El hombre más alto del mundo es, en realidad, un sueco de talla media, menudo y saltimbanqui, que le da al fingerpicking que no veas, gasta en púas lo que no está escrito, toca el piano razonablemente bien y va sobrado de cualidades vocales. El viernes empezó su gira española en el teatro de La Laboral con un concierto muy irregular, a ratos brillante, lleno de emoción y de garra y a ratos de una vulgaridad folky-pop muy indigesta. Y no me parece que el problema esté tanto en su nueva banda y todo lo que eso significa, como en cierta tendencia natural de Kristian Matsson al histrionismo y a la vigorexia cantautoril cuando se sube a un escenario.

Con una entrada bastante buena en el teatro de La Laboral (más de medio aforo) y mucha expectación entre el público para ver cómo se las gastaba Tallest Man On Earth, Matsson y los suyos saltaron al escenario mientras sonaba För sent för edelweiss (Demasiado tarde para edelweiss), bonita canción de desamor de inspiración tradicional de Håkan Hellström, una suerte de Bunbury sueco. Matsson entró pegando un brinco, de negro, pantalón de pinzas y camiseta,  bonitos botines y juego de pies entre púgil de 1908 y Chiquito de la Calzada en la buena época. Arrancaron con Wind and Walls, de su anterior trabajo pero crecida con la instrumentación del cuarteto que ahora lo acompaña. Destacan en la banda el trabajo del Bon Iver Mike Noyce (guitarra, violín y coros) y Ben Lester (dedicado en especial al constante pedal steel y en ocasiones al piano). La segunda fue 1904 y ya iban quedando algunas cosas medianamente claras: Matsson canta muy bien pero cae en ocasiones en cierta obscenidad de virtuoso. En la guitarra (una para cada ocasión: españolas, acústicas, telecaster, de caja) esa calidad técnica, aunque asombra, no se pierde tanto en fuegos de artificio. Su banda, como ya he dicho, está muy bien en los juegos de trenzado y destrenzado de Noyce y Lester, pero cojea un poco, para mi gusto, en una sección rítmica falta de las destrezas de sus compañeros. Y precisamente cuando bajaban de quinteto a trío, como sucedía en Wild Hunt, el recital pasaba del notable al sobresaliente. Lo otro que aprendimos es que a Matsson le gusta deshacerse de su púa con aspavientos cada vez que acaba una canción y que ese histrionismo (vale teatralidad) lo lleva también a la interpretación del repertorio.

Volvió la banda y algunas canciones del nuevo (como Sagres). Matsson reconoció que entre un montón de canciones tristes en el repertorio hay, al menos, una divertida. Y tocó Timothy, también de Dark Bird is Home. Metidos ya en la recta final del concierto, el chaval volvió a quedarse solo en el escenario en uno de los sets más interesantes, donde enlazó Thousand Ways con Little Nowhere Towns, el East Virginia de Joan Baez y Where Do My Bluebird Fly, ironizó sobre su cantidad de guitarras y tocó el piano con ese tempo acelerado tan suyo. Para acabar sonaron su celebrada King of Spain y la poderosa Black Bird is Home, piedra central de su último trabajo interpretada, esta vez sí, con la seriedad que requiere un texto de tanta pérdida y abrirse las entrañas. Los bises fueron The Dreamer y Like the Wheel, de sus primeros años, con experimentos de crooner de crucero la primera y corifeo de toda la banda en la segunda. En resumidas, un buen músico con buenas canciones que se pierde ocasionalmente en bufonadas y experimentos. Yo hubiera preferido un poco más de verdad y menos púas. 

The Tallest Man On Earth
Teatro de La Laboral, Gijón
Viernes 6 de febrero
Inicio de su gira española

Chus Neira es periodista
@chusneira