De acuerdo con una reciente directriz de Disney©, Dumbo es un cartucho de entretenimiento solo apto para niños con consentimiento adulto, al igual que Los aristogatos o Peter Pan. «Contiene retratos culturales anticuados» [1]. En Dumbo, concretamente, aparece un cuervo que se llama Jim Crow, igual que las leyes segregacionistas del Sur de los Estados Unidos vigentes hasta los años 60 del pasado siglo. Si yo hubiese sido un niño norteamericano, estoy casi seguro de que las connotaciones del Jim Crow de Dumbo se me habrían escapado por completo y hoy casi ni recordaría al personaje [2]. Pero que no lo recordase sería el verdadero motivo de preocupación: el racismo se presenta con tal banalidad, que uno ni siquiera lo advierte, lo metaboliza con completa naturalidad y el nutriente se queda dentro y actúa.

Vale, creo que consigo entenderlo. Pero me sigue quedando el regusto de la duda. ¿Por qué no cambiarle, sin más, el nombre al cuervo? Hasta se me ocurren buenas e instructivas alternativas: Allan, Poe o Allan Poe. Pues parece que no sirve, porque el texto original es inamovible. Recordemos la formulación del reconocimiento de culpa de Disney©: «contiene retratos culturales anticuados». Pues bien, esta curiosa fórmula va precedida de la declaración de que la película «se muestra como se creó originalmente», es decir, del único modo legítimo en que parece que puede mostrarse. Y esto es, creo yo, lo que realmente convendría mantener fuera del alcance de nuestros niños. Si de lo que se trata es de que se conviertan en adultos libres de cualquier tiranía, empezar por la tiranía de la reverencia al aurea benjaminiana, al autor prebarthesiano y, en general, a cualquier forma de fetichismo, no me parece mal inicio.

(No se me escapa el conflicto en que acabo de enredarme. Porque, en el fondo, lo que acabo de escribir aporta un argumento a favor de las campañas de woke-washing – FundéuRAE© no me ofrece nada mejor esta vez – de las que tanto se habla últimamente. Ya saben, lo de las reediciones de Roald Dhal, Enid Blyton, etc., depuradas de cualquier referencia o connotación racial, sexual o de género que pueda enturbiar la mirada limpia de nuestros niños y jóvenes. Sin embargo, no, no estoy en absoluto de acuerdo con el woke-washing y, sí, estoy al mismo tiempo en contra de la idolatría a la Obra. Y, qué le voy a hacer, no encuentro salida al dilema. Lo dejaré pasar.)

Yo, como imagino que muchos, sospecho que la declaración de Dumbo como ex-película infantil o película ex-infantil por parte de Disney© tiene también que ver con el fragmento más hermoso de la película, que, en mi modesta opinión, está también entre lo más hermoso de la historia del cine. Me refiero, claro, a la llamada «borrachera» de Dumbo, que de borrachera tiene más bien poco [3] y mucho, en cambio, de trance lisérgico [4]. Como se dice ahora, se comenta mucho en redes. Pero hay detalles en los que conviene entrar y aclarar. Me van a permitir que arranque mis argumentos con una cita de Albert Hofmann, ya saben, el descubidor de los efectos de la dietilamida de ácido lisérgico:

Viernes 19 de abril de 1943. Me vi forzado a interrumpir mi trabajo en el laboratorio a media tarde y dirigirme a casa, encontrándome afectado por una notable inquietud, combinada con cierto mareo. En casa me tumbé y me hundí en una condición de intoxicación no desagradable, caracterizada por una imaginación extremadamente estimulada. En un estado parecido al del sueño, con los ojos cerrados (encontraba la luz del día desagradablemente deslumbrante), percibí un flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos, formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos. Esta condición se desvaneció dos horas después [5].

La experiencia que Albert Hofmann data en 1943 es, bastante aproximadamente, la misma que vivió Dumbo en ¡1941! Hofmann había sintetizado la molécula de LSD-25 (dietilamida de ácido lisérgico, originalmente Lyserg-säure-diäthylamid) en 1938 en los laboratorios Sandoz (Suiza), a partir de un producto químico (ergotamina) obtenido a partir del cornezuelo [6]. De los efectos alucinógenos solo se dio cuenta cinco años más tarde, dos después que Dumbo, cuando supuestamente ingirió algunos restos que debieron de adherírsele accidentalmente en las manos.

