Serás organizado, serás un organismo, articularás tu cuerpo –de lo contrario, serás un depravado. Serás significante y significado, intérprete e interpretado –de lo contrario, serás un desviado. Serás sujeto, y fijado como tal, sujeto de enunciación aplicado sobre un sujeto de enunciado –de lo contrario, solo serás un vagabundo
Gilles Deleuze y Félix Guattari [1]

Servidor creció musicalmente escuchando lo que no sé si se tipificaba o se databa como postpunk. Acabo de enterarme, por mi inveterada manía de visitar la FundéuRAE© cada vez que toca escribir un anglicismo o cualquier otro exotismo idiomático, total, para hacerle poco o ningún caso, que ahora se debe o se recomienda escribir pospunk [2]. La verdad es que sigo sin saber muy bien si pospunk es una categoría estilística o cronológica. Solo tengo claro que fui fan tempranero de los Joy Division, los primeros New Order, The Chameleons, Echo and The Bunnymen, The Teardrop Explodes, Décima Víctima…, lo que hacía de mí un ser ensimismado y triste. Lo fui con plena conciencia de que escuchaba música dark, o pospunk (entonces postpunk), lo que tenía además el efecto de que sintiese el punk como algo distante, un acontecimiento importante, sí, pero localizado en una década lejana. Lo que hace un prefijo, capaz de convertir uno o dos años en todo un mundo. Para entender como dios (¿Dios?) manda el pospunk ya existe el maravilloso libro Rip it up and start again, del gran Simon Reynolds [3]. A mí me sirvió para descubrir lo poquísimo de lo que me había enterado de lo que realmente pasaba en el universo musical en que yo creía vivir totalmente inmerso siendo un ingenuo e infeliz adolescente (incluso guapo, dicen). Léanlo y escúchenlo, esta recomendación puede acabar siendo lo más valioso que contenga este post [4]. Por mi parte, voy a marcarme una prolepsis o flashforward (potencial deporte olímpico en futuros juegos, están avisados) y a centrarme en otro post (¿pos? [5]) posterior [6]: el mal llamado postrock, es decir, el posrock.

Teniendo en cuenta su alta representación en mi discoteca, creo que debo marcar con una cruz la casilla de devoto del posrock: ya saben, los escoceses Mogwai, los estadounidenses Tortoise, Explosions in the Sky, Bardo Pond, Karate o Sam Prekop (también componente de The Sea and Cake), los canadienses Godspeed You! Black Emperor (y sus alias A Silver Mt. Zion, simplificando sus diversas denominaciones), los ingleses Flaying Saucer Attack, los afrancesados Stereolab, los islandeses Sigur Rós, los portugueses First Breath After Coma o Indignu, los españoles Toundra, los japoneses Mono, etc., por citar a algunos entre los representados en mis estantes. Lo que me ha llevado a convocarlos y pasarme unas cuantas tardes escuchándolos casi en régimen de exclusividad ha sido la mención al posrock, un tanto de pasada, en un brillante capítulo de Christoph Cox en un libro colectivo dedicado a evaluar el impacto o, simplemente, la plasmación del pensamiento de Gilles Deleuze sobre la música electrónica [7]. De este modo, el posrock formaría parte de una egregia lista de expresiones musicales que, antes y después de los textos claves del filósofo, manifestarían los principios deleuzianos de «desterritorialización» y «desorganización»: la atonalidad, la serialidad, el concretismo, el minimalismo, el free jazz y la música electrónica experimental. Pero ¿qué convierte concretamente al posrock en música desterritorializada y desorganizada, es decir, en lo que Deleuze sintetiza como un «cuerpo sin órganos»? Y ¿qué se sigue de ello para nuestra valoración del posrock, en particular, y nuestra comprensión, en general, de la música rock?

