Contemplar la obra de Rocío Osorio me hace pensar en el arte en su estado más puro, una pureza referida a la sencillez formal, a la desnudez y anulación de lo superfluo; son obras que se muestran ante el espectador sin enmascarar nada, desde su esencia misma.

Hablar de esencialismo y elementalismo en el arte actual podría parecer un recurso anacrónico, pero las corrientes históricas de vanguardia, procedentes del neoplasticismo, se pueden rastrear en las propuestas, que cargadas de connotaciones e interferencias, nos presenta Rocío Osorio en la Galería Caicoya. Este singular espacio expositivo es propicio para disfrutar y valorar obras que, como éstas, requieren cercanía e intimidad, algo que ya pude observar en las muestras de Teo Soriano y Jorge Flórez. Esto no sería posible sin la labor de su directora, Guillermina Caicoya, su interés por este tipo de iniciativas y, sobre todo, por brindar su apoyo a jóvenes creadores que, como Rocío Osorio, precisan darse a conocer y este empuje inicial.

Rocío Osorio estudió Grabado y Técnicas de Estampación en la Escuela de Arte de Oviedo, formación propicia para investigar en las posibilidades expresivas de técnicas y materiales, en lenguajes en los que la valoración y el conocimiento de procesos y procedimientos de gestación y ejecución son claves. Posteriormente realizó los estudios de Bellas Artes en Salamanca, facultad desde la que, en alguna medida, se sigue impregnando a los estudiantes de un culto a la materia y al color en sus múltiples manifestaciones, y que, poco a poco, el artista va desprendiendo por el camino, como en el caso de Rocío.

Observando la trayectoria de esta artista, especialmente sus propuestas de estos últimos años, advertimos su preocupación por la reflexión en torno al hecho artístico; en “Una pintura que no quiere decir nada. Una pintura que es” (Aire Centro de Arte, Santiago, abril-mayo de 2016), nos plantea con rotundidad una afirmación sobre la experiencia de la creación, valoración y entendimiento del arte, de la obra y su definición. Parece responder a un proceso de maduración que nace de la pintura-pintura y que transciende más allá de la forma. En la exposición “¿Quién teme a los objetos?” que ahora podemos disfrutar, tenemos piezas bidimensionales y tridimensionales pero es quizá, en las piezas en relieve que parecen despegarse, donde mejor se entiende el discurso plástico de la artista. Interesada por el mundo de la pintura en el campo expandido, observamos una búsqueda e indagación en los escurridizos ámbitos de la forma, técnica y el estilo.

Habitan el espacio piezas de pequeño formato, construcciones de maderas coloreadas que muestran mestizajes formales y que podríamos enlazar con un mundo libre de cánones ya presente en los ensamblajes azarosos de Schwitters pero, al mismo tiempo, por su carácter constructivo, nos aproximan al rigor y planitud estructural de los volúmenes de Georges Vantongerloo con toda la limpieza que caracteriza su plástica escultórica. Es precisamente en ese encuentro de referentes históricos y aportaciones actuales, en esa hibridación buscada, donde está el mayor interés de su trabajo. Está en el apropiacionismo, en la intervención en soportes preexistentes, en su descontextualización, en el encuentro de materiales ensamblados y policromados -con una personalísima elección de tonos que desprenden un aura singular-. Son “objetos” de una gran flexibilidad formal y conceptual, que se distancian de rigores y de purismos, acercándonos a la afirmación “nada es una obra de arte sin una interpretación que la constituya como tal” de Arthur Danto.


Rocío Osorio. ¿Quién teme a los objetos?
Galería Guillermina Caicoya
C/ Principado 11, Oviedo
Del 17 de junio al 29 de julio 2016
Más información: Galería Guillermina Caicoya

Santiago Martínez es profesor de Historia del Arte
saguazo@yahoo.es

Fotografías: Mónica de Juan