Lo de Dumbo también parece que fue accidental. Su amiguito Ratón Timoteo y él, después de una caminata para visitar a la mamá de Dumbo, beben agua de un cubo en que ha caído una botella de champán de los payasos del mismo circo en que todos ellos sufren explotación laboral. Y así es como se nos hace creer que el «flujo ininterrumpido de dibujos fantásticos» y «formas extraordinarias con intensos despliegues caleidoscópicos» que experimentan a continuación son producto de tan curioso cóctel: agua achampanada. No cuela: toda esa transformación de una burbuja en un elefante de color rosa recursivo que acaba por convertirse en toda una banda de elefantes trompetistas, todo ese desfile de elefantes plagado de accidentes entre paquidermos de diferentes tamaños y colores disonantes, todo ese perderse en sus propias alucinaciones, todo ese trasiego de elefantes cerdos, elefantes fantasmas, elefantes gusanos, camas voladoras, elefantes boca arriba y elefantes boca abajo, elefantes que intersectan sus formas y sus colores, elefantes replicantes con los colores y rayados más chillones imaginables, toda esa transformación en una única masa de color que se convierte en un único color… ¿para qué seguir? Eso, amigos míos, no se consigue con Champín™. Como dice Ratón Timoteo al inicio de la escena: «no hay mal que el agua no cure». Sin duda, pero si contiene un poco de extracto de cornezuelo, más fácil aún. ¡Ay, qué pillines, los colegas payasos de Dumbo y Timoteo! Claro que esto no lo sabe un niño, pero sí los adultos acompañantes, que alguna vez habrán alternado, si no combinado, el agua con el champán, digo yo. Yo creo que es buena idea aprovechar la peli para explicarles a los nenes que no deben esperar nada así de sus primeros cócteles callejeros, que estarán a la vuelta de la esquina, que a lo mejor algo de todo esto explica la pulsión adolescente por los combinados etílicos low cost [7].

Bueno, ahora un poco más en serio. Lo verdaderamente interesante de la historia es cómo acaba: los dos amigos se despiertan del trance subidos a un árbol. Entonces, Ratón Timoteo tiene una iluminación, uno de esos raros momentos ¡eureka! que uno tiene en su vida [8]. Si están en la copa de un árbol… ¡Dumbo puede volar! ¡Es un verdadero auriplano (sic)! Dumbo ya puede ir despidiéndose de toda esa historia de pérdida, frustraciones y complejos. Es un ser especial.

Pues bien, esto que tan expresivamente refleja Dumbo en 1941 es en lo que andaban metidos los primeros científicos de la psicodelia por esas mismas fechas: una metódica investigación dirigida al empleo seguro de sustancias alucinógenas para el tratamiento de esquizofrenias, depresiones resistentes a tratamiento o adicciones, bajo el supuesto, al que apuntaban numerosas observaciones anecdóticas, de los robustos efectos a largo plazo de algunas sesiones de experiencia psicodélica bajo control facultativo. Podríamos llamar a este episodio de la psiquiatría moderna la «búsqueda del efecto Dumbo».

El primer informe sistematizado en este sentido data de 1950 [9]. Y, quién sabe, tal vez Dumbo fue pensada en algún momento como una especie de lanzadera publicitaria a favor de lo que ya era, pero aún no se llamaba, la psiquiatría psicodélica. Sería bonito que así fuese, porque la psicodelia era indiscutiblemente vista como una vía para la humanización de los tratamientos a las enfermedades mentales más resistentes a cualquier tratamiento, es decir, alternativas a las inmersiones en agua fría, bombas de insulina, electrochoque… Lo de los retratos culturales anticuados (aka racistas), ya digo, se puede corregir cambiando de nombre al cuervo o cortando algunos segundos al metraje de la peli [10], que tampoco pasaría nada (¿o sí?; ya digo, no acabo de verlo claro).