El «cuerpo sin órganos» es uno de los principios mesetarios de Deleuze y Guattari [], que, de entrada, plantea la «desorganización» como un estado activo y creativo frente a pautas de «organización» impositivas exógenas: sería, en pocas palabras, la sublimación de la huida de patrones organizativos externamente determinados, no ya desarrollando determinaciones organizativas propias, sino escapando al principio mismo de organización (entendido este como el sometimiento a pautas sistemáticas y previsibles de constitución, independientemente de su origen). El individuo así desorganizado se transforma en un «cuerpo sin órganos», que escapa a las funcionalidades propias de los sistemas organizativos estructurados y jerarquizados impuestos (o autoimpuestos) por la lógica de la productividad. A la lógica de la productividad, Deleuze y Guattari oponen la lógica (¿ilógica?) de la intensidad: es decir, un fluir experiencial no acomodado a rutinas ni conforme a expectativas. De este modo, el cuerpo sin órganos se vuelve refractario a los sentidos normativos que intentan atravesarlo desde el ambiente y se entrega a la deriva del nonsense. Se hace impermeable a aquellos (que para él componen el verdadero sinsentido), envolviéndose en una membrana que le permite desmembrarse, es decir, dejar de ser como se espera que sea.

Además, un cuerpo sin órganos (desorganizado o desmembrado) puede ser capaz de pasar por alto la organización manifiesta o supuesta a cualquier otro cuerpo con el que pueda entrar en contacto en su experiencia, acomodarlo en los límites de su propia membrana y establecer con él un tráfico de intensidades ignorante de la presión externa que dictan la conformidad general y la productividad máxima. Puede así pervertir una obra de creación producida en conformidad con algún patrón genérico o que se haya visto sancionada por interpretaciones canónicas, por ejemplo, leyendo La metamorfosis de Kafka o escuchando la Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, de Beethoven a su real antojo, como un panfleto propagandístico de una campaña de desinsectación, de atrás hacia a delante, interrumpida cuantas veces sea y retomada de cualquier modo, en fin, pervirtiendo virtudes constructivas o ideológicas bien establecidas y transformando esas creaciones en puro polo de un circuito generador (¿degenerador?) de intensidades.

La conciencia creativa puede anticipar ese potencial y plantear el trabajo artístico precisamente como catalizador de intensidades, apartándolo de cualquier convención formal o interpretativa establecida; antes bien, ofreciendo alternativas degeneradas frente a cualquier convención, capaces de generar corrientes de experiencia de intensidades desconocidas. Es a este tránsito desde la productividad ordenada a la intensidad desorganizada a lo que, de acuerdo con la visión deleuziana de Christoph Cox, han contribuido, por ejemplo, el minimalismo, relativamente a la música clásica, el free jazz, relativamente al bop más o menos melodioso, o el posrock, relativamente al rock.

Pese a la brevedad de su apunte, Cox es capaz de sintetizar con eficiencia en qué sentido, según su propio veredicto, el posrock supone una «autosuperación del rock» [9]. Planteado desde el punto de vista del último:

(1) el rock se basa en una instrumentación muy estándar y en una jerarquía espacial y auditiva básica (voz, guitarra solista, guitarra rítmica, bajo y batería);

(2) aborda la cuestión del deseo de manera convencional («genital y orgásmica», dice Cox);

(3) se acomoda a una estructura muy rígida estrofa-estribillo-estrofa (ciclos de «tensión/relajación», en cierta consonancia con el punto precedente); y

(4) está muy ligado al gesto visible de la mano, con dos consecuencias importantes: la fetichización del directo, frente a la experimentación en el estudio, y el favorecimiento del «culto a la personalidad» [10].

Resumiendo lo que ya es una espléndida síntesis, pocos géneros musicales como el rock están tan rígidamente estratificados, dan lugar a productos tan cerrados como las canciones e invitan a la idolatría del artista. ¿Cuáles son los antídotos que el posrock, en mayor o menor medida o neutralizando más unos u otros de esos extremos según los casos, opone a la conformidad de fondo de eso tan inconformista que siempre nos hemos creído que es el rock? Me voy a remitir a mi propia experiencia, que no es que sea para dejar a nadie ojiplático, pero sí suficiente para comentar los puntos ut supra.

