Sostiene Sombrero que esta isla es mejor que cualquier otra isla literaria. Dice mi amigo que esta isla esconde tesoros que sólo una mente enferma puede imaginar y que por eso mismo, porque todos soñamos, todos podemos imaginar una isla con alma de criatura maravillosa. Imaginar una isla como ésta que nos ocupa, la de Okinoshima, que compite desde hoy con otras islas que bordean hace lustros el imaginario real y literario de los sueños. Es así, sostiene Sombrero, incluso aunque el sueño haya sido soñado por otro y por tanto la isla soñada no esté siendo soñada por uno. Si pronuncias Edgar Allan Poe en japonés suena parecido a esto, dice Sombrero: Edogawa Rampo. Y dice también que Edogawa Rampo es precisamente el pseudónimo de Hirai Taro (el Poe nipón por excelencia, nacido en 1894 en Nabari, prefectura de Mie, región de Kinki), autor de El extraño caso de la isla Panorama. Una novela que es isla al mismo tiempo y una isla amurallada de apenas ocho kilómetros de diámetro que contiene, sostiene, una novela descomunal de apenas ciento sesenta páginas.

Hay quien sueña con pequeños placeres y hay quien sueña con grandes paraísos terrenales. Proyectos de orden narcótico donde nada es lo que parece y donde todo parece extraído del manual de la gran utopía circense. Algo así, sostiene Sombrero, como la finca de Martial Canterel en el Locus Solus de Raymond Roussel o, si me apuras, como el Loro Park de Lanzarote. Allí, me explica, habita o habitaba una cacatúa feroz, con el pico cargado de dientes. Y aquí, en este parque de atracciones que se levanta sobre el violento mar de Genkai, existen criaturas que son bestias igualmente divertidas: ciempiés descomunales, luciérnagas marinas, algas como garras de patas de gallina y un besugo fosforescente (en peligro de extinción, seguramente) que se puede contemplar a través de un enorme tubo submarino. Ilusiones ópticas. Fuegos trucados de sospechosa permanencia, jardines caleidoscópicos y bosques en movimiento repletos de estatuas vivientes. Sirenas de pechos bañados en agua termal y bestias que se ríen a mandíbula batiente. Bichos sobre flores, flores sobre estanques y estanques de agua corriente en cuyo fondo bucean rapes como elefantes.

Todo forma parte de los oscuros engranajes de la isla Panorama o de la terrible maquinación de un granuja encantador, Hirosuke Hitomi, nuestro protagonista. Alguien capaz de trazar un plan truculento y ejecutarlo, alguien capaz de suplantar la identidad de un cadáver reciente. Un profanador de tumbas, sostiene Sombrero, un falso resucitado. Un tipo loco que tendrá que lidiar con las poderosas garras del crimen y que se verá obligado a crear una fantasía donde la fantasía ya doblegó a la imaginación. Un maniaco entrañable: el creador, el constructor que se arrojó por la borda para perseguir un sueño y consiguió verlo cumplido. Esa isla con alma rodeada por un mar traicionero. Su paraíso terrenal. Un mundo lleno de submundos variados dentro de un mismo panorama. Bella, perversa, perturbadora, sostiene Sombrero.

Así es la novela. Así es la isla que contiene la novela que guarda la ficción. Así es la ficción que guarda la novela.

Jorge Salvador Galindo es editor
@pezdeplata