Se celebró la Noche Blanca. Asistí a sus eventos y luego tuve un sueño sobre la creación artística y sus alrededores. En él vi cómo unos niños prestaban una divertida atención a las obras y a las instalaciones expuestas en la Temporary Exhibition titulada “Lunario acobardado en tirantes ¡atómicos!”, de un emergente artista internacional con un apellido que comienza por Van o Von o Bin Bon Ban. Y cantaban deportivamente el apellido los niños mientras contemplaban estupefactos un envase de limpiacristales aparentemente vacío girando sobre un tocadiscos de los años sesenta, un envase con aplicador de gatillo que se proyectaba sobre la pared de la espaciosa sala aparentando un baile: danzaba el envase vacío pero veía en la pared –la magia de la luz y el movimiento‒ cómo danzaba en su lugar primorosamente un fredaster de nombre Baudrillard.

No desperté aún de mi sueño. Vi entonces, amonestando a los niños, apuntándolos con su halitosis y sus dedos temblorosos, a un ejército de señores y señoras que se lamían en otros las heridas propias. Lanzaban contra los niños sus amistades montadas sobre la nata, sus puñaladas logiosas vaporizadas con incienso, sus dobles sentidos, sus verdades a medias, sus mentiras piadosas. Aquel ejército era el de los del viejo tópico peligrosísimo de «yo no me caso con nadie». Los escritores eran adalides de una literatura más muerta que los pájaros que describen, que las luces que los alumbran, que las flores que huelen, que los viajes a Venecia para encontrar la muerte en cada canal, en cada corso. Los pintores, afanosos retratistas de rostros adustos y arrugados, paisajistas de lugares misteriosos y acuáticos, artistas menguados ahítos de formoles y de fórmulas. Los músicos, mediocres instrumentistas con raya al medio y clases particulares a domicilio, cantantes melódicos y de boleros, profesores de conservatorio con alumnos favoritos. Notarios, registradores de la propiedad, jueces de primera instancia, directivos cultos, médicos humanistas, funcionarios nivel treinta, jefes de servicio, jefes de negociado, jefes de sección, maestros, nosotros, vosotros, ellos y ellas, adictos al salón de actos de la caja de ahorros, a la casa de cultura, a la tertulia, a la exposición, al ágape de inauguración, al guateque guay. Reliquias sin valor. Aguas menores, aguas turbias, aguas fecales. Gurús de provincias, sumos sacerdotes de la nada, carne de calle dedicada en su ciudad, hijos predilectos, hijos adoptivos, hijos tontos. Infantes terribles, en fin, terribles, con las uñas desesmaltadas pero recortaditas y limadas con esmero, cutículas perfectas.

En mi sueño, los niños comenzaron a sacar de sus bolsillos y de sus mochilas crías de rinoceronte blanco, raciones de paella valenciana al estilo Jamie Oliver con chorizo y gambas congeladas, vulvas prehistóricas hermosamente delineadas, canicas que antes habían sido ojos de cristal, crines de animales extinguidos, limones azules y anormalmente dulces, interminables cuentos con un final en cada palabra, básculas para pesar la inanidad, carretes fotográficos con forma de píxel, lenguas en las que nunca se escribió el Quijote pero sí innumerables canciones de amor y juegos de palabras, instrumentos de viento construidos a nano escala e invisibles, por tanto, a la vista humana, legumbres y uvas sin hollejo. Mostraron los niños sus tesoros a la sala y comenzó la fiesta. Pusieron a los señores y a las señoras a jugar al corro de la patata, apocalípticos ya e integrados, superfluos a pesar de su arrogancia. Yo desperté del sueño, y a los pies de mi cama me interrogaba con sus ojillos glaucos una preciosa cría de rinoceronte blanco.

Javier García Rodríguez es escritor