Antonia Mercé. La Argentina. Bronce de Telur

PRIMERA LECCIÓN

No es el espejo el que nos dice cómo envejecemos. Es la pérdida de aquellos que, cercanos o lejanos, compartieron el escenario de la vida con nosotros. Ese escenario compuesto por un reconocible espacio, que podríamos recorrer a ciegas, a través de todos aquellos sonidos, palabras y músicas que escuchábamos, y por el halo de los seres que por él transitaron, hombres, mujeres, niños… Y parecidas esperanzas.

Cuando advertimos que se van yendo, sabemos que está más cerca “nuestro alzar el vuelo, sin alas, sin ojos, sin cuerpo” (Elías Nandino).

Acaba de dejarnos Franco Battiato, un juglar de universal elegancia, que dibujaba un caminar “de la sombra a la luz”. Siempre me pareció advertir en él el deseo de fundir su puñado de canciones con las melodías más antiguas del mundo, buscando generosamente hacerlas una sola canción. Consciente de que el final se acercaba, en un acto ejemplar, volvió al lugar donde había nacido, y lo afrontó con inusitada valentía. Como testamento, una eterna invitación al mundo: “Voglio vederti danzare…”

Sabemos que la danza es el lenguaje oculto del alma. Que la catarsis que conlleva, repara las heridas del pasado. Que es contenedor mágico de música; de pintura y escultura, y de poesía, ya que sirve para expresar lo que está demasiado profundo para alcanzar la palabra que no existe y define la canción del cuerpo. La danza es, al final, “metáfora del mundo” (Kristy Nilsson).

SEGUNDA LECCIÓN

Si hay algo de lo que me siento orgullosa en mi vida, es de haber reivindicado el nombre, desconocido públicamente hasta el año 2006, de mi abuela paterna, María Pérez-Peix, alias “Telur” (1879-1972), y que hoy conste en la Historia del Arte como una de las mujeres escultoras de mi país, junto con Eulalia Fábregas, Eva Aggerholm, Pilar Calvo y Helena Sorolla; todas ellas, pioneras, que intentaron hacer en el siglo pasado una carrera artística profesional.

La obra de “Telur” era desconocida fuera del ámbito familiar, incluso para expertos en el arte de preguerra, como Juan Manuel Bonet. Estuvo, primero, negro sobre blanco, reconocida en la tesis realizada por Raquel Barrionuevo, Escultoras del S. XX. Reexistencias. Después, en la exposición que en aquel 2006, con el mismo título, se mostró en el Convento de Santa Inés, de Sevilla; para, luego, venir al Centro Cultural El Águila, de Madrid. Raquel Barrionuevo, en todo momento, me tuvo a su lado.

Nuestra intención principal fue homenajear a aquellas mujeres que, sabedoras de que su obra sería anónima en el mejor de los casos, o destruida en el peor, persistieron a pesar de todo en el quehacer hermoso y difícil de esculpir. Quiso ser un intento de corregir el anonimato establecido y un acto de justicia a todas ellas.

Mi abuela María, una pequeña mujer de apenas uno cincuenta de altura, fue un referente que iba a penetrar en mí por encima de su propia voluntad, ya que, a pesar de su fuerte personalidad, jamás se reivindicaría a sí misma como “nada” en los 93 años que vivió. Algo sorprendente.

La primera atracción que sentí por ella, se debió a su aspecto físico, alejado de lo que tradicionalmente teníamos asumido entonces que debía ser una abuela. Rubia, con el pelo corto, vestida de colores, siempre en elegante graduación, “foulards”, estolas de piel, sombreros y… tacones con plataforma, de los que no se bajaba, intentando, supongo, compensar su pequeña estatura.

Fumaba con boquilla y se expresaba mezclando términos en francés, soltando a veces afirmaciones asombrosas y sorprendentes para mí, de la índole de: “Yo, la única agua que bebo es el té de las cinco”. Junto a otras muchas expresiones incomprensibles entonces para aquella niña de 9 o 10 años que era yo.

Y, por último, y lo más extravagante: ¡Vivía en hoteles! Enérgica de voz y de palabra, y bastante autoritaria, empecé a sospechar cuánto debía esconderse tras su extravagante personalidad, que hacía que mis amigas me preguntaran sin cesar: “¿Tu abuela es francesa?”

El tocador de su dormitorio conformado por frascos, cajas de distintos tamaños, cremas, polveras, brochas y demás objetos difíciles de adivinar en su función, más el despliegue que ejecutaba en su acicalamiento, que acababa con la puesta final de joyas de extraordinario diseño, eran atracción fatal para aquella niña que estaba a punto de entrar en la adolescencia.

“Presumida desde la cuna”, como aseguraba mi madre de mí, lo que es verdad y no me importa confesarlo, mi abuela se convirtió, desde entonces, en el primer referente estético, que deseé profundamente emular.

Poco a poco, supe que aquello no era más que el envoltorio de la fascinante y fuerte personalidad que iría descubriendo en ella con el tiempo. Su fortaleza de carácter le había ayudado a afrontar los hechos difíciles que constituían su peculiar biografía.

