Vista de la exposición / FOTO: IRMA COLLÍN

La pintura de Elías García Benavides ha evolucionado hasta nuestros días sin perder un ápice de su fuerte personalidad. Desde su primera exposición individual en 1972, en la Galería Tassili de Oviedo, ha mantenido y consolidado con el tiempo aspectos técnicos y formales como el culto a la materia y un singular tratamiento del color. Sus obras, que frecuentemente se han identificado con la corriente Informalista, incorporan un lenguaje sígnico muy acentuado, en el que las huellas, las grietas y las incisiones, enigmáticas y sugerentes, gozan de un gran protagonismo.

Unido desde hace años, personal y artísticamente, a la ciudad de Venecia, su trabajo ha venido experimentando una lenta pero decidida evolución. Sus obras, sin perder su intensidad y presencia física características, se han tornado más fluidas y han roto sus fronteras matéricas y cromáticas. Lo telúrico, también significativo en este autor, encuentra su equilibrio en lo atmosférico y en una especial presencia de reflejos y efectos especulares provocados por el agua. Comentaba Rubén Suárez en 1994, a propósito de sus pinturas venecianas: «Son imágenes que nos conmueven, llevan en su materia el mensaje que presagia el nacimiento de un paisaje que está a punto de sernos revelado» (1). Y ciertamente, en esta apreciación del crítico de arte se ocultan aspectos esenciales; son paisajes emocionales que evocan atardeceres, anuncian tormentas o preceden a ciertos fenómenos naturales, situaciones posiblemente vividas, que el autor ha interiorizado y traducido al lenguaje pictórico.

Elías García Benavides pertenece a una genealogía artística muy especial, atraído por la capacidad de seducción que posee la naturaleza y por captar experiencias efímeras vividas en ella. Enlaza con una larga tradición pictórica que desde la sensibilidad pura es capaz de expresar experiencias vitales que quedan retenidas en sus lienzos. Han sido muchos los que han plasmado esos momentos fugaces, y todos desde un espíritu romántico que surgió con la libertad expresiva de los paisajistas ingleses, como John Constable y William Turner, y llega hasta la pintura atmosférica de Campos de color de Mark Rothko.

Su obra es sentimiento puro transformado en materia pictórica, estilísticamente se halla próxima a la expresión «abstracción lírica» y técnicamente se acerca a lo que en su momento el crítico francés, Pierre Restany llamó Nueva Realidad de la pintura, con un nuevo enfoque perceptivo de lo real a través de su materialidad, y que agrupó a artistas informalistas en cuyas propuestas entra en juego el gestualismo, como Georges Mathieu y Pierre Soulages. Al igual que en estos creadores, la espontaneidad ocupa un papel fundamental en la gestación de las obras, e incluso el inconsciente, subrayando el valor del proceso, del acto físico de pintar. En este ámbito hallamos también su relación con el automatismo propio de los surrealistas y sus diversos experimentos plásticos, como el frottage o el grattage, técnicas también presentes en nuestro autor.

Cuando contemplamos sus obras se advierte cómo las potencialidades expresivas de la materia pueden manifestarse de múltiples formas. Desde la experiencia y el enorme bagaje que atesora, trabaja en la soledad del estudio con un rigor constante, como un alquimista en busca de la solución más acertada.

Vista de la exposición / FOTO: IRMA COLLÍN

 

En «Un itinerario vital» se ha realizado una rigurosa selección de trabajos que abarcan los últimos veinte años de su producción, con ellos podemos observar los leves cambios que ha experimentado. En las obras de la primera década del siglo XXI, nos encontramos con una pintura fluida dominada por veladuras y transparencias que acentúan los efectos atmosféricos y espacialistas tan característicos en su propuesta; mientras que en las pinturas más recientes, esos mismos efectos se manifiestan mediante la abundancia matérica que literalmente convierte sus pinturas en relieves, los efectos cromáticos y lumínicos no solo emanan de la materia, también se ven afectados por las sombras y efectos de claroscuro proyectados por las hendiduras y rugosidades.

Técnica y formalmente son pinturas perfectamente equilibradas. En las obras sobre papel se advierte cómo la masa pictórica, que a veces adquiere una sorprendente fisicidad y robustez, es capaz de sostenerse ante la fragilidad del soporte; sin embargo, en los grandes formatos, la abundancia de materia se ve equilibrada con los amplios campos de color, son pinturas en las que el artista ha invertido mucha energía y mucha emoción, sensaciones que irradian hacia quien las contempla. Al igual que hacían los creadores del Informalismo y del Expresionismo Abstracto, vive activamente la experiencia del arte, lo que acontece en el lienzo, en la tabla o sobre el papel, no es simplemente una imagen, es un acontecimiento.

Esa experiencia creativa, que es también una experiencia vital, se ve transformada a través del gesto y del color, herramientas cargadas de significados que son fuerza expresiva entre sus manos y a través de las cuales percibimos el inconfundible aliento de la creación. Pigmentos mezclados con arenas, collages y una sinfonía de ocres, azules, verdes y dorados se manifiestan como un estallido estético y «poseen algo de drama Barroco» (2) como afirma Fernando Castro Flórez, en uno de los textos dedicados al artista.

En el origen de todo su trabajo está la materia, el artista ha dotado a los pigmentos de una nueva vida, cargándolos de emoción en un proceso de interiorización que podríamos definir como de estado de gracia, de comunión con la pintura, al igual que comenta José Ángel Valente cuando se refiere a la obra de Antoni Tàpies, otro de nuestros grandes informalistas, la materia se identifica con el sentir de su creador, con su pulsión y su respiración, «porque el movimiento hacia el centro de la materia es también un movimiento hacia el centro de la interioridad»(3).

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(1) SUÁREZ, Rubén, «Una suite veneciana exquisita e intensa», LNE, diciembre, 1994, en Por lo visto: Escritos sobre Arte, Fundación Caja Rural de Asturias, Gráficas Baraza, Oviedo,2003

(2) CASTRO FLÓREZ, Fernando, «Entrar en materia. Consideraciones preliminares sobre la pintura de Elías García Benavides», Huella de Agua, Elías García Benavides, Cajastur Obra Social y Cultural, Oviedo, Asturias, 2005.

(3) VALENTE, José Ángel, Comunicación sobre el muro, Ediciones de la Rosa Cúbica, Barcelona, 2004.

«Un itinerario vital», Elías García Benavides
Galería Alfara
Calle  Carlos Casanueva 16, Oviedo
Hasta el 29 de febrero

 

Santiago Martínez es profesor de Historia del Arte
saguazo@yahoo.es