque necesitaba comprender y porque soy padre, pensé que aquel hombre vivía un duelo como el de Deméter. Alguna pérdida tremenda que los colores de las magnolias removían con crueldad y le hacían aborrecer la terquedad del árbol que cada primavera volvía a colorear el patio sin que la vida le devolviera lo perdido, al menos durante los meses de sol. Aún lo veíamos de vez en cuando, cada vez más frágil. A finales del año pasado ya no lo vimos más. Un día aparecieron visitantes, una mujer y un hombre más jóvenes que yo. Parientes, pensé. Al mes la casa estaba a la venta. Casi un millón de dólares pedía la agencia de bienes raíces por el terreno. Una cuadrilla de trabajadores vino a limpiar el patio y no dejó ni rastro de vida visible. Supongo que pronto demolerán la casa. La voluntad inquebrantable de aquel árbol durará lo que dure su recuerdo. Igual que la de aquel pobre hombre.

José Miguel López es colaborador de LaEscena y de eLAnuario
@joseloalter