Tuve la suerte de escuchar, no hace muchos años, un concierto de Godspeed You! Black Emperor en el que los componentes del grupo ocuparon el escenario componiendo un círculo, como en una merienda campestre o un aquelarre (más lo segundo que lo primero), sentados y concentrados en lo que hacían como pocas veces he visto en un auditorio de conciertos (debe leerse, en un Auditorio de Conciertos). No sé si el grupo, en tanto que colectivo digamos que laboral, mantiene algún tipo de escalafón entre sus miembros, pero creativamente hablando, en lo que toca al menos a la ejecución de sus directos, se muestra con todo el personal bien nivelado, como dicen que solo consiguen la nieve y la muerte. Es verdad que aquella actuación podría pasar por una sesión de grabación en un estudio, pero también lo es que la actitud que el grupo transmitía era la de estar compartiendo con la audiencia la experimentación sobre la marcha con efectos sonoros que normalmente se reserva al estudio. Me viene de repente a la cabeza algo que leí en «pitchfork.com» a propósito de la reedición de uno de los discos de Karate (The bed is in the ocean, 1998; la reedición es de 2022), cuyas canciones, de acuerdo con el comentarista, provocan la sensación de estar siendo compuestas al mismo tiempo que las escuchamos. Pues lo mismo con los directos, y yo diría que también con los discos, de Godspeed You! Black Emperor o de cualquiera de las restantes bandas referidas arriba: la desorganización (la carencia de órganos) da pie a seguir la ejecución musical como algo al margen de cualquier plan premeditado y como una incitación a un dejarse llevar sin vislumbrar destino alguno.

El posrock tiende a la exploración instrumental, sin apenas partes cantadas (Karate, por ejemplo, es una de las excepciones; también Stereolab y Sigur Rós, a veces, o First Breath After Coma, entre los arriba referidos). A menudo, la voz se usa como parte del material sonoro explorado, aunque evitando el poder distractor de las letras. Un ejemplo célebre es el de álbum ( ) de Sigur Rós, de 2002, cuyas letras están en vonlenska, una pseudo-lengua inventada al efecto por Jón Þór Birgisson, guitarrista y vocalista de la banda. El posrock oscila entre el ruido (Godspeed You! Black Emperor, Bardo Pond) y la musicalidad (Explosions in the Sky) extremos, pero se caracteriza, sobre todo, por la facilidad con que la música transita de uno a otro polo en una misma pieza. Sería chocante que me preguntasen por mi «canción» favorita de Mogwai, Godspeed You! Black Emperor o Explosions in the Sky (no tanto de Stereolab o Sigur Rós), porque lo que marcan los surcos silenciosos de sus discos (o las pausas en los conciertos) no es realmente el salto de una a otra canción. Los discos o conciertos se componen de piezas, en la mayoría de las cuales no reconocemos una canción. El posrock huye del ritornelo [11].

Más preguntas chocantes para un seguidor del posrock: ¿Quién es el Nick Cave del género? ¿Quiénes los hermanos Gallagher? ¿Qué opina el Morrissey de turno sobre esto y aquello? Seguramente no lo sabe, ni le importa. Y otro detalle interesante: puedes ir a un concierto y ponerte bien cerca de la primera fila con la seguridad de que nadie va a saltar del escenario y tirársete encima como Wayne Coyne (Flaming Lips), Bret Anderson (Suede), Damon Albarn (Blur) o Thomas Mars (Phoenix), entre los que yo haya visto (a Nick Cave lo vi caerse del escenario, pero eso es otra cosa distinta). ¡Qué alivio todo este desdén a la personalidad!