La maravillosa escena lisérgica de Dumbo tiene banda sonora, «Pink elephants on parade» [11], una pieza orquestal absolutamente previsible, que poco añade de interés a la escena. Al contrario, nos empuja a verla como la perfecta ejecución de una coreografía que no concede el mínimo detalle a la improvisación, como si todo hubiese sucedido de antemano en la mente del coreógrafo, de los compositores de la pieza, del director y componentes de la orquesta y de un equipo de bailarines que lo hubiesen ensayado todo milimétricamente hasta la saciedad. Todo lo opuesto, en fin, al fluir absolutamente vivo y espontáneo que se le supone a una experiencia como la que viven Dumbo y Timoteo.

Por suerte, hay formas de repararlo. Una es ver la escena acompañada por alguna versión más provocadora de la misma composición. Por ejemplo, la de Sun Ra and His Arkestra [12], que sin remediar del todo el ajuste milimétrico entre lo que se ve y lo que se oye, excita mucho más el oído y refresca absolutamente la visión. Otra, respetar el estilo circense de la pieza original, pero darle cambiazo por algo más rompedor con relación al curso narrativo de las imágenes y así mejor ajustado a la ilógica del conjunto. ¿Las suites de jazz de Shostakovich? Por ejemplo. Otra más, que cada cual ponga en su reproductor musical lo que tenga más a mano o lo que se le ocurra en ese momento. Y que el azar obre. Y una más, verla desprovista de cualquier sonido externo y dejarse llevar por la imaginación musical.

Mientas me decido, yo sigo contemplando con admiración y envidia el sueño lisérgico de Dumbo, como quien contempla el orgasmo fingido de Meg Ryan en Cuando Harry conoció a Sally, a la espera de que se acerque el camarero para poder decirle: «Tomaré lo mismo que el elefantito».

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[1] Cuestiones que, por cierto, denunciaron hace medio siglo (1972) Ariel Dorfman y Armand Mattelart en Para leer al Pato Donald. Comunicación de masas y colonialismo, cuya reedición más reciente es de 2022 (Siglo XXI) y que sigue siendo más que digno de ser (re)leído.

[2] Los niños españoles lo vimos con el nombre de Cuervo Jim y no nos enteramos de nada de esto. Pero ¡atención!, Cuervo Jim fumaba puros en pantalla. Estas cosas también dejan huella y los padres tienen la responsabilidad de administrar con prudencia a sus hijos estímulos tan perturbadores.

[3] Siendo justos, hay una acepción de «emborrachar» en DLE™ que reconozco que podría servir como aproximación válida de la ensoñación de Dumbo, concretamente la 4.: «Dicho de los colores de una tela: mezclarse y confundirse por efecto del agua o de la humedad».

[4] Doy por supuesto que todos conocen el significado de «lisérgico», aunque pocos su etimología. La proporciona DLE™ y la facilito aquí. No se la pierdan: «Del ingl. lysergic [acid] ‘[ácido] lisérgico’, de lysis ‘lisis’, ergot ‘cornezuelo’ e –ic ‘‒́ico’». «Cornezuelo» tanto puede ser un pequeño hongo como la variedad de aceituna también conocida como cornatillo o cornicabra. Salvo que nuestros aceituneros altivos nos oculten un gran secreto, la cosa va más bien por lo primero. Debo decir que también me interesa mucho la tilde sobre el guion en la representación del sufijo «‒́ico».

[5] Fragmento del informe al profesor Stoll. Vid. Albert Hofmann, La historia del LSD. Cómo descubrí el ácido y qué pasó después en el mundo, Gedisa, 2013 (versión original de 1979).

[6] Vid. supra, nota [4].

[7] FundéuRAE© opina que «barato, económico, de bajo coste o de bajo costo» son alternativas preferibles a mi grosero anglicismo. Que cada cual escoja.

[8] «Del gr. εὕρηκα heúrēka ‘he hallado’, perf. de εὑρίσκειν heurískein ‘hallar’». Fuente: por supuesto, DLE™.

[9] Anthony K. Busch y Warren C. Johnson, «LSD 25 as an aid in psychotherapy», Diseases of the Nervous System 11, 241-243, 1950.

[10] No puedo dejar de pasar por alto esta especie de sinestesia, tan psicodélica, que hace que en el cine los segundos midan la longitud o los metros el tiempo.

[11] Composición de Oliver Wallace (música) and Ned Washington (letra), e interpretación de la big band The Sportsmen.

[12] En el álbum tributo Stay awake. Various interpretations of music from vintage Disney Films (1988).

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo