Llegamos tarde al concierto. Por lo menos, veinte años.

Yo, porque poco queda en mí de aquel adolescente que llevaba a todas partes la casette de Paco Ibáñez con tus canciones por la cara B. El amigo que me la grabó no creo ni que se acuerde. Luego se fue a recorrer América en una bicicleta. Lo he vuelto a ver, pero no hemos hablado nunca de ti. También me quedan lejos los días que te cantábamos en la cafetería del Milán. El que mejor lo hacía no ha perdido la voz ni el pulso en la guitarra. Quizá te cante a veces, no sé, yo le suelo escuchar en otros repertorios. Es un hombre del rock. Le gusta ese camino. Tampoco está ya en el salón la fotografía de Fidel en Sierra Maestra que compré en La Habana. Alguna mudanza la condenó al olvido en un trastero. Me cae, como te digo, un poco lejos. Hemos llegado tarde al concierto del domingo en Gijón.

Tú, porque ya no te pareces al de los discos de los noventa en que te conocí. Sé que es mi culpa, pero me gusta más cuando vas solo, cuando suena la voz y la guitarra para que hable el poeta. Por eso, justo al final, cuando te quedaste solo con Rachid López y cantaste La gota de rocío, me pareció, por fin, reconocerte. No me negarás que es difícil, debajo de la gorra, de la barba cana, la sudadera y los grandes auriculares descubrir al trovador que se estremece con las mujeres de fuego y sin embargo muy fácil imaginar al abuelo que se ha retirado a cuidar de su pequeño huerto.

Tampoco tu patria, Cuba, es ahora lo mismo que entonces. Y me gustaría preguntarte si acaso esa tierra sabe ahora, en este instante, exactamente qué es, dónde está. No diré que no me gustó Pequeña serenata diurna, el segundo bis, pero me pareció que estabas enojado por dentro cuando cantabas por fuera que eras un hombre feliz. Te acompañan músicos muy buenos. Nada malo diré de su arte. Niurka González, tu esposa, y por cierto que tampoco estabas casado cuando te escuché por primera vez, toca la flauta con maestría, pasión y audacia. Del trío Trovarroco ya cité a Rachid, pero tengo que decirte que Maykel Elizarde toca el Tres como un demonio prodigioso. Y el resto de los muchachos (piano, contrabajo, vibráfono y percusión) hacen una banda formidable con unas gotas justas de jazz fusión para tus melodías. No está mal. Pero me gusta más sin tanto aliño. Como me hubiera gustado que tus cuerdas vocales se pudieran permitir ciertos juegos. También, en eso, llegaste tan tarde como yo al concierto del domingo en Gijón.

Y a pesar de todo, Silvio, tengo que reconocer que tus versos siguen siendo capaces de lograr que tres mil almas parezcan seis mil cuando se ponen a corear un himno de despecho hasta elevarlo al terreno de la esperanza, que Ojalá funciona y estás vivo, como dijiste, muy bien, de García Márquez cuando contaste la anécdota del avión y alguien dijo “Viva Gabo” y tú replicaste que no, que “Vive Gabo”. Pero sí, te reconozco, decía, que tu público llegó temprano y estuvo como en misa. Que son capaces de latir dentro de tu corazón cuando te gritan que les llevas acompañando más de cuarenta años, cuando te corean el nombre de Martí o cuando rompen en un aplauso sincero al escuchar que “al buen revolucionario sólo le mueve el amor”. Con ellos no ha habido retrasos. Lo sé, ya te decía, Silvio, que la culpa era mía. Quizá la próxima.

Chus Neira es periodista
@chusneira