Supongo que se nota que me gusta el posrock. Pues lo mejor de todo es que también me gusta el rock, o al menos buena parte de lo que suele agruparse bajo esta etiqueta tan abarcadora. En el caso del posrock, la diferencia de pospunk, tengo claro que la etiqueta es estilística y no cronológica. Como ya referí arriba, Cox afirma que el posrock es una «autosuperación del rock». Pero no podemos leer esto como que el posrock haya dejado atrás al rock. Al rock lo extinguirá una hecatombe como la que acabó con los dinosaurios al final del Cretácico. No le veo otro final. Y está muy bien que sea así y que el posrock sea una alternativa al rock, pero una «alternativa» en el sentido de que se preste a que alternemos el uno con el otro. El rock, con su literal, metonímica o metafórica receta de «sexo, drogas y rocanrol», no deja de ser una alternativa saludable (sí, saludable, no hagan caso de los estereotipos) a la ley y al orden a que debemos someternos al menos cuarenta horas semanales (los más afortunados). Pero, sí, el rock es un cuerpo musical con órganos, con una cierta tendencia al acartonamiento y al culto al artista, que no es sino una variante del culto a la autoridad. Contravenir estas derivas desde el mismo rock no deja de ser un desafío creativo ni deja de proporcionarnos una escala para calcular la originalidad de sus propuestas. Pero la originalidad y la creatividad, a veces, se dan sus treguas y para sobrellevarlas no viene nada mal contar con el refugio de un cuerpo sin órganos.

Como el posrock.

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[1] Gilles Deleuze y Félix Guattari. 1980. «Comment se faire un corps sans organes», Mille plateaux, Minuit (citado por la traducción al español de José Vázquez Pérez y Umbelina Larracerreta, «¿Cómo hacerse un cuerpo sin órganos?», Mil mesetas (195-217), Pre-Textos, 2020, p. .208)

[2] El precepto solo tolera la excepción de aquellos casos en que post– se prefije a raíces que comiencen por s-: es decir, pospsicodelia, pero postsicodelia. Sobre si psicodelia o sicodelia, FundéuRAE© calla.

[3] Simon Reynolds. 2005. Rip it up and start again. Postpunk 1978-1984, Faber & Faber (existe traducción al español de Agostina Marichi y Matías Battistón: Postpunk. Romper todo y empezar de nuevo, Caja Negra, 2013).

[4] FundéuRAE© también nos invita a huir como rata del ejército rojo de este post. En su lugar, para este caso concreto, prescribe artículo. O sea, que esto que están leyendo debería titularse «Un artículo sobre un pos». Qué soso, ¿no?

[5] Sospecho, pero no puedo hacer otra cosa que sospechar, que, en realidad pos-, pues así se consigna en DLE™. Dice, sí, que también post- en algunas voces, entiendo que las que FundéuRAE© señala como excepción a su pauta normativa. Pos, para DLE™, es una forma anticuada para referirse al postre y la partícula que contiene la forma idiomática en pos de. Para que luego digan que el diccionario académico no sirve para nada.

[6] No haré bromas con el post– de posterior, se las dejo a los morfólogos deconstructivistas, como Rafael Núñez Ramos, Javier García Rodríguez y otros.

[7] Christoph Cox. 2022. «¿Cómo hacer de la música un Cuerpo sin Órganos? Gilles Deleuze y la música electrónica experimental», en Roberto Paci Daló y Emanuele Qinz (eds.), Mil sonidos. Deleuze, Guattari y la música electrónica (19-54), Tercero Incluido (es traducción de la versión en italiano de 2006, realizada por Maria Luchetti).

[8] Gilles Deleuze y Félix Guattari, op. cit.

[9] Christoph Cox, op. cit., p. 39.

[10] Christoph Cox, op. cit., p. 38-9.

[11] Gilles Deleuze y Félix Guattari. 1980/2020. «Del ritornelo», op. cit., 403-455.

Guillermo Lorenzo
Dpto. Filología Española, Área de Lingüística General. Universidad de Oviedo