Perteneciente a la alta burguesía catalana, dedicada al negocio textil, creció desafiando las convenciones y lo que de ella se esperaba. Estudia pintura y música, habla tres idiomas y es una deportista nata, ya que monta a caballo, juega al tenis y cruza a nado el puerto de Barcelona, como si fuera un largo de piscina, ante el asombro de los suyos.

Se enamora de un bohemio escritor, algo inadmisible para su padre, pero, a pesar de la negativa frontal de la familia, decide casarse con él. Es el catalán de origen cubano, apasionado, inteligente y creador, como ella, llamado Eugeni Ors. Oficia de padrino, el poeta Joan Maragall.

Con Eugeni, comienza para ella una vida nómada y económicamente inquietante: París, Barcelona, Ginebra o Madrid, estarán en su día a día. Es entonces cuando va a realizar, con su cámara Hasselblad, la mayor parte de las fotografías de Eugeni, Xènius, conocidas posteriormente. Toca la guitarra española recibiendo clases de Andrés Segovia, pero termina por abandonarla, ya que sus continuos ejercicios impiden la concentración de Eugeni d’Ors…

Decide comenzar a esculpir y lo hace bajo la tutela de Josep Clarà, y en el taller de éste. Hasta que trasladan su residencia a París. Allí acude diariamente al Louvre a tomar apuntes, que la llevarían, primero a un clasicismo puro en su trabajo, para derivar, después, hacia un estilo más personal de formas estilizadas y expresionistas.

Consigue algo imposible, un permiso para asistir al taller de Auguste Rodin, experiencia interrumpida por un nuevo cambio de residencia, con regreso a España.

Aunque la obra que dejó es pequeña en número, una treintena de piezas, no lo es en calidad. Llega a realizar tres exposiciones individuales entre los años 1930 y 1934. La primera, en París; la segunda, en Barcelona, en las Galerías Layetanas, y la tercera, en el Lyceum Club, centro feminista de Madrid.

Su divorcio nos fue ocultado a los nietos, hasta que irremediablemente empezamos a escucharlo fuera del hogar. Fue el primer divorcio de la República, llevado por el despacho Garrigues.

Los tres hijos se colocaron al lado de la madre ante el injusto hecho de las infidelidades paternas, y, aunque no hubo ruptura total, las relaciones afectivas se distanciaron considerablemente.

Retrato de la escultora  María Perez-Peix, Telur. Tratamiento digital realizado por Paico

 

Tengo que confesar con pena que, a pesar de contar con cuatro años a la hora de la muerte del escritor, no poseo ni una fotografía en brazos de mi abuelo.

María, que había sufrido la infidelidad de un padre, nunca pudo perdonar las infidelidades de su marido, lo que la iba a llevar a afrontar finalmente una vida en soledad, pues sus hijos iniciaban ya su propio vuelo y su vida.

En plena contienda civil, es detenida y llevada a una checa, donde se le sometió a una luz permanente en los ojos, noche y día, lo que terminó por ocasionarle problemas graves de visión en el futuro. Su amiga María Mijailova Fidelman, esposa de Juan Negrín entonces, consigue finalmente sacarla de allí. Su único delito fue seguir llevando el apellido D’Ors, porque siempre fue María d’Ors.

Se refugiaría primero en la embajada de México, para después huir en un camión de mercancías, escondida dentro de un saco de patatas, a Francia. Atravesó la frontera camino de Marsella donde permanecería hasta el final de la contienda, regresando después, primero a San Sebastián y luego a Madrid.

Intentaría entonces restablecer una cierta vida familiar con alguno de sus hijos. Su hijo mayor, Víctor, arquitecto, pudo ser rechazado de antemano, ya que el parecido físico con su padre, y sobre todo su deriva de seductor incansable, le recordaría, supongo, su propio fracaso amoroso.

Decidió intentarlo con el hijo pequeño, Álvaro, que sería el catedrático de Derecho Romano más joven de España con veintiocho años. La familia consideraba que había sido el más perjudicado por la separación, ya que en el momento de la ruptura contaba trece años, decidiéndose por ello, para protegerle, internarlo en un colegio. Este hecho conformaría para siempre la radicalidad moral de este hijo pequeño.

Fracasado su intento con Álvaro, quiso, por último, establecer una relación sólida con su hijo Juan Pablo, el médico, al que ella llegó a llamar “mi marido espiritual”. Juan Pablo, por su bondad, jugaría siempre un papel conciliador, no solo entre los dos hermanos diametralmente opuestos, sino también como puente entre ellos y su padre, ya que él se ocuparía de la salud del escritor hasta su muerte, ocurrida en 1954.

Pero, tras un tiempo de convivencia, Juan Pablo se casó, y abandonó el hogar materno. En estas circunstancias, María se sintió en un “exilio interior”, y como tantos exiliados intelectuales y artistas de la Europa de entreguerras, terminó, de la misma manera, como nos cuenta Mercedes Monmany en su emocionante libro Sin tiempo para el adiós, viviendo en hoteles.

También, habitando los cafés hasta la noche, formando junto a tantos esa hermandad de huérfanos cuya supervivencia es siempre difícil. Tanto aquí. en Madrid, en el Café Gijón, como en Santiago de Compostela, en el café de los estudiantes, cuando visitaba ocasionalmente a su hijo pequeño, su presencia era mítica, como he sabido después. En Madrid, junto a otras mujeres como Enriqueta Echevarría, esposa del pintor Juan de Echevarría, o María Quero, pianista y amante de Andrés Segovia.

Conservo tres pequeñas agendas de piel con su letra picuda y difícilmente legible, con señas y nombres de fieles amigas y amigos del mundo, de ciudades como París, El Cairo, Berna o Buenos Aires.

Ella siempre se llamó María d’Ors, como la exmujer y biógrafa de Stefan Zweig fue Friderike Zweig. Así que supongo que firmaría las palabras de André Breton: “Todo cuanto alguna vez amé, haya podido conservarlo o no, lo amaré siempre”.

Al final, su poderosa resistencia física y moral, y su independencia, solo pudo ser vencida por lo único que podía conseguirlo, habiendo superado ya los 80 años: la paulatina pérdida de la razón. Fue acogida por mi padre, en su consulta residencia, y atendida, sobre todo, por mi madre María Luisa Führer.

Mi madre, una mujer que, también por amor, abandonó su puesto como investigadora, en la Academia de la Lengua, al lado de Dámaso Alonso, haciendo exclamar a éste: “¡Hemos perdido una gran filóloga!” Cosas de antaño. El amor hoy, no tiene prestigio social. Solo es considerado una debilidad.

Fueron años duros. La pérdida de su libertad produjo en María una primera reacción de gran violencia, que hubo que canalizar con paciencia infinita. Pero antes de esta lógica respuesta, y en sus plenas facultades, jamás la oí quejarse de su suerte, ni personal, ni artística. Jamás presumió de lo hecho y logrado.

Cuando en el artículo “Solidarias sin nombre”, de septiembre del pasado 2020, en LaEscena, hablé de la convicción de que, de alguna forma, las mujeres habían formado parte silenciosa de la creación artística, pensaba en ella. Porque “Telur”, como seguro tantas otras, prefirió poder vivir el hecho artístico de la creación no importándole su seguro y eterno anonimato futuro.

Este fue el primer regalo que me dejó, sin saberlo. El segundo, inesperado, tendría lugar a través de la herencia de la sangre. Unas llamas del sagrado fuego de Prometeo iban a pasar a mis manos. ¡Me estremece pensar hoy que las suyas habían sido estrechadas por grandes como el potente Clarà o el inmenso Rodin! ¡Qué privilegio! Jamás pude hablarlo con ella, porque jamás supo ella, ni yo, que la seguiría en el intento de esculpir.

Poco antes de sumergirse en el mar del silencio en que vivió sus últimos largos años, aún recibí otra lección. Una tarde, en una de mis visitas, en las que nos turnábamos los hermanos con el afán de estimularla, me senté a su lado, saludándola. Me miró y preguntó: “¿Tú quién eres?” Le contesté: “Soy Esperanza, la hija de Juan Pablo”. Me miró sorprendida, sonrió, y negando con la cabeza, dijo: “¡Qué disparate, si mi hijo Juan Pablo es un niño!”

En la denodada lucha contra el extravío, todavía somos capaces de instalarnos en el más pequeño recodo de algún feliz momento. Como escribe Juan Gelman: “Bailemos nuestra danza, contra las clausuras de la nada”.

TERCERA LECCIÓN

Un veintiuno de mayo, de 2011, ante la puerta del paritorio de la clínica de La Milagrosa, de Madrid, un padre primerizo y unos abuelos igualmente primerizos, aguardan el final de un esperado nacimiento.

“La espera”, escribe Jorge Urrutia, “es un tiempo lleno de inquietud o de impaciencia. Pocas situaciones alteran más el cuerpo que la espera. Notase un cambio en el ritmo cardíaco y eso modifica todo. En esas ocasiones se sabe que el corazón existe. La espera es un tiempo lleno de latidos.”

Al fin, se abre la puerta. Aparece la enfermera, arrastrando la transparente cuna, hacía la cual nos abalanzamos. ¡Es ella, nuestra Olaya! Aquella diminuta criatura –no lo creería si no llevara todavía hoy una imagen de aquel instante en el móvil de mi bolsillo–, envuelta toda ella en un hatillo de sábanas, abre los ojos, y en un colosal esfuerzo, rompe el orden de su textil aprisionamiento, saca los bracitos desnudos, y con sus manos espectacularmente abiertas, escenifica ante nuestros asombrados ojos, la más hermosa danza de la vida. “¡Aquí estoy!”

Es posible que la vida no sea la fiesta que todos esperamos, pero mientras estemos en ella deberíamos bailar.

La danza de Salomé. Dibujo de Esperanza d’Ors

 

Esperanza d’Ors es artista